miércoles, 30 de mayo de 2007

Día 8: Elevation (the city of blinding lights)

No había posibilidad de coger ningún Japan Rail hasta Roppongi, así que no tuvimos más remedio que buscar la parada de metro de Akihabara. Con el mejor japonés que pude le pregunté a un señor que pasaba por allí que por dónde andaba la parada de metro. Tranquilamente, avisó a su hijo que iba con él, y este me dijo en inglés que eran chinos y que no me habían entendido.

Pero no me desanimé, volví a preguntar y esta vez me indicaron que la estación andaba por el otro lado de la estación. Fuimos hacia allá, pero la parada seguía sin aparecer. Volví a preguntar (esta vez escogí a una chica, que suelen ser más amables), y ya me indicaron con más detalle por dónde debíamos ir. Bajamos, compramos los billetes, y pusimos rumbo hacia un lugar al que, dada la curiosa pronunciación del inglés de los japoneses, Manolo no había entendido del todo. Al final resultó ser Roppongi Hills (pronunciado "hiruzu").

La salida hacia Roppongi Hills estaba muy bien indicada, y en la misma fuimos testigos de un "engrish" muy divertido, ya que en las escaleras mecánicas que subían estaba escrito en inglés "sujeten el pasamanos", en vez de "sujétense al pasamanos". No faltaba mucho para la hora en que habíamos quedado con Miyuki, así que inspeccionamos un poco el lugar. Desde luego, era imposible no fijarse en la horrorosa estatua de una araña que había en medio del paseo, e igualmente imposible era no hacerle una foto.

Nos sentamos al pie de la Mori Tower, un rascacielos de oficinas que también alberga el hotel Grand Hyatt, uno de los más lujosos de la ciudad. Tras esperar un ratito y ver que Miyuki no aparecía, Manolo y yo nos levantamos y nos fuimos de vuelta a la estación para comprobar que estábamos en el sitio correcto, cuando en ese momento nos cruzamos con ella. Saludos, abrazos, efusiones varias, y entonces Miyuki propuso que subiéramos al mirador de la Mori Tower, porque las vistas de Tokio desde allí eran impresionantes.

La entrada era un poco cara, unos 9 euros por persona al cambio. Entramos en un ascensor que tardó menos de 30 segundos en llegar hasta la planta 52 de la torre (subió varias plantas antes de coger la velocidad de crucero, y empezó a frenar bastantes plantas antes de llegar), y nos dirigimos al mirador. La verdad es que valió la pena. La vista desde allí era sencillamente sobrecogedora. Se podían ver luces brillando hasta perderse en el horizonte, las que más destacaban eran las luces rojas que rodeaban el perfil de los edificios, encendiéndose y apagándose alternativamente. Y por supuesto, la torre de Tokio completamente iluminada. Pero lo mejor es que veáis la panorámica que conseguimos sacar desde allí (recomiendo que pulséis sobre la foto para verla a tamaño grande).


Ana y yo nos despistamos después de sacar fotos y más fotos, y descubrimos que el resto nos estaban esperando en una zona de mesitas con asientos, y estaban decidiendo qué podíamos hacer aquella noche. Había dos opciones: la primera era hacer algo en poco tiempo y recogernos prontito, porque los trenes dejaban de circular a las doce y media. La segunda era pasar de todo y despendolarnos la última noche de estancia en Tokio hasta que el cuerpo aguantara, y volver por la mañana o en mitad de la noche en un taxi, aunque esta opción podía salir algo cara (según Miyuki, unos 10000 yenes). En cuanto a cosas que hacer, las opciones eran entrar en alguna discoteca chula, o irnos a un karaoke.

A todo esto, eran ya casi las once de la noche, así que en el caso de hacer algo rápido, tenía que ser realmente rápido. Bajamos pues en el ascensor y pusimos rumbo al corazón de la marcha nocturna de Tokio...

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