miércoles, 30 de mayo de 2007

Día 8: Elevation (the city of blinding lights)

No había posibilidad de coger ningún Japan Rail hasta Roppongi, así que no tuvimos más remedio que buscar la parada de metro de Akihabara. Con el mejor japonés que pude le pregunté a un señor que pasaba por allí que por dónde andaba la parada de metro. Tranquilamente, avisó a su hijo que iba con él, y este me dijo en inglés que eran chinos y que no me habían entendido.

Pero no me desanimé, volví a preguntar y esta vez me indicaron que la estación andaba por el otro lado de la estación. Fuimos hacia allá, pero la parada seguía sin aparecer. Volví a preguntar (esta vez escogí a una chica, que suelen ser más amables), y ya me indicaron con más detalle por dónde debíamos ir. Bajamos, compramos los billetes, y pusimos rumbo hacia un lugar al que, dada la curiosa pronunciación del inglés de los japoneses, Manolo no había entendido del todo. Al final resultó ser Roppongi Hills (pronunciado "hiruzu").

La salida hacia Roppongi Hills estaba muy bien indicada, y en la misma fuimos testigos de un "engrish" muy divertido, ya que en las escaleras mecánicas que subían estaba escrito en inglés "sujeten el pasamanos", en vez de "sujétense al pasamanos". No faltaba mucho para la hora en que habíamos quedado con Miyuki, así que inspeccionamos un poco el lugar. Desde luego, era imposible no fijarse en la horrorosa estatua de una araña que había en medio del paseo, e igualmente imposible era no hacerle una foto.

Nos sentamos al pie de la Mori Tower, un rascacielos de oficinas que también alberga el hotel Grand Hyatt, uno de los más lujosos de la ciudad. Tras esperar un ratito y ver que Miyuki no aparecía, Manolo y yo nos levantamos y nos fuimos de vuelta a la estación para comprobar que estábamos en el sitio correcto, cuando en ese momento nos cruzamos con ella. Saludos, abrazos, efusiones varias, y entonces Miyuki propuso que subiéramos al mirador de la Mori Tower, porque las vistas de Tokio desde allí eran impresionantes.

La entrada era un poco cara, unos 9 euros por persona al cambio. Entramos en un ascensor que tardó menos de 30 segundos en llegar hasta la planta 52 de la torre (subió varias plantas antes de coger la velocidad de crucero, y empezó a frenar bastantes plantas antes de llegar), y nos dirigimos al mirador. La verdad es que valió la pena. La vista desde allí era sencillamente sobrecogedora. Se podían ver luces brillando hasta perderse en el horizonte, las que más destacaban eran las luces rojas que rodeaban el perfil de los edificios, encendiéndose y apagándose alternativamente. Y por supuesto, la torre de Tokio completamente iluminada. Pero lo mejor es que veáis la panorámica que conseguimos sacar desde allí (recomiendo que pulséis sobre la foto para verla a tamaño grande).


Ana y yo nos despistamos después de sacar fotos y más fotos, y descubrimos que el resto nos estaban esperando en una zona de mesitas con asientos, y estaban decidiendo qué podíamos hacer aquella noche. Había dos opciones: la primera era hacer algo en poco tiempo y recogernos prontito, porque los trenes dejaban de circular a las doce y media. La segunda era pasar de todo y despendolarnos la última noche de estancia en Tokio hasta que el cuerpo aguantara, y volver por la mañana o en mitad de la noche en un taxi, aunque esta opción podía salir algo cara (según Miyuki, unos 10000 yenes). En cuanto a cosas que hacer, las opciones eran entrar en alguna discoteca chula, o irnos a un karaoke.

A todo esto, eran ya casi las once de la noche, así que en el caso de hacer algo rápido, tenía que ser realmente rápido. Bajamos pues en el ascensor y pusimos rumbo al corazón de la marcha nocturna de Tokio...

jueves, 24 de mayo de 2007

Día 8: Is this the real life? Is this just fantasy?

El viaje en el tren bala de vuelta se nos hizo mucho más corto. No sabemos aún cómo, pero resulta que habíamos conseguido coger esa costumbre japonesa de dormirse uno en cualquier rincón, y lo empezamos a poner en práctica en aquel trayecto. De todas formas, estaba nublado y nuevamente nos quedamos sin ver el monte Fuji. Eso sí, no nos perdimos las interminables reverencias del revisor entrando y saliendo del vagón. Lo bueno es que esta vez al menos no tuvimos que ir en un vagón de fumadores, había más sitios libres que en el trayecto de ida.

