martes, 8 de mayo de 2007

Día 6: It's more than a feeling

Salimos del hotel y nos fuimos a buscar algún sitio donde poder comer. La idea era buscar un kaitenzushi, y para eso habíamos preguntado a la chica de la recepción del hotel. Con las indicaciones en nuestro poder pusimos rumbo de vuelta a la estación, a la cual llegamos tras un breve paseo y un nuevo paso por el cruce de los samuráis (episodio 54: los cuatro samuráis buscan un lugar donde reponer fuerzas). En un principio entramos en la estación en busca de uno de los restaurantes indicados, pero cuando llegamos a la planta once y vimos un montón de restaurantes, todos con cola para entrar, nos desanimamos un poco. Bajamos a la calle y buscamos la otra opción, la cual encontramos con facilidad.

Para desgracia de Cris, por fin conseguimos entrar a comer en un kaitenzushi. Menos mal que Cris pudo pedir platos distintos de la infinidad de platillos de sushi que pasaban por la cinta transportadora junto a la mesa. Si os fijáis en la foto, en la misma mesa podíamos coger los palillos que necesitábamos, salsa de soja, agua caliente mediante el grifo que parece un tirador, un té verde en polvo para echarle al agua caliente. Lo más gracioso era ver cómo los platos que normalmente aquí son más baratos allí son los más caros, y viceversa.

Una vez saciada nuestra ansia de sushi, pusimos rumbo de vuelta al hotel, donde por fin pudimos coger las llaves de nuestra habitación y entrar en ella (las maletas estaban ya allí). La habitación era lo más simple del mundo: una nevera con una tele encima, una mesita baja con algunos folletos y una caja de pañuelos de papel, algunas perchas y todo sobre tatami. En un armario encontramos los futones y las almohadas. Había seis de cada, y como no eran muy gordos nos turnamos para que todos al menos disfrutáramos de poder dormir sobre dos colchones en vez de uno. Lo mejor de todo: el baño. Totalmente de plástico y hecho de una pieza, como si estuviera construido para ser instalado en un avión o algo así (si no fuera por la ducha).

No estuvimos mucho tiempo en ella, bajamos y salimos corriendo a la estación (de nuevo), pero esta vez para coger el autobús hasta Gion. Por el camino durante el viaje en autobús coincidimos con una gal impresionante, que en un momento dado sacó su móvil y aún no entendemos cómo pudo encontrarlo en medio de tanto colgajo peludo. También coincidimos con un señor mayor muy amable, que hablaba un inglés bastante comprensible para lo que suele ser el estándar japonés, y con el que Manolo estuvo charlando un rato. Muy simpático y muy amistoso.

Nosotros pensábamos que Gion era un barrio tradicional, con casas de estilo antiguo. El autobús nos dejó en un lugar de calles estrechas con edificios modernos, aunque de pocas plantas (aquí el mapa del paseo hasta el final de la noche). Aquello no era lo que nosotros esperábamos, e incluso tuvimos que preguntar a un transeúnte para que nos lo confirmara. No había duda. Paseamos por allí un rato, callejeando, observando los locales. Algunos parecían sitios nocturnos de diversión, alguna que otra tienda, pero en general nos dio la sensación de que allí había más casas de citas por metro cuadrado que en ningún otro sitio del mundo. El hecho de que en aquellos momentos no hubiera mucha gente por la calle acrecentaba dicha sensación.

Después de callejear un poco salimos a una calle amplia con un montón de tiendas escondidas bajo soportales (nota mental: investigarlas más adelante) que en realidad dividía Gion en dos partes: la moderna de la tradicional. Al otro lado de la calle había un gran bullicio y las casas tenían un aspecto mucho más tradicional: aquello sí que era lo que buscábamos. Así que cogimos la avenida principal dentro de aquella zona de casas, y nos dejamos llevar.

Si no fuera porque los coches podían pasar por aquella calle llena de casas tradicionales (y por los postes llenos de cables), habría parecido que habíamos atravesado un portal temporal. Sí, creo que ya he usado esta expresión antes, pero es que Japón es así: un país de contrastes que sabe combinar la modernidad con la tradición. Las tiendas de aquella zona tenían una peculiaridad: al estar en casas tradicionales la zona principal de la tienda estaba sobre tatami, así que tenías que quitarte los zapatos para entrar. Según recuerdo, Manolo fue el único con valor para entrar en una, aprovechando además para perseguir a dos mujeres vestidas con kimono tradicional. De hecho, era divertido ver pasar (aunque fuera fugazmente) a algunas geikos a toda pastilla. El mes de abril es un mes atareado para ellas debido al Miyako Odori.

