Una vez más nos vimos arrastrando maletas por la estación central de Tokio, y por las líneas del tren hasta llegar a Okachimachi, y por las calles de Ueno hasta llegar de nuevo a nuestro hotel. No estuvimos mucho tiempo, apenas el suficiente para ocupar nuestras habitaciones, que no eran las mismas que tuvimos los primeros días. De hecho esta nos gustó más, ya podrían habernos dado aquella habitación antes.
El plan era fácil: hacer la versión 2.0 del paseo por Akihabara. En realidad Akiba estaba bastante cerca del hotel, sólo que en vez de coger el camino más corto dimos un pequeño paseo por la calle de detrás, que aún no habíamos visto.
No es que hubiera nada que ver en aquella calle, pero vimos cosas curiosas, como el aparcamiento para coches que veis en la foto. Aún no entendemos cómo colocan los coches, pero tiene que ser algo similar a jugar al Tetris. Tampoco tuvimos la ocasión de ver entrar o salir a ninguno. Muy cerca de ese aparcamiento había otro de bicicletas, hermano pequeño del de coches y que también aprovechaba el mismo espacio para aparcar el doble de bicicletas al tener dos alturas. Soluciones varias al eterno problema de Tokio: la falta de espacio.
No tardamos mucho en volver a la calle principal. Era la misma calle que cogíamos para ir al parque Ueno, sólo que en dirección contraria. Y lo primero que vimos nada más retomar aquella calle fue el café meido. No sabíamos que estaba tan cerca del hotel, apenas a cinco minutos andando. Poco a poco estábamos uniendo sitios y situándolos mejor. Una vez localizado un lugar conocido, llegar al meollo de Akihabara fue coser y cantar.Y entonces empezó el desmadre. Normalmente se dice que en Akihabara lo mejor es no ir con nadie, sino ir a tu bola y sencillamente entrar en todos los sitios que te apetezca. Y es verdad: es la mejor forma de descubrir lugares insospechados. Lo primero fue buscar tiendas de manga. Primero entramos en una en la que sólo vimos la planta baja pero no nos convenció mucho, así que tras buscar un poco dimos con Gamers, una tienda de ocho plantas que nos recorrimos de arriba abajo.
Voy a intentar recordar lo que vimos en cada planta. Cogimos el ascensor directos a la última planta, dedicada a los juegos de cartas coleccionables (con gente jugando). Desde allí fuimos bajando por las escaleras planta por planta. Recuerdo que en la planta de abajo había maquetas y figuras a escala, luego bajando había novelas basadas en mangas, luego vimos mangas en sí, luego... no recuerdo exactamente qué había más abajo, pero cada planta estaba dedicada a una cosa: animes, manga amateur...
En uno de los callejones vimos un pequeño puesto donde vendían kebabs. Fue una buena alternativa a toda la comida japonesa que llevábamos comiendo toda la semana, y de paso barata. Tras coger fuerzas seguimos viendo tiendas. Entramos en una que tenía una sección de juguetes muy interesante, en la que estuve a punto de comprarme un puzzle de 2000 piezas que representaba una escena preciosa de Mi vecino Totoro, pero al preguntarle a la dependienta me dijo que no le quedaban, que sólo tenían el puzzle expuesto en la pared ya montado. Y como los demás no nos gustaban, nos quedamos sin. Entramos también en otras tiendas de electrónica de segunda mano, no desesperábamos de encontrar gangas como alguna que otra PS3 baratita u otras consolas portátiles. Al final cayeron: un pendrive de 2 GB por unos 15 euros, una tarjeta CF de 2 GB también para mi cámara por unos 20 euros, y un cacharrito con el que puedes escuchar cualquier reproductor de música portátil que tengas a través de la radio del coche, ya que emite a través de una emisora la señal de audio que le llega del reproductor. Normalmente se escucha con un mínimo de interferencias, pero jugando con los volúmenes del reproductor y de la radio se puede minimizar. Ah, y unos auriculares para Ana, ya que los de su reproductor portátil habían muerto, que se compró en una tienda de informática de varias plantas.
Después de patearnos tiendas y tiendas, encontramos un kaitenzushi. Manolo y yo no teníamos intención de irnos sin volver a entrar en uno, así que a pesar de no tener mucha hambre, entramos a tomarnos unas "tapitas". Satisfecho nuestro antojo, empezamos a planear la noche, y para ello nada mejor que volver a contactar con nuestra amiga Miyuki. Dejamos a Manolo la conversación telefónica, ya que parecía llevarse bastante bien con ella y, sobre todo, se entendía con ella en inglés mejor que yo en "japonglishñol". La cita sería en Roppongi, justamente uno de los barrios que nos faltaba por visitar...
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