miércoles, 13 de junio de 2007

Día 9-10: Now I know I'm home at last

De todos los aeropuertos por los que pasamos, éste fue el más tranquilo de todos. Nos trataron con mucha amabilidad, no como en otros aeropuertos donde todos los pasajeros son terroristas en potencia. Pasamos tranquilamente el control, el único donde si tenías que quitarte los zapatos, como en mi caso (pitaban en los controles), te daban unas zapatillas para no estar descalzo. Nos hizo gracia el solitario globo recién traído del Disneyland de Chiba, perdido por algún niño que seguramente vio cumplido su sueño.

Aprovechamos para comprar dulces y recuerdos de última hora en las tiendas de la zona de embarque, no estaban muy caros. De hecho, las máquinas de refrescos del aeropuerto costaban lo mismo que en el resto del país. Nada de abusos. De todas formas, tratamos de gastar todas las monedas en el aeropuerto, ya que no se pueden cambiar al volver a tu país. Cenamos en un McDonalds que había allí dentro, donde probamos la especialidad local: ¡el teriyaki McBurguer! Ni siquiera en un restaurante de comida rápida como aquel nos libramos de la comida japonesa.

La espera terminó, y por fin embarcamos en nuestro avión. Los aviones que cubren líneas entre Europa y Japón llevan todos una pantallita en cada asiento, incluso en clase turista, en la que puedes ver pelis a petición (incluso parando la película si quieres), canales de vídeo, audio, incluso puedes ver un canal en el que se ve lo que enfoca una cámara situada bajo el avión y que apunta hacia tierra. Lástima que todo el vuelo transcurrió de noche y sólo se veían luces de vez en cuando. Como el vuelo de ida no fue hacia Japón sino hacia Corea, no tuvimos ese lujo.

Con todo lo que nos pudimos aburrir en el vuelo de ida, nos pareció mentira que aquel vuelo se nos hiciera tan corto. Como suele ser habitual, a la vuelta pudimos dormir durante más de la mitad del trayecto (aunque no porque los asientos fueran más cómodos). Caí rendido y me desperté cuando ya quedaban unas tres horas. Intenté ver alguna película, pero en inglés definitivamente no me enteraba, y en español sudamericano se me hacían raras, así que desistí. Me entretuve con la cámara del avión un buen rato, se hacía más interesante conforme el avión perdía altitud.

Aterrizamos en París sobre las cuatro de la mañana. Tardaron un rato en abrir la entrada a la terminal desde la que salía nuestro avión, así que tuvimos que esperar un tiempo en tránsito, y con todas las tiendas cerradas no fue muy entretenido. Cuando por fin abrieron, volvimos a sentir la sensación de ser potenciales terroristas. Antes de entrar en la terminal me cachearon a conciencia, y un securata me preguntó varias veces qué llevaba en la bolsa (los dulces de Narita), y hasta que se convenció de que no llevaba líquidos, no me dejó pasar. Y a Cris y a Ana les revisaron los bolsos a conciencia.

De todas formas, la espera dentro de la terminal resultó ser igual de aburrida. Por suerte, abrieron la cafetería un rato antes de que pudiéramos embarcar, así que pudimos desayunar algo.

Y el viaje hasta Madrid, una vez más, sin complicaciones. Aterrizamos allí por la mañana, y pusimos rumbo a Atocha. Allí pudimos adelantar el billete de vuelta, así que no tuvimos que esperar mucho allí. Nos despedimos de Cris y Manolo, y subimos a esperar la salida del tren, nuestro último trayecto del viaje. Y así, dos horas y media de viaje después, llegamos a Sevilla.

El momento en que supimos que por fin habíamos vuelto fue cuando el taxista cogió un camino más largo, y al advertírselo nosotros se puso de mala leche y a la defensiva, diciendo que se había equivocado, que si nosotros nunca nos equivocábamos, y que si lo que queríamos era que no nos cobrara la carrera. Atrás quedó la amabilidad japonesa, el buen trato con el cliente, el respeto a los demás. Estábamos en casa.

jueves, 7 de junio de 2007

Día 9: Animal instinct

Aparecimos en una calle de Ueno, muy cerca de la estación de Japan Rail del mismo nombre, y pusimos rumbo a la entrada del parque. Antes de entrar en el mismo, sin embargo, tuvimos que cruzar una marea de gente que había tomado una acera y estaban pidiendo fondos a todos los que pasaban por allí, para ayudar a las víctimas de un tsunami que ocurrió (no en Japón) mientras nosotros estábamos allí, por lo visto.

Entramos en el parque, y cruzamos de nuevo el paseo de los cerezos, que aún tenía flores aunque se notaba que ya quedaba poco tiempo para disfrutar de ellas, ya que había muchas menos que el primer día que pasamos por allí. También quedaba gente haciendo picnic bajo los árboles, aprovechando que era sábado.

Llegamos por fin a la entrada del zoo, cuya entrada costaba al cambio aproximadamente 2 euros. A la derecha de la entrada estaba el recinto del panda, el reclamo principal del zoo y nuestro objetivo principal, ya que Ana no quería volver antes de ver uno. Sin embargo, el panda estaba tan cansado de gente haciéndole fotos que estaba durmiendo con la cabeza hacia el lado opuesto al cristal, así que no pudimos ni verle la cara. Pero bueno, aunque fuese el culo, vimos al panda.