Aquella zona estaba llena de curiosidades y de rincones chulísimos para hacer fotos, como la casa desde la cual sobresalía un árbol, como se ve en la foto. Me encontré con un fotógrafo que parecía saber bastante mejor que yo lo que hacía, hablé con él un poco y me enseñó algunas tomas que había hecho que me sorprendieron bastante, sobre todo detalles más que vistas generales. Había paseos con vallas detrás de las cuales se adivinaban jardines con cerezos inmensos. Mansiones con portones inmensos que debían de valer una fortuna. Y así llegamos a un pequeño parquecito al final de la calle.

Parecía mentira que hubiera un lugar tan bonito y tranquilo después del bullicio que habíamos atravesado momentos antes. Paseamos un poco por allí y decidimos intentar volver a la calle de las tiendas bajo soportales, pero atravesando las calles más estrechas, apartadas del gentío y buscando detalles más típicos. Y los encontramos. Pequeños jardines de infancia donde los vecinos llevaban a los niños. Casas con los bonsáis más grandes que he visto en mi vida, por contradictorio que suene. Pequeños templos con pequeños jardines. Y siempre, postes llenos de cables que abundan por todas las calles. Os dejo con algunas fotos...




Una vez de regreso en la calle de los soportales pudimos dar un poco de rienda suelta a nuestro afán consumista. Cayó algún que otro souvenir, aunque casi todos picamos en una tienda de dulces típicos de Kioto. Empezaba a anochecer y pusimos rumbo al parque cuya entrada estaba cerca de donde nos dejó el autobús. Al otro lado del pórtico de entrada empezaron los tenderetes de comida a tutiplén, como ya habíamos visto en otros sitios.

Sí, es takoyaki. Trocitos de pulpo rebozados y con salsita. Estaba deseando comprarme unos desde lo del café meido. Cris lo intentó con una de esas galletas con forma de pez, pero como estaban rellenas de azuki pasó de ellas y nos la acabamos comiendo entre el resto.

Un poco más adelante nos encontramos un nuevo templo, os dejo con más fotos...




Pasado el templo, más tenderetes, en uno de los cuales compramos una predicción de tu futuro en base a tu año de nacimiento y que aún no he podido traducir, porque está completamente en japonés (la de Asakusa estaba "traducida" al inglés).

Y tras estos pocos tenderetes... encontramos el sitio perfecto para cenar. Habían preparado una zona para cenar al aire libre bajo los cerezos en flor y algunas tenues luces. Nos esperaba uno de los momentos más auténticamente genuinos de todo el viaje.

Como veis, la forma de sentarse a la mesa era sentándose sobre la misma, quitándose previamente los zapatos, y la comida te la servían sobre una segunda mesa auxiliar encima de la primera. El alquiler de la misma era por horas, aunque barato. Decidimos casi a dedo, y no nos equivocamos mucho: oden, pinchitos, algo de fideos con tempura... Pero lo mejor de todo era la compañía. Cerca de nosotros se sentó una familia bastante numerosa, con unas ganas de juerga considerables. Una mujer con un bombo aporreaba el mismo mientras cantaba canciones tradicionales en plan cómico, animando al personal. Los mayores entonaban cánticos guturales previos a los brindis. Y parecían divertirse un montón. Eso sí, a pesar de las mantitas que podías pedir para ponerte en el regazo, no veas el frío que pasamos.

Aquella noche sentimos más que nunca que estábamos en Japón, que formábamos parte integrante de su sociedad, de su cultura... Fue el momento que posiblemente recordaremos durante más tiempo, porque fue auténtico.

A la vuelta volvimos por un paseo al lado opuesto del parque, lleno de farolillos y bastante oscuro a pesar de lo que pueda parecer por la foto. Todavía teníamos que encontrarnos con el auténtico túnel del terror, atracción típica donde las haya para que los jóvenes puedan aprovechar el miedo de las chicas para abrazarlas un poco, y una pareja que vendía panes que hacían en su propia furgoneta, y donde pudimos probar algo que me hizo mucha ilusión encontrar: el pan de melón.

Completamente agotados y maravillados por la cantidad de cosas de las que habíamos sido partícipes y testigos, volvimos a la parada de autobús, pero estaba tan llena de gente que decidimos coger el primer taxi que pasó por allí para volver al hotel. No salió demasiado caro, y además teníamos que descansar lo antes posible para poder empezar el día siguiente con fuerzas: la visita empezaría por el famoso templo dorado de Kioto.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No tienes perdon de dios!!! Comerte un pan de Melon... y no pedirle la receta!!! Con la de pan de melon que podiamos hacer es nuestras respectivas maquinas de hacer pan...
Vaya Fallo!!!

Por lo demás las fotos están chulas chulas, pero esperaba alguna foto de alguna Geisha.l

Unknown dijo...

No encontramos tantas geishas, y las pocas que vimos iban tan corriendo que no nos daba tiempo ni a sacar la cámara.

Y para el pan de melón, ¿has probado a hacer el pan echándole un poco de melón triturado, o jugo de melón a ver qué tal sale?

Anónimo dijo...

Segun Yakitate Japan!! el pan de melon original no lleva melon, si que lleva masa de galleta y de pan.