Una vez más nos vimos arrastrando maletas por la estación central de Tokio, y por las líneas del tren hasta llegar a Okachimachi, y por las calles de Ueno hasta llegar de nuevo a nuestro hotel. No estuvimos mucho tiempo, apenas el suficiente para ocupar nuestras habitaciones, que no eran las mismas que tuvimos los primeros días. De hecho esta nos gustó más, ya podrían habernos dado aquella habitación antes.

El plan era fácil: hacer la versión 2.0 del paseo por Akihabara. En realidad Akiba estaba bastante cerca del hotel, sólo que en vez de coger el camino más corto dimos un pequeño paseo por la calle de detrás, que aún no habíamos visto.

No es que hubiera nada que ver en aquella calle, pero vimos cosas curiosas, como el aparcamiento para coches que veis en la foto. Aún no entendemos cómo colocan los coches, pero tiene que ser algo similar a jugar al Tetris. Tampoco tuvimos la ocasión de ver entrar o salir a ninguno. Muy cerca de ese aparcamiento había otro de bicicletas, hermano pequeño del de coches y que también aprovechaba el mismo espacio para aparcar el doble de bicicletas al tener dos alturas. Soluciones varias al eterno problema de Tokio: la falta de espacio.

No tardamos mucho en volver a la calle principal. Era la misma calle que cogíamos para ir al parque Ueno, sólo que en dirección contraria. Y lo primero que vimos nada más retomar aquella calle fue el café meido. No sabíamos que estaba tan cerca del hotel, apenas a cinco minutos andando. Poco a poco estábamos uniendo sitios y situándolos mejor. Una vez localizado un lugar conocido, llegar al meollo de Akihabara fue coser y cantar.

Y entonces empezó el desmadre. Normalmente se dice que en Akihabara lo mejor es no ir con nadie, sino ir a tu bola y sencillamente entrar en todos los sitios que te apetezca. Y es verdad: es la mejor forma de descubrir lugares insospechados. Lo primero fue buscar tiendas de manga. Primero entramos en una en la que sólo vimos la planta baja pero no nos convenció mucho, así que tras buscar un poco dimos con Gamers, una tienda de ocho plantas que nos recorrimos de arriba abajo.

Voy a intentar recordar lo que vimos en cada planta. Cogimos el ascensor directos a la última planta, dedicada a los juegos de cartas coleccionables (con gente jugando). Desde allí fuimos bajando por las escaleras planta por planta. Recuerdo que en la planta de abajo había maquetas y figuras a escala, luego bajando había novelas basadas en mangas, luego vimos mangas en sí, luego... no recuerdo exactamente qué había más abajo, pero cada planta estaba dedicada a una cosa: animes, manga amateur...

En uno de los callejones vimos un pequeño puesto donde vendían kebabs. Fue una buena alternativa a toda la comida japonesa que llevábamos comiendo toda la semana, y de paso barata. Tras coger fuerzas seguimos viendo tiendas. Entramos en una que tenía una sección de juguetes muy interesante, en la que estuve a punto de comprarme un puzzle de 2000 piezas que representaba una escena preciosa de Mi vecino Totoro, pero al preguntarle a la dependienta me dijo que no le quedaban, que sólo tenían el puzzle expuesto en la pared ya montado. Y como los demás no nos gustaban, nos quedamos sin.

Entramos también en otras tiendas de electrónica de segunda mano, no desesperábamos de encontrar gangas como alguna que otra PS3 baratita u otras consolas portátiles. Al final cayeron: un pendrive de 2 GB por unos 15 euros, una tarjeta CF de 2 GB también para mi cámara por unos 20 euros, y un cacharrito con el que puedes escuchar cualquier reproductor de música portátil que tengas a través de la radio del coche, ya que emite a través de una emisora la señal de audio que le llega del reproductor. Normalmente se escucha con un mínimo de interferencias, pero jugando con los volúmenes del reproductor y de la radio se puede minimizar. Ah, y unos auriculares para Ana, ya que los de su reproductor portátil habían muerto, que se compró en una tienda de informática de varias plantas.

Después de patearnos tiendas y tiendas, encontramos un kaitenzushi. Manolo y yo no teníamos intención de irnos sin volver a entrar en uno, así que a pesar de no tener mucha hambre, entramos a tomarnos unas "tapitas". Satisfecho nuestro antojo, empezamos a planear la noche, y para ello nada mejor que volver a contactar con nuestra amiga Miyuki. Dejamos a Manolo la conversación telefónica, ya que parecía llevarse bastante bien con ella y, sobre todo, se entendía con ella en inglés mejor que yo en "japonglishñol". La cita sería en Roppongi, justamente uno de los barrios que nos faltaba por visitar...

martes, 22 de mayo de 2007

Día 8: Stairway to heaven

Tras levantarnos y tomar nuestro último desayuno en Kioto, pedimos al personal de recepción que nos guardasen las maletas mientras nosotros empleábamos la mañana en visitar un lugar de los alrededores que teníamos muchas ganas de visitar: Fushimi Inari, recientemente hecho popular gracias a la película Memorias de una geisha.