Al salir vimos muy cerca una zona de descanso, donde compramos unos refrescos en una máquina, y Cris y Manolo aprovecharon para comprar galletas de panda (con sabor a fresa y chocolate), que acompañaron a las bebidas. Muy cerca de allí había una pagoda, en la que aprovechamos para hacernos algunas fotos.

Tras descansar un poco nos pusimos a ver el resto del zoo. Había multitud de jaulas con todo tipo de animales. Todos los nombres estaban escritos en japonés en katakana, ya que ellos usan este silabario (en principio reservado para palabras extranjeras) para escribir nombres técnicos de animales, aunque tengan kanjis para ellos. Una que nos llamó la atención fue la de unos monos que tenían un rabo muy largo, que usaban con tal destreza que perfectamente podía pasar por una pata más.

Después accedimos a otra zona del parque zoológico, en la que lo primero que vimos fue el recinto de los osos polares. Siguiendo por allí se recorría un pequeño camino que bordeaba varios otros recintos con más tipos de osos, aunque no tan impresionantes. Pasados todos esos recintos se llegaba a una plaza enorme, desde la cual podíamos ir a otras muchas partes del zoo.

Sin embargo, el tiempo se nos echaba encima, y no podíamos perder mucho más tiempo allí mientras la hora de nuestro vuelo se acercaba implacable. Así que echamos un vistazo rápido y nos acercamos a no perder detalle del recinto de los pingüinos emperador. Había uno, como podéis ver en la foto, que tenía la cabeza caída hacia un lado, como si se le hubiese partido el cuello. Estaba sencillamente durmiendo, y en un momento dado se despertó sobresaltado, empinó el cuello de golpe y meneó la cabeza como diciendo "que no, que yo no estaba dormido, de verdad". Acto seguido volvió a dejar caer la cabeza a un lado y se durmió otra vez, mientras los demás pingüinos se daban un chapuzón.

Volvimos a la entrada pasando por el recinto de los elefantes, aunque antes de salir decidimos darle otra oportunidad al panda. No hubo nada que hacer, seguía durmiendo mostrándonos su trasero. Al salir del zoo tuvimos el momento friki de la tarde, ya que vimos a un grupo de gals cerca de la salida del zoo, sólo que éstas iban con sus hijas, vestidas exactamente igual de gals que las madres. Jamás había visto a unas niñas con un destino tan claro.

Y por fin, volvimos al hotel a recoger las maletas, que aquella mañana habíamos dejado en el hotel antes de dejar la habitación, y al salir pusimos rumbo al aeropuerto. A pesar de que el Skyliner va directo desde Ueno hasta el aeropuerto, esta vez decidimos coger un tren de Japan Rail y aprovechar el pase hasta el último momento. Tuvimos que coger el tren de nuevo en Okachimachi y dejarlo en Tokio Central, y desde allí coger un nuevo tren hacia Narita. El trayecto duró como una hora y media (el Skyliner tardaba una hora y era directo) y se nos hizo bastante largo. El detalle divertido fue que la chica que estaba sentada a mi lado, y que se dirigía a Chiba, se durmió por el camino y dio varios cabezazos antes de apoyar la cabeza en mi hombro. Eso sí, no le debió gustar mucho porque no tardó en mover la cabeza hacia otro lado.

Una vez en la estación nos dirigimos hacia inmigración, nos sellaron el pasaporte para dar constancia de que habíamos abandonado el país, y pusimos rumbo hacia facturación.

martes, 5 de junio de 2007

Día 9: Dream maker, heart breaker

Y por fin llegó: el último día. El día en que, como en los sueños pasa a veces, sabes que se acerca el final, que te tienes que despertar, pero tratas de aferrarte al sueño porque la realidad es mucho peor.

Amanecimos después de haber dormido pocas horas. El plan del día era ir muy temprano al mercado de pescado de Tsukiji, pero las fuerzas nos pudieron y decidimos tomarnos el día con calma. Así que ejecutamos el plan B: un paseo en barco por el río. Claro que antes nos despedimos del restaurante del hotel con nuestro último desayuno.

Camino de la estación de Okachimachi (camino que nos sabíamos de memoria ya) tomamos esta foto de uno de los aparcamientos verticales, en los que los coches se colocan en una especie de noria y se van subiendo. Pudimos observar cómo sacaban uno de los coches: la noria interior va girando hasta que tu coche aparece en la puerta. En ese momento lo sacas marcha atrás (ya que lo metes de frente y el coche una vez dentro no se gira) hasta que se coloca justo encima de la plataforma giratoria que veis en el suelo. La plataforma rota y te deja el coche mirando justo en la dirección que tienes que tomar para incorporarte a la calle.

Cogimos de nuevo el tren de Japan Rail hasta la estación de Hamamatsu-cho. Desde allí salía una pasarela elevada que tenía indicaciones sobre cómo llegar al embarcadero donde cogeríamos el barco. Aquí podéis ver el mapa del paseo. Por el camino pasamos junto a algunos edificios altos junto a los cuales había, cómo no, cerezos en flor. Las flores no nos abandonaron al final ninguno de los días de nuestra estancia.

En el aparcamiento del embarcadero nos encontramos con este autobús de Hello Kitty. No os perdáis los peluches gigantes que hay dentro, ni la Kitty disfrazada de Godzilla subiendo a la torre de Tokio en la decoración exterior.

Una vez en el embarcadero nos indicaron amablemente dónde teníamos que comprar los billetes para el barco hacia Asakusa (había varios destinos). Hicimos la cola, rato durante el cual nos explicaron el uso de los chalecos salvavidas, y al poco subimos finalmente al barco.

