miércoles, 11 de abril de 2007

Día 1: First I was afraid, I was petrified...

La mañana del último viernes de marzo llegó antes de lo esperado, dado que el despertador sonó antes de que el sol saliera por el horizonte. A fin de cuentas, entre que el avión salía sobre las diez, que recomendaban estar dos horas antes en el aeropuerto, y que desde casa de Cris había un buen trecho hasta Barajas, teníamos que salir con bastante antelación.

Con casi más sueño que ilusión, llegamos al aeropuerto pensando en la de horas que nos esperaban de vuelo. Ninguno había hecho nunca un trayecto cuya duración se pareciera lo más mínimo al que teníamos por delante. Lo malo es que iban a ser más horas de las que esperábamos.

Nos dirigimos al mostrador de la KLM, la compañía aérea que nos iba a llevar hasta Japón vía Amsterdam. Tras aguardar la cola de rigor, procedemos a facturar las maletas y el encargado nos da los tres billetes del trayecto. Un momento, aquí hay algo que no encaja. ¿¿Tres?? Pero si de Amsterdam teníamos que ir directos a Tokyo... Una comprobación de los billetes nos dice que de Amsterdam vamos a ir a Seúl, y de allí vamos a Tokyo. Y encima el avión de Amsterdam a Seúl sale más tarde que el que teníamos reservado de Amsterdam a Tokyo, y para más inri, en Seúl tenemos que esperar seis horas antes de coger el vuelo a Tokyo, con lo cual el primer día de vacaciones en Japón lo perdíamos entero.

Vuelta al mostrador a pedir explicaciones. El encargado de facturación revisa el vuelo una y otra vez, comprueba extrañado la reserva, mira el ordenador de nuevo, pero no hay nada que hacer, esos son nuestros billetes. Al final nos dice que nos pasemos por la oficina de venta de billetes de la KLM a que nos informen. Allí, tras esperar otra cola, nos cuentan que el avión que cubre la ruta de Amsterdam a Tokyo había sido sustituido por otro más pequeño, y que algunos pasajeros habían sido reubicados. Eso sí, nadie supo decirnos el criterio por el que algunos pasajeros habían sido reubicados y otros no.

Lo más gracioso de todo es que a Ana y a mí nos habían dado los billetes del vuelo de Seúl a Tokyo sobre la marcha, pero no así a Manolo y a Cris. Nos explicaron que tendríamos que solicitarlos en la oficina de tránsito en Amsterdam. Como dice la canción, primero nos entró el pánico y luego nos quedamos petrificados.

En fin, el vuelo hasta Amsterdam transcurrió sin problemas, y aterrizamos en tierras holandesas sin contratiempos. Nos acercamos a la oficina de tránsito, y tras esperar otra cola conseguimos que nos atiendan. Cris aprovecha para pedir explicaciones de nuevo, pero la respuesta es la misma: han cambiado el avión por uno más pequeño. Igual es verdad y todo. Lo gracioso fue que Cris consiguió su billete de Seúl a Tokyo, pero Manolo no. Se ve que los de KLM, al reservar el vuelo con Korean Air, cometieron un error al escribir el nombre de Manolo, y como no daban con la reserva adecuada, no podían emitir el billete. Nos tranquilizaron diciéndonos que lo único que teníamos que hacer era pedir ese billete en la oficina de tránsito de Seúl, que allí nos lo daban seguro. Pues nada, qué se le va hacer...

Ya que teníamos unas cuantas horas de espera por delante, nos decidimos a ir de tiendas por la zona de tránsito. Había un montón, así que no nos aburrimos demasiado. Los productos típicos consistían en tiendas de flores donde vendían tulipanes a mansalva, tanto semillas para plantar, como ejemplares tallados en madera de todos los colores. Otra especialidad, como se ve en la foto, son los zuecos. De todos los tamaños, para tener desde un llavero hasta uno de verdad de tamaño natural. Y por supuesto, tiendas de alimentación donde la estrella eran los quesos. Aprovechamos aquellas tiendas que servían muestras gratuitas para coger unas pocas por la cara.

Cuando nos aburrimos de tiendas, nos sentamos cerca de la puerta por donde teníamos que embarcar en el vuelo que nos llevaría a tierras coreanas. Eso sí, bastante antes de la hora de embarque apareció el gigantesco avión que cubría la ruta, y aprovechamos para hacerle unas cuantas fotos. Nunca nos habíamos montado en ninguno de esos bichos, que tienen una fila de asientos en medio y dos pasillos, uno a cada lado.

Llegó la hora de embarcar, pasamos de nuevo el control de seguridad, como habíamos hecho en Madrid, sólo que esta vez me tocó cacheo por si llevaba algo. Tuve que advertir al policía que llevaba una bolsa de dinero por dentro de la camisa pegada al cuerpo, y aún así me hizo que se la enseñara y que le mostrase el contenido.

El vuelo hasta Corea se nos hizo larguísimo, sólo comparable a los trayectos que hemos hecho de vez en cuando en tren desde Sevilla a Barcelona, más o menos de la misma duración. Además, en los viajes de ida nunca puedo dormir, así que hale, a ver películas y a dar paseos esporádicos por los pasillos del avión. Es recomendable hacer ejercicios para evitar una mala circulación en las piernas, y yo desde luego no iba a arriesgarme a llegar a Japón y que me tuvieran que mandar directos al hospital.

Al menos una cosa buena tuvo el no dormir en todo el trayecto y aguantar hasta la noche del día siguiente (cosa que no es para tanto, ya que se restan siete horas por la diferencia horaria), y es que el jet-lag no tuvo apenas consecuencias para nosotros. Ya explicaré el por qué más adelante.

Finalmente, y tras varios paseos, incomodidades, intentos infructuosos de siesta bajo la mantita que te dan, y mucho aburrimiento, aterrizamos en el aeropuerto de Seúl, oculto bajo una espesa niebla. El primer obstáculo fue llegar hasta la terminal de tránsito, porque el personal de tierra de Seúl no hablaba apenas inglés, y tuve que empezar a practicar el japonés con un grupo de japonesas que iba camino de Tokyo, pero que cogían un vuelo de la JAL que salía antes que el nuestro. Ellas nos ayudaron a llegar hasta tránsito, previo paso por otro control de seguridad, en el que revisaron el bolso de Cris hasta el más mínimo detalle.

Ahora a buscar el mostrador de Korean Air para ver si conseguíamos por fin el último billete de Manolo...

4 comentarios:

Anónimo dijo...

La leche. Para ir a Japon hay que ser ingeniero de aguas turbias.

Anónimo dijo...

Sí, y también de piernas cortas (lo digo por el espacio que hay en el avión entre asiento y asiento xD )...

Anónimo dijo...

escarlatita atacando y probando

Anónimo dijo...

ha funcionado, todo lo haceis dificil para los pardillos no informaticos
escarlatita