Nos dirigimos a la estación y buscamos el número del andén desde donde salía el tren, hicimos uso de nuestro Japan Rail Pass y tras un pequeño viaje de unos cuatro kilómetros llegamos a nuestro destino (aquí el mapa de la excursión).

Nada más salir de la estación y andar un poco hacia la izquierda, nos encontramos con lo que veis en la foto: sakuramon (la puerta de los cerezos). Esto prometía. Subiendo por aquella calle llegamos hasta la zona principal del templo. Era bastante temprano, y apenas había aún visitantes, lo que nos permitió ver la zona con bastante calma. Todo estaba lleno de detalles, con predominancia total del color rojo anaranjado, como iréis viendo en las fotos de esta entrada.

La zona también tenía algunas tiendas que decidimos dejar para la bajada, ya que preferíamos hacer la subida mientras hubiera poca gente. Por delante teníamos un par de kilómetros de subir escaleras, siempre rodeados de bosques y de toriis, nos habían contado que en algunos lugares casi podías resguardarte de la lluvia de la cantidad de toriis que cubren los caminos.

El momento friki del día: pillamos de pleno el ritual matutino de los sacerdotes sintoíntas en su adoración a la naturaleza. No sabemos si era algo habitual o era dado al florecimiento de los cerezos. El caso es que la foto pudo costarnos un disgusto, porque la persona que se ve de espaldas en primer plano era un guarda que estaba impidiendo a los turistas hacer fotos. Suerte que a Manolo le salió la toma a la primera.

Tras pasar un par de patios nos encontramos con un camino flanqueado por unos toriis enormes, que marcaban el inicio de la ascensión. De momento os diré que todos los toriis del camino están donados por empresas y particulares. A un lado del torii se puede ver el nombre de la familia, particular o empresa que lo donó, y al otro lado la fecha de donación. Tras erigirse el templo se cuenta que la primera cosecha de arroz que se tuvo fue muy buena, y los que donan un torii esperan que sus negocios sean tan prósperos como aquella primera cosecha.

Tras aquel primer pasillo nos encontramos con lo que se ve en la foto: dos pasillos aparentemente iguales, con toriis mucho más pequeños pero muy apelotonados. Al final resultó que los dos pasillos llevaban al mismo sitio, con lo cual no importó qué camino tomar. Lo realmente importante era pasar por allí debajo: era una sensación impresionante, tal y como se aprecia en la siguiente foto, que además permite ver el detalle de los nombres y las fechas.


Al final de los pasillos había otra pequeña explanada, con un pequeño templete, zonas para ofrendas como la de la foto, y fuentes para beber agua (siempre con los cacitos que ya hemos visto en otros sitios). Desde allí partía otro pasillo con más toriis. A partir de aquí el ascenso era un poco monótono, pero la belleza del lugar hacía que nunca te cansaras de tanto torii, sólo tenías que parar de vez en cuando para recuperar un poco el aliento. De vez en cuando se veían zonas para ofrendas más o menos grandes, lugares para descansar que incluían máquinas de refrescos (tanto más caras cuanto más alto subías, pero nunca pasaron de 180 yenes el refresco), y algún que otro lago.


Junto a un lago vimos un pequeño santuario y me atreví a hacerle una foto por dentro. Todos tienen imágenes de zorros, mayormente sosteniendo objetos en sus fauces, siendo el más típico la llave del granero que guarda la buena cosecha recogida. También se puede observar el espejo en la parte central superior: es el ídolo del santuario. Normalmente los santuarios sintoístas no muestran los ídolos, pero Fushimi Inari constituye una excepción.

Un alto en el camino, y seguimos subiendo. Lo divertido era ver cómo cuanto más subías, más solitarios eran los caminos (si ya de por sí había poca gente, arriba estábamos prácticamente solos), y más antiguos eran los toriis, algunos de ellos se veían completamente raídos. También era divertido saludar a la gente que pasaba. Nosotros saludábamos con un "ohayoo", versión corta del "ohayoo gozaimasu" (buenos días) que las chicas nos respondían muy amablemente, y que los hombres (más rudos) contraían en un "gozasss" extraño y casi sin mirar a la cara. Os dejo con un par de fotos de la subida:



Por fin, y tras casi perdernos en una encrucijada en la que no estaba indicado por dónde seguir, llegamos a lo que parecía ser el santuario más en lo alto de la montaña (desde luego, escaleras subimos para parar un tren). Nos sentamos un rato a descansar en un banquito junto a un puesto de recuerdos (y su correspondiente máquina de refrescos), de cara a una zona de ofrendas. Os dejo otro par de fotos del lugar:



Tras descansar iniciamos el descenso, saludando a todo quisqui que nos encontrábamos. Conforme llegábamos abajo veíamos pasar cada vez a más gente. En una nueva encrucijada no pudimos recordar por dónde habíamos venido, y tardamos diez segundos en recibir ayuda de un japonés que nos indicó amablemente por dónde se salía.