El trayecto fue muy agradable y relajado. Nos dio tiempo a ver muchos edificios y filas de cerezos a los lados del río, y hacer multitud de fotos a cual menos interesante. Lo gracioso es que el barco iba hasta arriba de españoles que iban de excursión con una guía japonesa. Si es que estamos por todas partes. Paso a comentar los detalles curiosos del trayecto:


Al poco de empezar el trayecto nos cruzamos con esta embarcación de aspecto futurista. No sé muy bien cuál sería el propósito de semejante barco, puede que sea uno de esos que tenga el suelo de cristal para ver el fondo del río, aunque no sé qué interés puede tener en Tokio.


Por supuesto, en Tokio también hay gente viviendo debajo de un puente. Ya comenté en entradas anteriores que hay una población importante de indigentes, visibles sobre todo en los parques. Esta nueva visión nos daba una nueva perspectiva de la dimensión del asunto.

Por fin desembarcamos en Asakusa, y justo en la orilla de enfrente vimos este edificio. Se trata de una famosa compañía de cerveza japonesa, y el edificio (la parte de la izquierda en la foto) está construido a semejanza de una jarra de cerveza llena, se puede ver el color dorado de las paredes y el techo en forma de espuma. La parte de la derecha no tenemos muy claro lo que es, pero si fuera marrón el bolondrio ese parecería algo raro...

Continuando con nuestra buena suerte, nos encontramos con el parque de Asakusa inmerso de pleno en un festival. Y lo primero que nos encontramos fue a varias chicas de kimono subidas en carruajes y con cintas cual si de las reinas de la fiesta se trataran. Me dio tiempo a hacer una foto a una de ellas fugazmente antes de que se fueran. A la entrada del parque repartían botellas de té fresquito, pero sólo si llevabas un kimono o yukata puesto, así que no pudimos hacernos con una gratis.

El festival se componía de varias exhibiciones, algunas de las cuales parecían llevarse a cabo por alumnos y alumnas de colegios de los alrededores, como la exhibición de tambores taiko. Os dejo con algunas fotos:


Estas mujeres estaban mostrando kimonos y explicando cómo realizar el obi, el nudo que sujeta el kimono y que vemos expuesto.


Un grupo de chicas realizó una exhibición espectacular de tambores taiko, en perfecta sincronización y realizando danzas a la vez que tocaban.


Otro grupo de chicas que parecían estar preparadas para hacer alguna representación de teatro parodia de Sailon Moon.

Después aquella nueva inmersión cultural, nos dirigimos hacia Asakusa. La intención era visitar las calles laterales que, al igual que la calle principal que iba desde Kaminari-mon hasta el templo, también estaban repletas de tiendas. Y de paso, fuimos echando un ojo a los restaurantes donde podríamos comer un poco más adelante.

Al final no encontramos nada que no hubiéramos visto ya antes en cuestión de tiendas, pero sí que vimos un restaurante especializado en pez globo, conocido por ser venenoso y peligroso para la salud a menos que se sepa cortar adecuadamente. El restaurante tenía un escaparate-pecera en el cual nadaban los peces tan tranquilos a la espera de su destino. Era impresionante verlo.

Cuando llegó la hora de comer, entramos en un restaurante donde servían platos de arroz con curry, tras lo cual terminamos de ver algunas tiendas que nos faltaban, y pusimos rumbo a la estación de metro (que ya nos conocíamos) para volver a Ueno. Nos quedaba aún una última visita al parque homónimo, en especial una zona que aún no habíamos visitado.

viernes, 1 de junio de 2007

Día 8: The arockalypse

Bajamos desde Roppongi Hills a la calle y pusimos rumbo a la zona de marcha. Llegamos a una calle totalmente abarrotada de gente, con la cámara bien guardada en la mochila dado que por una vez no me fiaba mucho, así que esta entrada será de sólo texto.

Recorrimos una acera siguiendo a Miyuki mientras no paraban de abordarnos unos tíos enormes que nos decían en inglés que abajo en sus locales había fiestas a tope y nos instaban a entrar. De hecho, Miyuki acabó entrando en uno de esos locales: bajamos unas escaleras y de repente nos vimos metidos en un local hasta las trancas que ponía música disco. El sitio prometía, pero el cuerpo nos pedía otra cosa, así que le pedimos a Miyuki que nos llevara a un local de karaoke.

Salimos y en la acera de enfrente había varios de estos sitios. Ahora viene la explicación de cómo es un karaoke japonés: son edificios de varias plantas, con la misma disposición que un hotel. En recepción solicitas una habitación cuyo tamaño varía según cuantas personas seáis, y dices el tiempo que vais a estar. De momento pedimos una hora, nos dieron una llave, y cogimos el ascensor. Cada planta se compone de un pasillo bastante largo con un sinfín de puertas, detrás de las cuales se adivinaban mini-fiestas a gritos desaforados. Localizamos nuestra habitación, y descubrimos que dentro había un sofá, un aparato de karaoke compuesto por un televisor que ya nos ponía anuncios (y los pone siempre que no haya una canción seleccionada), el aparato que recibe las peticiones de canciones, altavoces por todos lados, un mando a distancia con el que pedir las canciones, una mesa y tres o cuatro libros cuales guías telefónicas con el repertorio de canciones: japonesas, occidentales, ordenadas por nombre y ordenadas por artista. También había un teléfono para pedir bebidas a recepción (es obligatorio pedir al menos una). Y, por supuesto, dos micrófonos para los atrevidos cantantes y accesorios (como panderetas) para el resto.

