martes, 24 de abril de 2007

Día 5: Again, the rain falling

La lluvia que nos había amenazado el día anterior, hizo por fin acto de presencia. Pero eso no nos desanimó ni nos apartó de nuestros planes. Tras el desayuno habitual, salimos bastante temprano del hotel con dirección a la estación de Ueno de Japan Rail. Aquí podéis ver el mapa del trayecto.

Sin embargo, aunque la idea original era ir a Shinjuku, decidimos darle una oportunidad a la zona de Ameya Yokocho (el callejón Ameya). Se trata de una zona de compras donde se puede conseguir pescado fresco, conservas, salazones, además de tener multitud de bares, restaurantes e incluso karaokes. Aunque a la hora a la que llegamos, muchas de las tiendas aún estaban cerradas.

Como la noche anterior le habíamos perdido el miedo a callejear, nos metimos por todos los callejones estrechos que encontramos. Llegamos a encontrar incluso algunas tiendas de dudoso gusto, pero como estaban cerradas no averiguamos si eran sencillos sex-shops, o tiendas algo más escabrosas, como las burusera, en las que las chicas pueden vender su ropa interior usada para que los fetichistas las adquieran y den rienda suelta a su morbosidad. Tras un corto recorrido volvimos a la estación de Japan Rail para coger el tren hacia Shinjuku.

La estación de Shinjuku era simplemente enorme. Te podías perder intentando buscar la salida correcta. Al salir nos vimos rodeados de edificios impresionantes, hasta tal punto que nos sentimos un poco abrumados. Y encima hacía bastante fresquito, así que nos dirigimos hacia la primera máquina de latas que encontramos, y nos sacamos algunas bebidas. El té con limón calentito sentaba la mar de bien dadas las circunstancias. No recuerdo si he contado ya que las máquinas de latas en Japón sirven una amplia variedad de bebidas (no las cinco o seis de las máquinas de aquí), y además frías y calientes. Y lo mejor es que te las encuentras cada doscientos metros, así que siempre están a mano.

No teníamos mucha idea de hacia donde coger. La idea principal era encontrar el hotel Park Hyatt, donde transcurre parte de Lost in Translation. Pero ni con los mapas que venían en las guías conseguimos orientarnos, y además aquel barrio parecía ser bastante más grande de lo que en un principio parecía. Así que al final nos limitamos a dar una vuelta (aquí mapa) por donde más nos pareciera. De hecho, decidimos que el lado de la estación por el que habíamos salido era el incorrecto, así que nos metimos en la estación de nuevo, la atravesamos por debajo aún a riesgo de no salir de allí nunca, y salimos por el lado contrario.

Por allí parecía que había más rascacielos a tiro de cámara, así que nos pusimos a pasear por allí. Lo irónico fue que, precisamente como estaba lloviendo, nos daba reparo sacar las cámaras por si el agua las estropeaba.

Desde lo alto de la pasarela que cruzamos decidimos que por otra calle se veían muchos carteles publicitarios, así que cambiamos el rumbo. Bajamos la pasarela y nos dirigimos hacia allí. Sin embargo, antes Ana y yo decidimos que su paraguas no era lo bastante grande como para llevarnos a los dos debajo durante todo el paseo. Entré en la primera papelería que encontré y en la misma puerta tenían a la venta paraguas por poco más de 2 euros al cambio. Eso sí, los japoneses tienen una idea bastante funcional de lo que es un paraguas. Lo más solicitado en dichos artículos eran de mango blanco y cubierta de plástico transparente, y si es barato para luego poder dejarlo olvidado por ahí, mejor. Lo que aquí podría pasar por bastante hortera, allí era normalísimo verlos en manos de hombres de negocios de rigurosa etiqueta.

Así que, paraguas hortera en mano, continuamos el paseo. Pasamos por debajo de las vías del tren y aparecimos de nuevo en el otro lado de la estación. La calle prometía, pero al final decidimos que durante el día aquello no debía ser nada en comparación con la noche, cuando se encendiera todo aquello. Anotamos mentalmente algunos sitios en los que podríamos comer cuando volviéramos aquella noche, y tras avanzar un poco más por la calle acabamos dando media vuelta y poniendo de nuevo rumbo a la estación. Vuelta a pasar por los interminables senderos bajo tierra hasta que llegamos a las taquillas.

Había una ruta de tren, distinta a la que habíamos estado cogiendo hasta ahora (que daba vueltas en círculos por Tokyo), y que llevaba directamente desde Shinjuku hasta Akihabara (aquí mapa), así que aprovechamos la circunstancia y tomamos esa vía. La nota curiosa de la mañana (porque la tarde iba a ser una nota graciosa en su totalidad),
fue que si no bastaba con el extremado orden japonés, por el cual todos los que van a subir al tren aguardan pacientemente a un lado de la puerta a que todos bajen para luego subir ellos, aquella estación tenía además pintadas en el suelo unas guías para que los que se fueran a subir supieran por dónde tenían que hacer cola.

El viaje transcurrió en parte por la ribera de un río, el cual transportaba todos los pétalos que iban cayendo de todos aquellos cerezos plantados a lo largo de la orilla. Y así llegamos a la estación de Akihabara, lugar donde nos encontraríamos con Miyuki y donde hallaríamos situaciones y lugares que uno no se puede creer hasta que está allí para comprobarlo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Poca chicha en esta entrada eeehhh.

Ni detalles escabrosos ni sitios truculentos ni nada por el estilo. Asi no vas a atraer lectores. Por cireto estoy pensando en ponerte una entrada en meneame, a ver que pasa XD.
Bueno, espero con impaciencia la segunda mitad del día.

Unknown dijo...

No te preocupes, la verdad es que la mañana del día 5 fue algo aburrida, pero se compensa con la tarde en Akihabara, fue brutal.

Y por mí puedes poner una entrada en Menéame, lo único que puede pasar es que caiga sobre mí el famoso efecto del mismo nombre y petemos el blog... ^__^U