Estuvimos tentados de quedarnos un rato por la zona de tiendas y hacer tiempo suficiente para comer por allí, pero nos resistimos (a lo de comer, pero no a lo de comprar recuerdos). Eso sí, un maneki-neko sí que cayó entre otras cosas. Nos dirigimos de vuelta a la estación y cogimos el tren de vuelta a la estación de Kioto. Comimos por allí en un restaurante elección de Cris, que la pobre ya llevaba varias decepciones seguidas con la comida, y nos dirigimos la estación a coger nuestro tren bala, cuya reserva teníamos ya hecha previamente.

Eso sí, antes de irnos visitamos la tienda de recuerdos de Osamu Tezuka, en la que vendían hasta papel higiénico de Black Jack (no es coña), serie cuyo personaje principal aparece conmigo en la foto. Tras satisfacer Manolo aún más sus ansias consumistas, bajamos por fin a la zona de andenes y cogimos nuestro tren de vuelta. Quedaban pocas horas de estancia en Japón, pero nos esperaban los ratos más frikis de todo el viaje...

jueves, 17 de mayo de 2007

Día 7: A million powerful flowers in bloom

Cogimos el autobús en la parada, en dirección al Ginkakuji, el templo plateado. Y tuvimos la mala fortuna de cogerlo en el sentido equivocado. Tras unos quince minutos de marcha, el autobús llegó a una cochera donde todo el mundo se tuvo que bajar. El conductor nos indicó que para el Ginkakuji teníamos que coger la misma línea y nos indicó por dónde ir a cogerlo. Así que nada, un rato precioso perdido, aunque al menos pudimos ver partes residenciales del auténtico Kioto, lo que los japoneses realmente viven. Sí, bueno, es por intentar sacar algo a ese ratito.

Tras un buen rato de marcha, por fin llegamos a nuestro destino: el paseo de los filósofos. Como siempre, lleno de cerezos hasta las trancas, y en aquel paseo bucólico más que en ninguna otra parte. Como veis, se trata de un pequeño arroyo con un camino a su lado desde el que se podía ver cómo la corriente se llevaba los miles de pétalos que caían a cada momento por la brisa que hacía. Un lugar estupendo, si no fuera por la cantidad de personas que, como nosotros, se dirigían hacia el templo plateado.

Sin embargo, como la hora de comer se acercaba, decidimos explorar un poco el lugar en busca de un sitio donde poder degustar un plato que en Kioto preparan muy bien: el okonomiyaki. Dimos un montón de vueltas y preguntamos a varias personas que no supieron decirnos ningún sitio, uno incluso nos admitió que a él no le gustaban mucho los okonomiyaki y que, como no los comía, no sabía dónde podíamos ir.

Siguiendo nuestra costumbre de entrar en el sitio más japonés que pudiéramos encontrar (para así asegurarnos de que éramos los únicos turistas del lugar), entramos a comer en un sitio donde pudimos tomar udon entre otros platos. Definitivamente, saber un poco de japonés ciertamente ayuda. Y como siempre, aquí tenéis el escaparate del restaurante con todos los platos de plástico.

Al salir del restaurante aprovechamos para comprar un par de dulces. Ana se compró un trozo de tarta de fresa, con una pinta tan perfecta que parecía sacada de un anime. Y yo me animé con un dulce que estaba bastante bueno, y que llevaba finísimas láminas de oro decorativas en la parte superior. Tras aquel momento friki, pusimos rumbo a la entrada del Ginkakuji, sólo tuvimos que subir por una calle llena de gente y de tiendas de recuerdos, y en seguida llegamos a la entrada, a la que se accedía a través de un pasillo de setos enormes. Para entrar nuevamente tuvimos que comprar una entrada como la del Kinkakuji, de las que parecían hechizos pintados en papel.

No voy a extenderme mucho en el Ginkakuji, porque la visita se parecía mucho a la del Kinkakuji: una zona de edificios que componían el templo, jardines cercanos, el edificio principal (el templo plateado), y una amplia zona de bosques por la que se podía pasear. Os dejo con algunas fotos:


Un pequeño jardín a la entrada de la visita.


El jardín principal tenía un detalle bastante gracioso en forma de cono truncado gigante.


Desde donde estábamos empezando la visita se podía ver el bosque por el que podíamos pasar más tarde.