No os podéis imaginar lo ilusionados que estábamos. Agarramos cada uno una guía y nos pusimos a hojear. Pronto descubrimos que a pesar de los conocimientos de japonés que podáis tener, buscar una canción puede ser algo complicado, ya que se rigen por el orden silábico japonés, en vez de por el orden del alfabeto occidental. Aún así, pronto le cogimos el tranquillo, y mientras Manolo y Ana no paraban de poner canciones del repertorio occidental, Cris, Miyuki y yo pusimos a la cola un sinfín de canciones japonesas, sobre todo de animes.

Lo curioso es que prácticamente ninguna de las canciones suena con su melodía original. Más bien tienen grabadas las canciones con un sistema MIDI, que a veces puede llegar a sonar bastante mal, pero total, a fin de cuentas una vez que te pones a berrear ya casi no oyes nada más. Y los vídeos casi nunca se corresponden con los videoclips reales. Tienen bastantes vídeos grabados en plan genérico, con actores japoneses, que se van sucediendo. Algunas canciones japonesas sí que tienen sus vídeos originales, sobre todo si son de alguna serie de anime conocida, como pasó con el opening de Evangelion. Sin embargo, la canción de Totoro no tenía imágenes de la película (demasiado caras como para comprar los derechos de reproducción, supongo).

La hora se nos pasó totalmente volando, así que al final acabamos optando por la opción de "pasamos del tren y ya cogeremos un taxi cuando nos cansemos". Salimos de allí después de habernos pasado en unos diez minutos la hora que teníamos alquilada, y nos fuimos al karaoke de al lado. Este estaba decorado en plan futurista, cual si estuviéramos dentro de un cuadro de H. R. Giger. Pero esta vez alquilamos dos horas, ya que la experiencia no sólo nos había gustado, sino que parecía que teníamos el mono.

Es increíble cómo se nos pasó el tiempo. Y eso que cada vez nos dábamos más prisa en elegir nuestras canciones para poder cantar más. Incluso si alguna no nos convencía, la pasábamos para poner la siguiente (imprescindible la ayuda de un nativo para manejarse con el mando de selección de canciones, eso sí, a menos que tengas un buen nivel de japonés), como nos pasó con alguna canción que se seleccionó y que sólo cantaba uno porque el resto no nos la sabíamos. Al menos dos personas tenían que saberse la letra. El claro vencedor de la noche, por cierto, fue Manolo, del cual descubrimos un impresionante talento no sólo para cantar, sino también para interpretar a George Michael y a Robbie Williams. No he visto jamás a nadie ponerle más sentimiento. Para deleite de Miyuki, Cris y Ana se marcaron también algunas de Shakira (muy divertido también ver la letra de la canción en español en pantalla con el katakana encima para que los japoneses puedan cantarla). Yo entre canción y canción de anime no pude evitar marcarme un The Final Countdown (¡ese solo!). Y así hasta el culmen de la noche, con los cinco cantando el Bohemian Rhapsody a toda pastilla, emulando la escena de El mundo de Wayne.

Pero todo lo bueno se acaba, y llegó la hora de volver. Aunque estábamos algo cansados ya, si por mí fuera yo había seguido cantando toda la noche. Miyuki nos ayudó a coger un taxi, cosa que resultó más difícil de lo que parecía en un principio, ya que tuvimos que competir con bastante más gente. Al final llegó uno, nos despedimos ya definitivamente de Miyuki hasta la próxima vez que volvamos, y pusimos rumbo a Ueno. Eso sí, antes de dejar Roppongi tuvimos ocasión de ver desde el taxi a la nota curiosa de la noche (si todo lo anterior no había bastado): una auténtica tuna española paseando por la acera. Lo último que esperábamos ver por allí.

Al final el taxi sólo costó 4000 yenes, unos 25 euros, y entre todos lo pagamos tranquilamente. Lo único más complicado fue conseguir decirle en japonés al taxista por donde tenía que tirar una vez llegamos a Ueno. Menos mal que ya me conocía las calles y en cuanto llegamos a un lugar conocido pude darle indicaciones.

No tardamos mucho en quedarnos dormidos aquella noche. Al día siguiente teníamos que coger el avión de regreso, pero como salíamos bastante tarde, teníamos planeada todavía alguna que otra excursión de última hora.

miércoles, 30 de mayo de 2007

Día 8: Elevation (the city of blinding lights)

No había posibilidad de coger ningún Japan Rail hasta Roppongi, así que no tuvimos más remedio que buscar la parada de metro de Akihabara. Con el mejor japonés que pude le pregunté a un señor que pasaba por allí que por dónde andaba la parada de metro. Tranquilamente, avisó a su hijo que iba con él, y este me dijo en inglés que eran chinos y que no me habían entendido.

Pero no me desanimé, volví a preguntar y esta vez me indicaron que la estación andaba por el otro lado de la estación. Fuimos hacia allá, pero la parada seguía sin aparecer. Volví a preguntar (esta vez escogí a una chica, que suelen ser más amables), y ya me indicaron con más detalle por dónde debíamos ir. Bajamos, compramos los billetes, y pusimos rumbo hacia un lugar al que, dada la curiosa pronunciación del inglés de los japoneses, Manolo no había entendido del todo. Al final resultó ser Roppongi Hills (pronunciado "hiruzu").

