sábado, 5 de mayo de 2007

Día 6: You're lucky, lucky, you're so lucky!

Nos levantamos tempranito aquel día para poder llegar a tiempo de coger el tren bala que nos llevaría a Kioto. Habíamos visto posibles horarios y más o menos sabíamos qué tren queríamos que nos llevara, todo dependía de la disponibilidad de asientos. Los trenes bala tienen zonas de asientos reservados, tanto para fumadores como para no fumadores, y zonas de asientos no reservados, en las que puedes arriesgarte a ir de pie todo el trayecto si te encuentras con que todo está cogido.

Manolo optó por la opción de dejar una maleta en el hotel de Tokio, para no tener que cargar con todo su equipaje, ya que íbamos a estar en Kioto sólo dos noches, y luego volveríamos a Tokio para pasar una noche más en el mismo hotel. Cristina, Ana y yo optamos por llevar con nosotros todo el equipaje.

Bien cargaditos de maletas, por tanto, salimos del hotel y nos dirigimos a la estación de Japan Rail de Okachimachi, que era la que nos pillaba más cerca del hotel, para así no tener que acercarnos hasta la estación de Ueno, algo más lejana. Apenas había desde allí unas tres paradas hasta la estación de Central Tokio. Craso error. Habíamos coincidido con la hora punta y los trenes que pasaban iban totalmente cargados de gente, apenas había espacio para meternos con las maletas. Y eso que podíamos coger cualquiera de las dos líneas que pasaban por nuestro andén. Incluso también a pesar de que los trenes pasaban a cada minuto: se acababa de ir un tren de una vía cuando ya casi estaba llegando el tren de la vía de enfrente. Todos, sin remedio, tenían los vagones hasta las trancas.

Así que optamos por la técnica de "divide y vencerás". Ana y yo nos pusimos a esperar en un sitio, Cristina en otro y Manolo en otro, nos meteríamos como pudiéramos y, si veíamos que todos habíamos entrado, nos reuniríamos en la estación de Tokio. Dio resultado. Entramos como sardinas en lata, tuvimos que bajar las maletas del tren y volverlas a meter en cada estación porque estábamos bloqueando las puertas con las mismas, menos mal que sólo fueron tres paradas y con éxito pudimos reunirnos en la estación donde cogeríamos el shinkansen.

La estación de Tokio era inmensa, con un montón de pasillos por recorrer, completamente llena de gente y de tiendas, pero como cualquier otra estación, estaba perfectamente señalizada y encontramos sin problemas la ventanilla de reservas para los trenes que salían ese mismo día. Para mi sorpresa, también encontramos una tienda donde vendían los típicos obento, y como aquella mañana no había desayunado en el hotel, no me resistí a comprarme uno. El obento lo escogí por dos motivos: el primero porque tenía bastante buena pinta, y el segundo porque era de los pocos que podía pedir correctamente, ya que había entendido los kanji del nombre del obento, en vez de tener que recurrir a la técnica de señalar. El precio de los obento rondaba al cambio los 5-6 euros.

Obento en ristre nos dirigimos hacia nuestra vía a esperar la salida del tren. Habíamos conseguimos asientos para el tren que queríamos, pero desgraciadamente sólo quedaban para la zona de fumadores (ninguno de nosotros cuatro fuma), así que tuvimos que tragar algo de humo por el camino.

Antes incluso de la salida del tren no me pude aguantar más y le metí mano al obento. Por supuesto, no me defraudó. También aprovechamos para comprar bebidas en las máquinas que también estaban repartidas por los andenes. Alguno dirá que seguro que dentro de la estación estaban más caras las máquinas de bebidas, pero no era así. Ni siquiera en sitios como las salas de espera de los aeropuertos costaban las bebidas más de 100-120 yenes (entre 60 y 75 céntimos).

Llegó el tren, nos montamos, y por fin nos pusimos en marcha hacia Kioto (sí, tuve que terminarme el obento dentro del tren). Intentamos hacer fotos durante el viaje, pero apenas salió ninguna que mereciera la pena. Estaba bastante nublado y ni siquiera entonces tuvimos opción de ver el monte Fuji. De hecho, por el camino incluso paramos en una estación en la que estaba nevando, lo que nos dejó helados (nunca mejor dicho), pensando en el frío que podría hacernos en Kioto, ya que no estábamos muy lejos ya.