Y aquí tenemos el templo... ¿plateado? Sí, en un tiempo el templo estuvo recubierto de plata, pero se ve que el templo atravesó dificultades económicas y tuvo que vender toda la plata que recubría el pabellón para poder seguir adelante.


Empezando a subir se veían detalles como esta escalera. Las florecitas del suelo parecía que estaban colocadas a propósito en el sitio justo.


Vista del conjunto de edificios desde arriba, con Kioto al fondo.


Bosque de bambú en mitad del monte.


Dos chicas aceptaron amablemente posar para nosotros en un rellano del camino.

Antes de salir, por supuesto, la zona donde poder comprar recuerdos. Pasamos rápidamente por allí, ya que preferíamos ir a la zona de tiendas justo a la salida del templo.

Creo que entramos en todas las tiendas que había en la calle que bajaba desde la salida, y aprovechamos para comprar pequeños detallitos que nos quedaban. Cristina, por ejemplo, se compró unas sandalias japonesas para su yukata. Bajamos de nuevo por el paseo de los filósofos, con el sol ya bajando hacia el poniente, y buscamos la parada del autobús que nos llevaría de vuelta al hotel.

Dejamos las bolsas de recuerdos en nuestra habitación, y nos fuimos a la estación a inspeccionar el enorme centro comercial. Lo primero que hicimos al llegar a la estación fue hacer el gamba subiendo once plantas de escaleras por la enorme escalinata interior. En la foto podéis ver una vista de la misma desde arriba. Estuvimos un rato observando la ciudad desde los miradores de la parte superior que, como ya comenté, tienen casi la misma vista que desde lo alto de la torre de Kioto, sólo que gratis. Era curioso ver la zona de llegadas del tren bala desde allí. Y también resultaba llamativo como la misma torre de Kioto iluminada se reflejaba en muchas de las paredes de cristal de la estación.

Tras aquellas vistas, bajamos de nuevo (en el ascensor), y volvimos a subir por las escaleras mecánicas interiores que atravesaban el centro comercial, y así aprovechamos para ver las tiendas. Manolo se debió llevar todos los recuerdos de todas las tiendas, ya que no parábamos de verle pagar caja tras caja. También buscamos infructuosamente un chándal para Ana. Y visitamos la tienda de recuerdos de la NHK, llena de merchandising de su mascota de moda: Domo-kun.

Previamente habíamos localizado por fin un restaurante donde servían okonomiyaki en la última planta de la estación (dónde si no). Tras agotar el tiempo de tiendas, más que nada porque llegó la hora de cerrar, nos dirigimos arriba y buscamos el restaurante de nuevo (nunca llegué a hacerme a la idea de cómo era el plano de la estación, y mira que me oriento bien). Tuvimos que hacer cola por primera vez en nuestra estancia en Japón, pero no mucha. Nos pusieron en una mesa junto a una cristalera desde la que se veía el interior de la estación, nos sirvieron nuestros vasos de agua, y tras pensarlo un poco, pedimos nuestros okonomiyaki.

Aquí lo tenéis, la llamada pizza japonesa. Una base de verdura, con los ingredientes de tu elección mezclados o por encima de la misma, salsita y el típico bonito seco por encima, que se movía con el calor de la masa y parecía que estaba vivo. A la pobre de Cris nuevamente no le convenció el okonomiyaki, más que nada porque estaba mezclado con jengibre y el sabor no le convencía. Así que pidió un plato de fideos y su okonomiyaki cayó entre Manolo y yo (los incombustibles). Desgraciadamente el plato de fideos también tenía jengibre picadito y mezclado, así que tampoco pudo comer mucho.

La nota friki del día: un tipo con pinta de alto ejecutivo entró a comer y se sentó en una mesa junto a la nuestra, acompañado por una auténtica señorita de compañía que le daba conversación y comía con él.

El postre nos lo compramos en una tienda de donuts que teníamos localizada en una de las plantas bajas. Compramos una caja para todos y algunas bebidas calientes, y nos las llevamos al hotel. Allí nos las tomamos tranquilamente, tras lo cual sacamos los futones y nos dispusimos a dormir. Al día siguiente nos esperaba el viaje de regreso a Tokio, pero antes invertiríamos la mañana en buscar y pasear por una de las localizaciones del rodaje de Memorias de una Geisha: Fushimi Inari.

viernes, 11 de mayo de 2007

Día 7: I'll be gone in a day or two

A la mañana del séptimo día nos despertamos sabiendo que teníamos muchas cosas por ver en Kioto, pero también con la sensación de que ya el viaje se nos estaba acabando, y que dentro de poco saldríamos de este sueño para despertarnos en la realidad del día a día.