La salida hacia Roppongi Hills estaba muy bien indicada, y en la misma fuimos testigos de un "engrish" muy divertido, ya que en las escaleras mecánicas que subían estaba escrito en inglés "sujeten el pasamanos", en vez de "sujétense al pasamanos". No faltaba mucho para la hora en que habíamos quedado con Miyuki, así que inspeccionamos un poco el lugar. Desde luego, era imposible no fijarse en la horrorosa estatua de una araña que había en medio del paseo, e igualmente imposible era no hacerle una foto.

Nos sentamos al pie de la Mori Tower, un rascacielos de oficinas que también alberga el hotel Grand Hyatt, uno de los más lujosos de la ciudad. Tras esperar un ratito y ver que Miyuki no aparecía, Manolo y yo nos levantamos y nos fuimos de vuelta a la estación para comprobar que estábamos en el sitio correcto, cuando en ese momento nos cruzamos con ella. Saludos, abrazos, efusiones varias, y entonces Miyuki propuso que subiéramos al mirador de la Mori Tower, porque las vistas de Tokio desde allí eran impresionantes.

La entrada era un poco cara, unos 9 euros por persona al cambio. Entramos en un ascensor que tardó menos de 30 segundos en llegar hasta la planta 52 de la torre (subió varias plantas antes de coger la velocidad de crucero, y empezó a frenar bastantes plantas antes de llegar), y nos dirigimos al mirador. La verdad es que valió la pena. La vista desde allí era sencillamente sobrecogedora. Se podían ver luces brillando hasta perderse en el horizonte, las que más destacaban eran las luces rojas que rodeaban el perfil de los edificios, encendiéndose y apagándose alternativamente. Y por supuesto, la torre de Tokio completamente iluminada. Pero lo mejor es que veáis la panorámica que conseguimos sacar desde allí (recomiendo que pulséis sobre la foto para verla a tamaño grande).


Ana y yo nos despistamos después de sacar fotos y más fotos, y descubrimos que el resto nos estaban esperando en una zona de mesitas con asientos, y estaban decidiendo qué podíamos hacer aquella noche. Había dos opciones: la primera era hacer algo en poco tiempo y recogernos prontito, porque los trenes dejaban de circular a las doce y media. La segunda era pasar de todo y despendolarnos la última noche de estancia en Tokio hasta que el cuerpo aguantara, y volver por la mañana o en mitad de la noche en un taxi, aunque esta opción podía salir algo cara (según Miyuki, unos 10000 yenes). En cuanto a cosas que hacer, las opciones eran entrar en alguna discoteca chula, o irnos a un karaoke.

A todo esto, eran ya casi las once de la noche, así que en el caso de hacer algo rápido, tenía que ser realmente rápido. Bajamos pues en el ascensor y pusimos rumbo al corazón de la marcha nocturna de Tokio...

jueves, 24 de mayo de 2007

Día 8: Is this the real life? Is this just fantasy?

El viaje en el tren bala de vuelta se nos hizo mucho más corto. No sabemos aún cómo, pero resulta que habíamos conseguido coger esa costumbre japonesa de dormirse uno en cualquier rincón, y lo empezamos a poner en práctica en aquel trayecto. De todas formas, estaba nublado y nuevamente nos quedamos sin ver el monte Fuji. Eso sí, no nos perdimos las interminables reverencias del revisor entrando y saliendo del vagón. Lo bueno es que esta vez al menos no tuvimos que ir en un vagón de fumadores, había más sitios libres que en el trayecto de ida.

Una vez más nos vimos arrastrando maletas por la estación central de Tokio, y por las líneas del tren hasta llegar a Okachimachi, y por las calles de Ueno hasta llegar de nuevo a nuestro hotel. No estuvimos mucho tiempo, apenas el suficiente para ocupar nuestras habitaciones, que no eran las mismas que tuvimos los primeros días. De hecho esta nos gustó más, ya podrían habernos dado aquella habitación antes.

El plan era fácil: hacer la versión 2.0 del paseo por Akihabara. En realidad Akiba estaba bastante cerca del hotel, sólo que en vez de coger el camino más corto dimos un pequeño paseo por la calle de detrás, que aún no habíamos visto.

No es que hubiera nada que ver en aquella calle, pero vimos cosas curiosas, como el aparcamiento para coches que veis en la foto. Aún no entendemos cómo colocan los coches, pero tiene que ser algo similar a jugar al Tetris. Tampoco tuvimos la ocasión de ver entrar o salir a ninguno. Muy cerca de ese aparcamiento había otro de bicicletas, hermano pequeño del de coches y que también aprovechaba el mismo espacio para aparcar el doble de bicicletas al tener dos alturas. Soluciones varias al eterno problema de Tokio: la falta de espacio.

No tardamos mucho en volver a la calle principal. Era la misma calle que cogíamos para ir al parque Ueno, sólo que en dirección contraria. Y lo primero que vimos nada más retomar aquella calle fue el café meido. No sabíamos que estaba tan cerca del hotel, apenas a cinco minutos andando. Poco a poco estábamos uniendo sitios y situándolos mejor. Una vez localizado un lugar conocido, llegar al meollo de Akihabara fue coser y cantar.

Y entonces empezó el desmadre. Normalmente se dice que en Akihabara lo mejor es no ir con nadie, sino ir a tu bola y sencillamente entrar en todos los sitios que te apetezca. Y es verdad: es la mejor forma de descubrir lugares insospechados. Lo primero fue buscar tiendas de manga. Primero entramos en una en la que sólo vimos la planta baja pero no nos convenció mucho, así que tras buscar un poco dimos con Gamers, una tienda de ocho plantas que nos recorrimos de arriba abajo.