El viaje nos proporcionó varias notas curiosas. Por ejemplo, los vagones tenían zonas para dejar maletas grandes, para no tener que subirlas a los portaequipajes, pero eso sí, tenías que avisar al revisor para que supieran que no eran maletas abandonadas (y por tanto sospechosas): todo equipaje olvidado sería destruido, cualquier precaución es poca. Otra: cada grupo de asientos podía rotar sobre sí mismo, orientándose hacia el sentido de la marcha, de forma que nunca nadie viaja de espaldas a dicho sentido. Más aún: el revisor del tren es el tío más servicial y entregado que te puedes encontrar. Siempre que entra en el vagón hace una reverencia para saludar a todos los viajeros, y siempre que sale se vuelve para hacer una nueva reverencia. Si tenía que entrar y salir siete veces, catorce reverencias que te llevabas. Y siempre que pasaba por las papeleras, si veía que había plástico en un contenedor que no fuera el de plástico (sí, hasta allí dentro se dividía la basura), lo cogía y lo colocaba en el sitio correcto.

Sorpresa tras sorpresa llegamos por fin a la estación de Kioto. Actualmente, dicha estación es un edificio inmenso y modernista, diseñado por un famoso arquitecto japonés, que hace las veces además de centro comercial, pero de los grandes. Tiendas por todas partes, restaurantes en las plantas superiores desde donde se ve toda la ciudad, un hotel, museos (como el de Osamu Tezuka, nacido en la cercana ciudad de Osaka), etc.

En los planos que teníamos habíamos visto que el hotel estaba bastante cerca de la estación, aunque justo frente a la misma teníamos una zona bastante concurrida donde poder coger autobuses que nos podían llevar a cualquier parte de la ciudad. De momento nos pusimos en marcha hacia el hotel, y la primera sorpresa (sí, aún teníamos cupo para más sorpresas) fue al cruzar la primera calle: el semáforo tenía el típico sonido que ayuda a los ciegos a saber cuándo cruzar, sólo que dicho sonido era más bien una melodía que hacía que te sintieras como si estuvieras dentro de una antigua serie de samuráis. Nos hartábamos de reír cada vez que atravesábamos aquel cruce, y no tardamos en instaurar entre nosotros la gracia de decir por qué episodio de la serie íbamos: "Episodio 43: los cuatro samuráis, cansados por el viaje, buscan un albergue donde poder reposar".

Frente a la estación además estaba la torre de Kioto, en este caso mucho más parecida al pirulí de Madrid. Se podía subir hasta lo alto, pero costaba dinero, por lo que la mejor opción era subir a los miradores de la estación, situados a la altura de la planta 12, desde la cual se podía contemplar una vista similar de Kioto, y gratis.

Ya camino del hotel nos empezamos a dar cuenta de la suerte que íbamos a tener en los dos días de estancia en Kioto: los cerezos allí también estaban en flor, y la ciudad estaba metida de pleno en el festival llamado "Miyako Odori" (danzas de la antigua capital), celebrado durante el mes de abril en el barrio de Gion.

También nos dimos cuenta de que estábamos en una ciudad mucho más tradicional, y eso incluía el hecho de que la gente usaba mucho más la bicicleta que en otras ciudades, como podéis ver en la foto, sacada en un callejón de camino al hotel. Y eso que en Tokio también se usaba la bicicleta. Lo que sí tenías era que tener cuidado con la gente que venía en bicicleta pedaleando por la carretera cerca de las aceras, ya que venían del lado que no estabas acostumbrado (recordemos que en Japón se circula como en Inglaterra, y los coches tienen el volante a la derecha).

Tras apenas cinco minutos de paseo arrastrando maletas, dimos con el hotel. El único problema era que habíamos llegado demasiado pronto: no habían dado todavía la una de la tarde, y no podíamos entrar en la habitación hasta las tres. Al menos pudimos dejar allí las maletas mientras tanto. En el hotel nos dijeron que por los alrededores el mejor sitio para comer era la propia estación, así que tocaba volver por donde habíamos venido, y buscar un sitio donde almorzar. Más tarde podríamos venir a instalarnos, tras lo cual podríamos ir por fin a visitar el famoso barrio de las geishas: Gion.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¡La he encontrado!

No me ha costado mucho la verdad, hay bastante información sobre la cancioncita, se ve que despierta mucha curiosidad entre todos los extranjeros que nos pasamos por allá :D .

Enlace 1

Y otro enlace un poco más freak:

Enlace 2

El video del final hay que verlo, viene cantado y todo :DDD .

Unknown dijo...

¡Brutal! Y además el vídeo del primer enlace está grabado justo en el cruce de la estación de Kioto (sólo que nosotros cruzábamos por la diagonal). ¡Buen trabajo!

Anónimo dijo...

Direis lo que querais, pero a mi me parece la BSO de algun juego de Spectrum, rollo la abadia del crimen.