Bajamos a desayunar al hotel, ya que aquí también teníamos el desayuno incluido. Aunque no eran tan bueno como el de Tokio, seguía sin faltar la sopa miso y el arroz. Con las fuerzas repuestas por el sueño y el desayuno, salimos del hotel y nos dirigimos una vez más a la estación, pasando de nuevo por el cruce musical (episodio 68: los cuatro samuráis se dirigen a visitar los santuarios locales), pero esta vez nos detuvimos en la zona de paradas de autobuses. La línea que llevaba a los turistas al kinkakuji, el templo dorado, estaba abarrotada. Nos armamos pues de paciencia, puesto que además el recorrido para llegar hasta el templo fue largo y duró sus buenos 45 minutos.

Desde la parada hasta la entrada del templo fue bastante fácil, sólo teníamos que seguir el reguero de gente que hacia allí se dirigía también. Sólo había que subir por una callecita y en seguida llegabas. En un momento, el paisaje urbano se convirtió en zona boscosa, con muchos jardines y bastantes edificios que componían la totalidad del templo. Aquí tenéis el mapa del paseo por el kinkakuji.

Una vez más, la inmensa cantidad de detalles que había allí hacían que tuviéramos que llevar las cámaras permanentemente preparadas para captar cualquier cosa que nos llamara la atención. Y lo mejor de todo es que no estaba tan lleno de turistas como en un principio nos temíamos, dado que era un día entre semana por la mañana y todo el mundo estaba en el trabajo. Aún así, tuvimos que esperar un poquito de cola (no mucha) para comprar nuestra entrada. Nos hizo un montón de gracia, porque parecían los trozos de papel estos que salen en las series de anime con sortilegios escritos para defenderse de los malos espíritus. Aquí la tenéis:


Nada más entrar, la zona principal de edificios del templo quedaba a nuestra derecha, con detalles como el que podéis ver en la foto. Jardines en plan sencillo, pero con piedras y árboles colocados en posiciones estratégicas. Claro que para edificio y jardines bonitos, la principal atracción del lugar:


Aquí tenéis el famoso templo dorado de Kioto. Está entero recubierto de oro auténtico de 24 quilates, o al menos eso es lo que cuentan. Y el jardín que lo rodea está construido piedra a piedra y árbol a árbol, cada uno regalado a través de los tiempos por famosos shogunes y samuráis. Los que entienden de este tipo de jardines dicen que el jardín que rodea al templo dorado es, si no el mejor, de los mejores de todo el mundo.

Estuvimos por allí rondando el templo dorado un buen rato, entre que conseguíamos hacer la foto perfecta e intentábamos pegar oído a una guía que hablaba español que pasaba por allí con un grupo. Gracias a ella además nos enteramos de que los árboles del jardín no adquirían las formas que tenían por casualidad, sino que seguían un lento proceso de modelado similar al de los bonsáis. En la foto podéis ver cómo sostienen las ramas con soportes hasta que éstas adoptan de manera natural la forma deseada.

El paseo proseguía rodeando el templo dorado y se adentraba en el bosque, aunque no por ello perdía interés. Resultaba muy curioso ver a las ancianas del lugar cuidando los jardines, caminando casi todo el rato en cuclillas mientras barrían de matojos el suelo y lo dejaban todo en perfecto estado de revista. Y por supuesto, no faltaban nunca los detalles, como el intrigante pozo (estilo Sadako) en medio de los árboles:




Al salir del bosque volvimos a la zona principal de edificios, sólo que esta vez al otro lado, donde se encontraban las tiendas de recuerdos y multitud de tenderetes donde comprar dulces típicos. Lo bueno era que aquí podías probar muestras de los dulces, y así pudimos decidirnos a comprar sólo los que nos gustasen más (o simplemente nos gustasen). Tampoco pudimos dejar pasar la ocasión de comprar algún que otro recuerdo de la visita, por si no nos bastaran las fotos.

A la salida pudimos ver este cartel, que nos llamó la atención porque está claro que la traducción al inglés no refleja ni mucho menos todo lo que está escrito arriba. Básicamente, pone algo así: "Sus plegarias de hoy han sido escuchadas. Cuídese y vuelva, por favor." Los japoneses son unos hachas resumiendo...

Antes de poner rumbo a la parada del autobús, repusimos fuerzas en un pequeño local donde vendían mochi servido en pinchitos. Manolo se atrevió con uno de color rosa que no estaban malos, y yo con otro de color blanco tradicional, sólo que recubiertos de chocolate. Bastante mejores.

En la calle de bajada a la parada aprovechamos para comprar latas de refrescos, y vimos este cartel que también nos hizo bastante gracia. Es el típico cartel de concienciación cívica, en el que el perro parece más responsable que el amo al advertirle de "¡que se te olvida algo!". Interesante el color rosa escogido para la cagarruta. El texto en rojo, debajo, es: "Las deposiciones de los perros son responsabilidad de sus dueños."