Voy a intentar recordar lo que vimos en cada planta. Cogimos el ascensor directos a la última planta, dedicada a los juegos de cartas coleccionables (con gente jugando). Desde allí fuimos bajando por las escaleras planta por planta. Recuerdo que en la planta de abajo había maquetas y figuras a escala, luego bajando había novelas basadas en mangas, luego vimos mangas en sí, luego... no recuerdo exactamente qué había más abajo, pero cada planta estaba dedicada a una cosa: animes, manga amateur...

En uno de los callejones vimos un pequeño puesto donde vendían kebabs. Fue una buena alternativa a toda la comida japonesa que llevábamos comiendo toda la semana, y de paso barata. Tras coger fuerzas seguimos viendo tiendas. Entramos en una que tenía una sección de juguetes muy interesante, en la que estuve a punto de comprarme un puzzle de 2000 piezas que representaba una escena preciosa de Mi vecino Totoro, pero al preguntarle a la dependienta me dijo que no le quedaban, que sólo tenían el puzzle expuesto en la pared ya montado. Y como los demás no nos gustaban, nos quedamos sin.

Entramos también en otras tiendas de electrónica de segunda mano, no desesperábamos de encontrar gangas como alguna que otra PS3 baratita u otras consolas portátiles. Al final cayeron: un pendrive de 2 GB por unos 15 euros, una tarjeta CF de 2 GB también para mi cámara por unos 20 euros, y un cacharrito con el que puedes escuchar cualquier reproductor de música portátil que tengas a través de la radio del coche, ya que emite a través de una emisora la señal de audio que le llega del reproductor. Normalmente se escucha con un mínimo de interferencias, pero jugando con los volúmenes del reproductor y de la radio se puede minimizar. Ah, y unos auriculares para Ana, ya que los de su reproductor portátil habían muerto, que se compró en una tienda de informática de varias plantas.

Después de patearnos tiendas y tiendas, encontramos un kaitenzushi. Manolo y yo no teníamos intención de irnos sin volver a entrar en uno, así que a pesar de no tener mucha hambre, entramos a tomarnos unas "tapitas". Satisfecho nuestro antojo, empezamos a planear la noche, y para ello nada mejor que volver a contactar con nuestra amiga Miyuki. Dejamos a Manolo la conversación telefónica, ya que parecía llevarse bastante bien con ella y, sobre todo, se entendía con ella en inglés mejor que yo en "japonglishñol". La cita sería en Roppongi, justamente uno de los barrios que nos faltaba por visitar...

martes, 22 de mayo de 2007

Día 8: Stairway to heaven

Tras levantarnos y tomar nuestro último desayuno en Kioto, pedimos al personal de recepción que nos guardasen las maletas mientras nosotros empleábamos la mañana en visitar un lugar de los alrededores que teníamos muchas ganas de visitar: Fushimi Inari, recientemente hecho popular gracias a la película Memorias de una geisha.

Nos dirigimos a la estación y buscamos el número del andén desde donde salía el tren, hicimos uso de nuestro Japan Rail Pass y tras un pequeño viaje de unos cuatro kilómetros llegamos a nuestro destino (aquí el mapa de la excursión).

Nada más salir de la estación y andar un poco hacia la izquierda, nos encontramos con lo que veis en la foto: sakuramon (la puerta de los cerezos). Esto prometía. Subiendo por aquella calle llegamos hasta la zona principal del templo. Era bastante temprano, y apenas había aún visitantes, lo que nos permitió ver la zona con bastante calma. Todo estaba lleno de detalles, con predominancia total del color rojo anaranjado, como iréis viendo en las fotos de esta entrada.

La zona también tenía algunas tiendas que decidimos dejar para la bajada, ya que preferíamos hacer la subida mientras hubiera poca gente. Por delante teníamos un par de kilómetros de subir escaleras, siempre rodeados de bosques y de toriis, nos habían contado que en algunos lugares casi podías resguardarte de la lluvia de la cantidad de toriis que cubren los caminos.

El momento friki del día: pillamos de pleno el ritual matutino de los sacerdotes sintoíntas en su adoración a la naturaleza. No sabemos si era algo habitual o era dado al florecimiento de los cerezos. El caso es que la foto pudo costarnos un disgusto, porque la persona que se ve de espaldas en primer plano era un guarda que estaba impidiendo a los turistas hacer fotos. Suerte que a Manolo le salió la toma a la primera.

Tras pasar un par de patios nos encontramos con un camino flanqueado por unos toriis enormes, que marcaban el inicio de la ascensión. De momento os diré que todos los toriis del camino están donados por empresas y particulares. A un lado del torii se puede ver el nombre de la familia, particular o empresa que lo donó, y al otro lado la fecha de donación. Tras erigirse el templo se cuenta que la primera cosecha de arroz que se tuvo fue muy buena, y los que donan un torii esperan que sus negocios sean tan prósperos como aquella primera cosecha.

Tras aquel primer pasillo nos encontramos con lo que se ve en la foto: dos pasillos aparentemente iguales, con toriis mucho más pequeños pero muy apelotonados. Al final resultó que los dos pasillos llevaban al mismo sitio, con lo cual no importó qué camino tomar. Lo realmente importante era pasar por allí debajo: era una sensación impresionante, tal y como se aprecia en la siguiente foto, que además permite ver el detalle de los nombres y las fechas.


