viernes, 11 de mayo de 2007

Día 7: I'll be gone in a day or two

A la mañana del séptimo día nos despertamos sabiendo que teníamos muchas cosas por ver en Kioto, pero también con la sensación de que ya el viaje se nos estaba acabando, y que dentro de poco saldríamos de este sueño para despertarnos en la realidad del día a día.

Bajamos a desayunar al hotel, ya que aquí también teníamos el desayuno incluido. Aunque no eran tan bueno como el de Tokio, seguía sin faltar la sopa miso y el arroz. Con las fuerzas repuestas por el sueño y el desayuno, salimos del hotel y nos dirigimos una vez más a la estación, pasando de nuevo por el cruce musical (episodio 68: los cuatro samuráis se dirigen a visitar los santuarios locales), pero esta vez nos detuvimos en la zona de paradas de autobuses. La línea que llevaba a los turistas al kinkakuji, el templo dorado, estaba abarrotada. Nos armamos pues de paciencia, puesto que además el recorrido para llegar hasta el templo fue largo y duró sus buenos 45 minutos.

Desde la parada hasta la entrada del templo fue bastante fácil, sólo teníamos que seguir el reguero de gente que hacia allí se dirigía también. Sólo había que subir por una callecita y en seguida llegabas. En un momento, el paisaje urbano se convirtió en zona boscosa, con muchos jardines y bastantes edificios que componían la totalidad del templo. Aquí tenéis el mapa del paseo por el kinkakuji.

Una vez más, la inmensa cantidad de detalles que había allí hacían que tuviéramos que llevar las cámaras permanentemente preparadas para captar cualquier cosa que nos llamara la atención. Y lo mejor de todo es que no estaba tan lleno de turistas como en un principio nos temíamos, dado que era un día entre semana por la mañana y todo el mundo estaba en el trabajo. Aún así, tuvimos que esperar un poquito de cola (no mucha) para comprar nuestra entrada. Nos hizo un montón de gracia, porque parecían los trozos de papel estos que salen en las series de anime con sortilegios escritos para defenderse de los malos espíritus. Aquí la tenéis:


Nada más entrar, la zona principal de edificios del templo quedaba a nuestra derecha, con detalles como el que podéis ver en la foto. Jardines en plan sencillo, pero con piedras y árboles colocados en posiciones estratégicas. Claro que para edificio y jardines bonitos, la principal atracción del lugar:


Aquí tenéis el famoso templo dorado de Kioto. Está entero recubierto de oro auténtico de 24 quilates, o al menos eso es lo que cuentan. Y el jardín que lo rodea está construido piedra a piedra y árbol a árbol, cada uno regalado a través de los tiempos por famosos shogunes y samuráis. Los que entienden de este tipo de jardines dicen que el jardín que rodea al templo dorado es, si no el mejor, de los mejores de todo el mundo.

Estuvimos por allí rondando el templo dorado un buen rato, entre que conseguíamos hacer la foto perfecta e intentábamos pegar oído a una guía que hablaba español que pasaba por allí con un grupo. Gracias a ella además nos enteramos de que los árboles del jardín no adquirían las formas que tenían por casualidad, sino que seguían un lento proceso de modelado similar al de los bonsáis. En la foto podéis ver cómo sostienen las ramas con soportes hasta que éstas adoptan de manera natural la forma deseada.

El paseo proseguía rodeando el templo dorado y se adentraba en el bosque, aunque no por ello perdía interés. Resultaba muy curioso ver a las ancianas del lugar cuidando los jardines, caminando casi todo el rato en cuclillas mientras barrían de matojos el suelo y lo dejaban todo en perfecto estado de revista. Y por supuesto, no faltaban nunca los detalles, como el intrigante pozo (estilo Sadako) en medio de los árboles:




Al salir del bosque volvimos a la zona principal de edificios, sólo que esta vez al otro lado, donde se encontraban las tiendas de recuerdos y multitud de tenderetes donde comprar dulces típicos. Lo bueno era que aquí podías probar muestras de los dulces, y así pudimos decidirnos a comprar sólo los que nos gustasen más (o simplemente nos gustasen). Tampoco pudimos dejar pasar la ocasión de comprar algún que otro recuerdo de la visita, por si no nos bastaran las fotos.

A la salida pudimos ver este cartel, que nos llamó la atención porque está claro que la traducción al inglés no refleja ni mucho menos todo lo que está escrito arriba. Básicamente, pone algo así: "Sus plegarias de hoy han sido escuchadas. Cuídese y vuelva, por favor." Los japoneses son unos hachas resumiendo...

Antes de poner rumbo a la parada del autobús, repusimos fuerzas en un pequeño local donde vendían mochi servido en pinchitos. Manolo se atrevió con uno de color rosa que no estaban malos, y yo con otro de color blanco tradicional, sólo que recubiertos de chocolate. Bastante mejores.

En la calle de bajada a la parada aprovechamos para comprar latas de refrescos, y vimos este cartel que también nos hizo bastante gracia. Es el típico cartel de concienciación cívica, en el que el perro parece más responsable que el amo al advertirle de "¡que se te olvida algo!". Interesante el color rosa escogido para la cagarruta. El texto en rojo, debajo, es: "Las deposiciones de los perros son responsabilidad de sus dueños."

Y ya, por fin, nos dispusimos a esperar en la parada del autobús a que nos llevaran a nuestro siguiente destino: el templo plateado.

1 comentario:

Anónimo dijo...

El día que mas me ha gustado sin duda (Si es que soy más de campo que las amapolas).
Por cierto, si despues del tempo dorado viene el templa plateado.. Hay un templo de bronce?