Y ya, por fin, nos dispusimos a esperar en la parada del autobús a que nos llevaran a nuestro siguiente destino: el templo plateado.

martes, 8 de mayo de 2007

Día 6: It's more than a feeling

Salimos del hotel y nos fuimos a buscar algún sitio donde poder comer. La idea era buscar un kaitenzushi, y para eso habíamos preguntado a la chica de la recepción del hotel. Con las indicaciones en nuestro poder pusimos rumbo de vuelta a la estación, a la cual llegamos tras un breve paseo y un nuevo paso por el cruce de los samuráis (episodio 54: los cuatro samuráis buscan un lugar donde reponer fuerzas). En un principio entramos en la estación en busca de uno de los restaurantes indicados, pero cuando llegamos a la planta once y vimos un montón de restaurantes, todos con cola para entrar, nos desanimamos un poco. Bajamos a la calle y buscamos la otra opción, la cual encontramos con facilidad.

Para desgracia de Cris, por fin conseguimos entrar a comer en un kaitenzushi. Menos mal que Cris pudo pedir platos distintos de la infinidad de platillos de sushi que pasaban por la cinta transportadora junto a la mesa. Si os fijáis en la foto, en la misma mesa podíamos coger los palillos que necesitábamos, salsa de soja, agua caliente mediante el grifo que parece un tirador, un té verde en polvo para echarle al agua caliente. Lo más gracioso era ver cómo los platos que normalmente aquí son más baratos allí son los más caros, y viceversa.

Una vez saciada nuestra ansia de sushi, pusimos rumbo de vuelta al hotel, donde por fin pudimos coger las llaves de nuestra habitación y entrar en ella (las maletas estaban ya allí). La habitación era lo más simple del mundo: una nevera con una tele encima, una mesita baja con algunos folletos y una caja de pañuelos de papel, algunas perchas y todo sobre tatami. En un armario encontramos los futones y las almohadas. Había seis de cada, y como no eran muy gordos nos turnamos para que todos al menos disfrutáramos de poder dormir sobre dos colchones en vez de uno. Lo mejor de todo: el baño. Totalmente de plástico y hecho de una pieza, como si estuviera construido para ser instalado en un avión o algo así (si no fuera por la ducha).

No estuvimos mucho tiempo en ella, bajamos y salimos corriendo a la estación (de nuevo), pero esta vez para coger el autobús hasta Gion. Por el camino durante el viaje en autobús coincidimos con una gal impresionante, que en un momento dado sacó su móvil y aún no entendemos cómo pudo encontrarlo en medio de tanto colgajo peludo. También coincidimos con un señor mayor muy amable, que hablaba un inglés bastante comprensible para lo que suele ser el estándar japonés, y con el que Manolo estuvo charlando un rato. Muy simpático y muy amistoso.

Nosotros pensábamos que Gion era un barrio tradicional, con casas de estilo antiguo. El autobús nos dejó en un lugar de calles estrechas con edificios modernos, aunque de pocas plantas (aquí el mapa del paseo hasta el final de la noche). Aquello no era lo que nosotros esperábamos, e incluso tuvimos que preguntar a un transeúnte para que nos lo confirmara. No había duda. Paseamos por allí un rato, callejeando, observando los locales. Algunos parecían sitios nocturnos de diversión, alguna que otra tienda, pero en general nos dio la sensación de que allí había más casas de citas por metro cuadrado que en ningún otro sitio del mundo. El hecho de que en aquellos momentos no hubiera mucha gente por la calle acrecentaba dicha sensación.

Después de callejear un poco salimos a una calle amplia con un montón de tiendas escondidas bajo soportales (nota mental: investigarlas más adelante) que en realidad dividía Gion en dos partes: la moderna de la tradicional. Al otro lado de la calle había un gran bullicio y las casas tenían un aspecto mucho más tradicional: aquello sí que era lo que buscábamos. Así que cogimos la avenida principal dentro de aquella zona de casas, y nos dejamos llevar.

Si no fuera porque los coches podían pasar por aquella calle llena de casas tradicionales (y por los postes llenos de cables), habría parecido que habíamos atravesado un portal temporal. Sí, creo que ya he usado esta expresión antes, pero es que Japón es así: un país de contrastes que sabe combinar la modernidad con la tradición. Las tiendas de aquella zona tenían una peculiaridad: al estar en casas tradicionales la zona principal de la tienda estaba sobre tatami, así que tenías que quitarte los zapatos para entrar. Según recuerdo, Manolo fue el único con valor para entrar en una, aprovechando además para perseguir a dos mujeres vestidas con kimono tradicional. De hecho, era divertido ver pasar (aunque fuera fugazmente) a algunas geikos a toda pastilla. El mes de abril es un mes atareado para ellas debido al Miyako Odori.