Al final de los pasillos había otra pequeña explanada, con un pequeño templete, zonas para ofrendas como la de la foto, y fuentes para beber agua (siempre con los cacitos que ya hemos visto en otros sitios). Desde allí partía otro pasillo con más toriis. A partir de aquí el ascenso era un poco monótono, pero la belleza del lugar hacía que nunca te cansaras de tanto torii, sólo tenías que parar de vez en cuando para recuperar un poco el aliento. De vez en cuando se veían zonas para ofrendas más o menos grandes, lugares para descansar que incluían máquinas de refrescos (tanto más caras cuanto más alto subías, pero nunca pasaron de 180 yenes el refresco), y algún que otro lago.


Junto a un lago vimos un pequeño santuario y me atreví a hacerle una foto por dentro. Todos tienen imágenes de zorros, mayormente sosteniendo objetos en sus fauces, siendo el más típico la llave del granero que guarda la buena cosecha recogida. También se puede observar el espejo en la parte central superior: es el ídolo del santuario. Normalmente los santuarios sintoístas no muestran los ídolos, pero Fushimi Inari constituye una excepción.

Un alto en el camino, y seguimos subiendo. Lo divertido era ver cómo cuanto más subías, más solitarios eran los caminos (si ya de por sí había poca gente, arriba estábamos prácticamente solos), y más antiguos eran los toriis, algunos de ellos se veían completamente raídos. También era divertido saludar a la gente que pasaba. Nosotros saludábamos con un "ohayoo", versión corta del "ohayoo gozaimasu" (buenos días) que las chicas nos respondían muy amablemente, y que los hombres (más rudos) contraían en un "gozasss" extraño y casi sin mirar a la cara. Os dejo con un par de fotos de la subida:



Por fin, y tras casi perdernos en una encrucijada en la que no estaba indicado por dónde seguir, llegamos a lo que parecía ser el santuario más en lo alto de la montaña (desde luego, escaleras subimos para parar un tren). Nos sentamos un rato a descansar en un banquito junto a un puesto de recuerdos (y su correspondiente máquina de refrescos), de cara a una zona de ofrendas. Os dejo otro par de fotos del lugar:



Tras descansar iniciamos el descenso, saludando a todo quisqui que nos encontrábamos. Conforme llegábamos abajo veíamos pasar cada vez a más gente. En una nueva encrucijada no pudimos recordar por dónde habíamos venido, y tardamos diez segundos en recibir ayuda de un japonés que nos indicó amablemente por dónde se salía.

Estuvimos tentados de quedarnos un rato por la zona de tiendas y hacer tiempo suficiente para comer por allí, pero nos resistimos (a lo de comer, pero no a lo de comprar recuerdos). Eso sí, un maneki-neko sí que cayó entre otras cosas. Nos dirigimos de vuelta a la estación y cogimos el tren de vuelta a la estación de Kioto. Comimos por allí en un restaurante elección de Cris, que la pobre ya llevaba varias decepciones seguidas con la comida, y nos dirigimos la estación a coger nuestro tren bala, cuya reserva teníamos ya hecha previamente.

Eso sí, antes de irnos visitamos la tienda de recuerdos de Osamu Tezuka, en la que vendían hasta papel higiénico de Black Jack (no es coña), serie cuyo personaje principal aparece conmigo en la foto. Tras satisfacer Manolo aún más sus ansias consumistas, bajamos por fin a la zona de andenes y cogimos nuestro tren de vuelta. Quedaban pocas horas de estancia en Japón, pero nos esperaban los ratos más frikis de todo el viaje...

jueves, 17 de mayo de 2007

Día 7: A million powerful flowers in bloom

Cogimos el autobús en la parada, en dirección al Ginkakuji, el templo plateado. Y tuvimos la mala fortuna de cogerlo en el sentido equivocado. Tras unos quince minutos de marcha, el autobús llegó a una cochera donde todo el mundo se tuvo que bajar. El conductor nos indicó que para el Ginkakuji teníamos que coger la misma línea y nos indicó por dónde ir a cogerlo. Así que nada, un rato precioso perdido, aunque al menos pudimos ver partes residenciales del auténtico Kioto, lo que los japoneses realmente viven. Sí, bueno, es por intentar sacar algo a ese ratito.

Tras un buen rato de marcha, por fin llegamos a nuestro destino: el paseo de los filósofos. Como siempre, lleno de cerezos hasta las trancas, y en aquel paseo bucólico más que en ninguna otra parte. Como veis, se trata de un pequeño arroyo con un camino a su lado desde el que se podía ver cómo la corriente se llevaba los miles de pétalos que caían a cada momento por la brisa que hacía. Un lugar estupendo, si no fuera por la cantidad de personas que, como nosotros, se dirigían hacia el templo plateado.

Sin embargo, como la hora de comer se acercaba, decidimos explorar un poco el lugar en busca de un sitio donde poder degustar un plato que en Kioto preparan muy bien: el okonomiyaki. Dimos un montón de vueltas y preguntamos a varias personas que no supieron decirnos ningún sitio, uno incluso nos admitió que a él no le gustaban mucho los okonomiyaki y que, como no los comía, no sabía dónde podíamos ir.

Siguiendo nuestra costumbre de entrar en el sitio más japonés que pudiéramos encontrar (para así asegurarnos de que éramos los únicos turistas del lugar), entramos a comer en un sitio donde pudimos tomar udon entre otros platos. Definitivamente, saber un poco de japonés ciertamente ayuda. Y como siempre, aquí tenéis el escaparate del restaurante con todos los platos de plástico.

