De todos los aeropuertos por los que pasamos, éste fue el más tranquilo de todos. Nos trataron con mucha amabilidad, no como en otros aeropuertos donde todos los pasajeros son terroristas en potencia. Pasamos tranquilamente el control, el único donde si tenías que quitarte los zapatos, como en mi caso (pitaban en los controles), te daban unas zapatillas para no estar descalzo. Nos hizo gracia el solitario globo recién traído del Disneyland de Chiba, perdido por algún niño que seguramente vio cumplido su sueño.Aprovechamos para comprar dulces y recuerdos de última hora en las tiendas de la zona de embarque, no estaban muy caros. De hecho, las máquinas de refrescos del aeropuerto costaban lo mismo que en el resto del país. Nada de abusos. De todas formas, tratamos de gastar todas las monedas en el aeropuerto, ya que no se pueden cambiar al volver a tu país. Cenamos en un McDonalds que había allí dentro, donde probamos la especialidad local: ¡el teriyaki McBurguer! Ni siquiera en un restaurante de comida rápida como aquel nos libramos de la comida japonesa.
La espera terminó, y por fin embarcamos en nuestro avión. Los aviones que cubren líneas entre Europa y Japón llevan todos una pantallita en cada asiento, incluso en clase turista, en la que puedes ver pelis a petición (incluso parando la película si quieres), canales de vídeo, audio, incluso puedes ver un canal en el que se ve lo que enfoca una cámara situada bajo el avión y que apunta hacia tierra. Lástima que todo el vuelo transcurrió de noche y sólo se veían luces de vez en cuando. Como el vuelo de ida no fue hacia Japón sino hacia Corea, no tuvimos ese lujo.
Con todo lo que nos pudimos aburrir en el vuelo de ida, nos pareció mentira que aquel vuelo se nos hiciera tan corto. Como suele ser habitual, a la vuelta pudimos dormir durante más de la mitad del trayecto (aunque no porque los asientos fueran más cómodos). Caí rendido y me desperté cuando ya quedaban unas tres horas. Intenté ver alguna película, pero en inglés definitivamente no me enteraba, y en español sudamericano se me hacían raras, así que desistí. Me entretuve con la cámara del avión un buen rato, se hacía más interesante conforme el avión perdía altitud.
Aterrizamos en París sobre las cuatro de la mañana. Tardaron un rato en abrir la entrada a la terminal desde la que salía nuestro avión, así que tuvimos que esperar un tiempo en tránsito, y con todas las tiendas cerradas no fue muy entretenido. Cuando por fin abrieron, volvimos a sentir la sensación de ser potenciales terroristas. Antes de entrar en la terminal me cachearon a conciencia, y un securata me preguntó varias veces qué llevaba en la bolsa (los dulces de Narita), y hasta que se convenció de que no llevaba líquidos, no me dejó pasar. Y a Cris y a Ana les revisaron los bolsos a conciencia.De todas formas, la espera dentro de la terminal resultó ser igual de aburrida. Por suerte, abrieron la cafetería un rato antes de que pudiéramos embarcar, así que pudimos desayunar algo.
Y el viaje hasta Madrid, una vez más, sin complicaciones. Aterrizamos allí por la mañana, y pusimos rumbo a Atocha. Allí pudimos adelantar el billete de vuelta, así que no tuvimos que esperar mucho allí. Nos despedimos de Cris y Manolo, y subimos a esperar la salida del tren, nuestro último trayecto del viaje. Y así, dos horas y media de viaje después, llegamos a Sevilla.
El momento en que supimos que por fin habíamos vuelto fue cuando el taxista cogió un camino más largo, y al advertírselo nosotros se puso de mala leche y a la defensiva, diciendo que se había equivocado, que si nosotros nunca nos equivocábamos, y que si lo que queríamos era que no nos cobrara la carrera. Atrás quedó la amabilidad japonesa, el buen trato con el cliente, el respeto a los demás. Estábamos en casa.

