Aquella zona estaba llena de curiosidades y de rincones chulísimos para hacer fotos, como la casa desde la cual sobresalía un árbol, como se ve en la foto. Me encontré con un fotógrafo que parecía saber bastante mejor que yo lo que hacía, hablé con él un poco y me enseñó algunas tomas que había hecho que me sorprendieron bastante, sobre todo detalles más que vistas generales. Había paseos con vallas detrás de las cuales se adivinaban jardines con cerezos inmensos. Mansiones con portones inmensos que debían de valer una fortuna. Y así llegamos a un pequeño parquecito al final de la calle.

Parecía mentira que hubiera un lugar tan bonito y tranquilo después del bullicio que habíamos atravesado momentos antes. Paseamos un poco por allí y decidimos intentar volver a la calle de las tiendas bajo soportales, pero atravesando las calles más estrechas, apartadas del gentío y buscando detalles más típicos. Y los encontramos. Pequeños jardines de infancia donde los vecinos llevaban a los niños. Casas con los bonsáis más grandes que he visto en mi vida, por contradictorio que suene. Pequeños templos con pequeños jardines. Y siempre, postes llenos de cables que abundan por todas las calles. Os dejo con algunas fotos...




Una vez de regreso en la calle de los soportales pudimos dar un poco de rienda suelta a nuestro afán consumista. Cayó algún que otro souvenir, aunque casi todos picamos en una tienda de dulces típicos de Kioto. Empezaba a anochecer y pusimos rumbo al parque cuya entrada estaba cerca de donde nos dejó el autobús. Al otro lado del pórtico de entrada empezaron los tenderetes de comida a tutiplén, como ya habíamos visto en otros sitios.

Sí, es takoyaki. Trocitos de pulpo rebozados y con salsita. Estaba deseando comprarme unos desde lo del café meido. Cris lo intentó con una de esas galletas con forma de pez, pero como estaban rellenas de azuki pasó de ellas y nos la acabamos comiendo entre el resto.

Un poco más adelante nos encontramos un nuevo templo, os dejo con más fotos...




Pasado el templo, más tenderetes, en uno de los cuales compramos una predicción de tu futuro en base a tu año de nacimiento y que aún no he podido traducir, porque está completamente en japonés (la de Asakusa estaba "traducida" al inglés).

Y tras estos pocos tenderetes... encontramos el sitio perfecto para cenar. Habían preparado una zona para cenar al aire libre bajo los cerezos en flor y algunas tenues luces. Nos esperaba uno de los momentos más auténticamente genuinos de todo el viaje.

Como veis, la forma de sentarse a la mesa era sentándose sobre la misma, quitándose previamente los zapatos, y la comida te la servían sobre una segunda mesa auxiliar encima de la primera. El alquiler de la misma era por horas, aunque barato. Decidimos casi a dedo, y no nos equivocamos mucho: oden, pinchitos, algo de fideos con tempura... Pero lo mejor de todo era la compañía. Cerca de nosotros se sentó una familia bastante numerosa, con unas ganas de juerga considerables. Una mujer con un bombo aporreaba el mismo mientras cantaba canciones tradicionales en plan cómico, animando al personal. Los mayores entonaban cánticos guturales previos a los brindis. Y parecían divertirse un montón. Eso sí, a pesar de las mantitas que podías pedir para ponerte en el regazo, no veas el frío que pasamos.

Aquella noche sentimos más que nunca que estábamos en Japón, que formábamos parte integrante de su sociedad, de su cultura... Fue el momento que posiblemente recordaremos durante más tiempo, porque fue auténtico.

A la vuelta volvimos por un paseo al lado opuesto del parque, lleno de farolillos y bastante oscuro a pesar de lo que pueda parecer por la foto. Todavía teníamos que encontrarnos con el auténtico túnel del terror, atracción típica donde las haya para que los jóvenes puedan aprovechar el miedo de las chicas para abrazarlas un poco, y una pareja que vendía panes que hacían en su propia furgoneta, y donde pudimos probar algo que me hizo mucha ilusión encontrar: el pan de melón.

Completamente agotados y maravillados por la cantidad de cosas de las que habíamos sido partícipes y testigos, volvimos a la parada de autobús, pero estaba tan llena de gente que decidimos coger el primer taxi que pasó por allí para volver al hotel. No salió demasiado caro, y además teníamos que descansar lo antes posible para poder empezar el día siguiente con fuerzas: la visita empezaría por el famoso templo dorado de Kioto.