Al salir del restaurante aprovechamos para comprar un par de dulces. Ana se compró un trozo de tarta de fresa, con una pinta tan perfecta que parecía sacada de un anime. Y yo me animé con un dulce que estaba bastante bueno, y que llevaba finísimas láminas de oro decorativas en la parte superior. Tras aquel momento friki, pusimos rumbo a la entrada del Ginkakuji, sólo tuvimos que subir por una calle llena de gente y de tiendas de recuerdos, y en seguida llegamos a la entrada, a la que se accedía a través de un pasillo de setos enormes. Para entrar nuevamente tuvimos que comprar una entrada como la del Kinkakuji, de las que parecían hechizos pintados en papel.

No voy a extenderme mucho en el Ginkakuji, porque la visita se parecía mucho a la del Kinkakuji: una zona de edificios que componían el templo, jardines cercanos, el edificio principal (el templo plateado), y una amplia zona de bosques por la que se podía pasear. Os dejo con algunas fotos:


Un pequeño jardín a la entrada de la visita.


El jardín principal tenía un detalle bastante gracioso en forma de cono truncado gigante.


Desde donde estábamos empezando la visita se podía ver el bosque por el que podíamos pasar más tarde.


Y aquí tenemos el templo... ¿plateado? Sí, en un tiempo el templo estuvo recubierto de plata, pero se ve que el templo atravesó dificultades económicas y tuvo que vender toda la plata que recubría el pabellón para poder seguir adelante.


Empezando a subir se veían detalles como esta escalera. Las florecitas del suelo parecía que estaban colocadas a propósito en el sitio justo.


Vista del conjunto de edificios desde arriba, con Kioto al fondo.


Bosque de bambú en mitad del monte.


Dos chicas aceptaron amablemente posar para nosotros en un rellano del camino.

Antes de salir, por supuesto, la zona donde poder comprar recuerdos. Pasamos rápidamente por allí, ya que preferíamos ir a la zona de tiendas justo a la salida del templo.

Creo que entramos en todas las tiendas que había en la calle que bajaba desde la salida, y aprovechamos para comprar pequeños detallitos que nos quedaban. Cristina, por ejemplo, se compró unas sandalias japonesas para su yukata. Bajamos de nuevo por el paseo de los filósofos, con el sol ya bajando hacia el poniente, y buscamos la parada del autobús que nos llevaría de vuelta al hotel.

Dejamos las bolsas de recuerdos en nuestra habitación, y nos fuimos a la estación a inspeccionar el enorme centro comercial. Lo primero que hicimos al llegar a la estación fue hacer el gamba subiendo once plantas de escaleras por la enorme escalinata interior. En la foto podéis ver una vista de la misma desde arriba. Estuvimos un rato observando la ciudad desde los miradores de la parte superior que, como ya comenté, tienen casi la misma vista que desde lo alto de la torre de Kioto, sólo que gratis. Era curioso ver la zona de llegadas del tren bala desde allí. Y también resultaba llamativo como la misma torre de Kioto iluminada se reflejaba en muchas de las paredes de cristal de la estación.

Tras aquellas vistas, bajamos de nuevo (en el ascensor), y volvimos a subir por las escaleras mecánicas interiores que atravesaban el centro comercial, y así aprovechamos para ver las tiendas. Manolo se debió llevar todos los recuerdos de todas las tiendas, ya que no parábamos de verle pagar caja tras caja. También buscamos infructuosamente un chándal para Ana. Y visitamos la tienda de recuerdos de la NHK, llena de merchandising de su mascota de moda: Domo-kun.

Previamente habíamos localizado por fin un restaurante donde servían okonomiyaki en la última planta de la estación (dónde si no). Tras agotar el tiempo de tiendas, más que nada porque llegó la hora de cerrar, nos dirigimos arriba y buscamos el restaurante de nuevo (nunca llegué a hacerme a la idea de cómo era el plano de la estación, y mira que me oriento bien). Tuvimos que hacer cola por primera vez en nuestra estancia en Japón, pero no mucha. Nos pusieron en una mesa junto a una cristalera desde la que se veía el interior de la estación, nos sirvieron nuestros vasos de agua, y tras pensarlo un poco, pedimos nuestros okonomiyaki.

Aquí lo tenéis, la llamada pizza japonesa. Una base de verdura, con los ingredientes de tu elección mezclados o por encima de la misma, salsita y el típico bonito seco por encima, que se movía con el calor de la masa y parecía que estaba vivo. A la pobre de Cris nuevamente no le convenció el okonomiyaki, más que nada porque estaba mezclado con jengibre y el sabor no le convencía. Así que pidió un plato de fideos y su okonomiyaki cayó entre Manolo y yo (los incombustibles). Desgraciadamente el plato de fideos también tenía jengibre picadito y mezclado, así que tampoco pudo comer mucho.

La nota friki del día: un tipo con pinta de alto ejecutivo entró a comer y se sentó en una mesa junto a la nuestra, acompañado por una auténtica señorita de compañía que le daba conversación y comía con él.

El postre nos lo compramos en una tienda de donuts que teníamos localizada en una de las plantas bajas. Compramos una caja para todos y algunas bebidas calientes, y nos las llevamos al hotel. Allí nos las tomamos tranquilamente, tras lo cual sacamos los futones y nos dispusimos a dormir. Al día siguiente nos esperaba el viaje de regreso a Tokio, pero antes invertiríamos la mañana en buscar y pasear por una de las localizaciones del rodaje de Memorias de una Geisha: Fushimi Inari.