jueves, 19 de abril de 2007

Día 4: Once there were two knights and maidens

Por primera vez desde que llegamos a Japón íbamos a tomar contacto con el lado tradicional del país: el Palacio Imperial de Tokyo era nuestra siguiente parada. Hacia allí nos dirigimos en el autobús mientras Megu empezaba ya a contarnos curiosidades sobre el palacio.

En realidad el palacio no se puede ver por dentro, salvo dos días en los que está permitida la entrada al público en general: el 23 de diciembre, que es el cumpleaños del emperador, y el 2 de enero, por ser año nuevo. Como no era ninguno de los dos casos, nos conformamos con ver los alrededores.

Lo primero que vimos al bajar del autobús fue la estatua de Kusunoki Masashige, donde nos hicimos la primera foto de grupo. A su alrededor había una extensión de terreno inmensa, con pinos plantados a espacios regulares. Una superficie que contrastaba con los rascacielos que se alzaban nada más terminar la zona verde. Por supuesto, perfectamente cuidados. Allí en Japón teníamos la teoría de que todo el mundo ha de tener por narices algún trabajo, y si había alguien que se quedaba sin trabajo, se inventaban uno para él.

Siguiendo a Megu nos dirigimos hacia el puente Niji, lo único que se puede ver de palacio, y donde nos hicimos la segunda foto de grupo. Alrededor del palacio hay un foso donde a veces se pueden ver cisnes, como el que aparece en la foto. La nota curiosa del día: son españoles, regalo de los reyes de España a la familia imperial. De hecho se han adaptado tan bien que han tenido hasta descendencia. Me imagino que el traslado de los cisnes fue muchísimo mejor que nuestro vuelo a Japón. Megu nos contó además que no hay vuelos directos de Japón a España porque las azafatas de Iberia acordaron que no volaban 15 horas seguidas, así que a día de hoy el único vuelo directo de España a Japón es el que hacen los atunes pescados aquí para poder ser consumidos allí lo más frescos posible.

Subimos hasta el puente e hicimos fotos de la puerta al palacio. Sin embargo, al mirar en sentido contrario vimos un cerezo precioso en una esquina, y en el que todo el mundo se estaba haciendo fotos. Resultaba un contraste curioso entre todos los pinos, y llamaba tanto la atención que tuvimos que hacer hasta cola para poder hacer las nuestras. He aquí el resultado:


El tiempo de visita al palacio era breve, y de hecho el grupo estaba ya poniendo rumbo de vuelta al autobús. Siguiente parada: Asakusa.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Pero hombre.. Haber dicho que os mandaba yo, y os hubieran dejado pasar, incluso os hubieran enseñado la zona VIP del palacio Imperial. Anda que no eramos amigos el emperador y yo.