Nos dirigimos a la estación y buscamos el número del andén desde donde salía el tren, hicimos uso de nuestro Japan Rail Pass y tras un pequeño viaje de unos cuatro kilómetros llegamos a nuestro destino (aquí el mapa de la excursión).
Nada más salir de la estación y andar un poco hacia la izquierda, nos encontramos con lo que veis en la foto: sakuramon (la puerta de los cerezos). Esto prometía. Subiendo por aquella calle llegamos hasta la zona principal del templo. Era bastante temprano, y apenas había aún visitantes, lo que nos permitió ver la zona con bastante calma. Todo estaba lleno de detalles, con predominancia total del color rojo anaranjado, como iréis viendo en las fotos de esta entrada.
La zona también tenía algunas tiendas que decidimos dejar para la bajada, ya que preferíamos hacer la subida mientras hubiera poca gente. Por delante teníamos un par de kilómetros de subir escaleras, siempre rodeados de bosques y de toriis, nos habían contado que en algunos lugares casi podías resguardarte de la lluvia de la cantidad de toriis que cubren los caminos.
El momento friki del día: pillamos de pleno el ritual matutino de los sacerdotes sintoíntas en su adoración a la naturaleza. No sabemos si era algo habitual o era dado al florecimiento de los cerezos. El caso es que la foto pudo costarnos un disgusto, porque la persona que se ve de espaldas en primer plano era un guarda que estaba impidiendo a los turistas hacer fotos. Suerte que a Manolo le salió la toma a la primera.
Tras pasar un par de patios nos encontramos con un camino flanqueado por unos toriis enormes, que marcaban el inicio de la ascensión. De momento os diré que todos los toriis del camino están donados por empresas y particulares. A un lado del torii se puede ver el nombre de la familia, particular o empresa que lo donó, y al otro lado la fecha de donación. Tras erigirse el templo se cuenta que la primera cosecha de arroz que se tuvo fue muy buena, y los que donan un torii esperan que sus negocios sean tan prósperos como aquella primera cosecha.
Tras aquel primer pasillo nos encontramos con lo que se ve en la foto: dos pasillos aparentemente iguales, con toriis mucho más pequeños pero muy apelotonados. Al final resultó que los dos pasillos llevaban al mismo sitio, con lo cual no importó qué camino tomar. Lo realmente importante era pasar por allí debajo: era una sensación impresionante, tal y como se aprecia en la siguiente foto, que además permite ver el detalle de los nombres y las fechas.
Al final de los pasillos había otra pequeña explanada, con un pequeño templete, zonas para ofrendas como la de la foto, y fuentes para beber agua (siempre con los cacitos que ya hemos visto en otros sitios). Desde allí partía otro pasillo con más toriis. A partir de aquí el ascenso era un poco monótono, pero la belleza del lugar hacía que nunca te cansaras de tanto torii, sólo tenías que parar de vez en cuando para recuperar un poco el aliento. De vez en cuando se veían zonas para ofrendas más o menos grandes, lugares para descansar que incluían máquinas de refrescos (tanto más caras cuanto más alto subías, pero nunca pasaron de 180 yenes el refresco), y algún que otro lago.
Junto a un lago vimos un pequeño santuario y me atreví a hacerle una foto por dentro. Todos tienen imágenes de zorros, mayormente sosteniendo objetos en sus fauces, siendo el más típico la llave del granero que guarda la buena cosecha recogida. También se puede observar el espejo en la parte central superior: es el ídolo del santuario. Normalmente los santuarios sintoístas no muestran los ídolos, pero Fushimi Inari constituye una excepción.
Un alto en el camino, y seguimos subiendo. Lo divertido era ver cómo cuanto más subías, más solitarios eran los caminos (si ya de por sí había poca gente, arriba estábamos prácticamente solos), y más antiguos eran los toriis, algunos de ellos se veían completamente raídos. También era divertido saludar a la gente que pasaba. Nosotros saludábamos con un "ohayoo", versión corta del "ohayoo gozaimasu" (buenos días) que las chicas nos respondían muy amablemente, y que los hombres (más rudos) contraían en un "gozasss" extraño y casi sin mirar a la cara. Os dejo con un par de fotos de la subida:

Por fin, y tras casi perdernos en una encrucijada en la que no estaba indicado por dónde seguir, llegamos a lo que parecía ser el santuario más en lo alto de la montaña (desde luego, escaleras subimos para parar un tren). Nos sentamos un rato a descansar en un banquito junto a un puesto de recuerdos (y su correspondiente máquina de refrescos), de cara a una zona de ofrendas. Os dejo otro par de fotos del lugar:


Tras descansar iniciamos el descenso, saludando a todo quisqui que nos encontrábamos. Conforme llegábamos abajo veíamos pasar cada vez a más gente. En una nueva encrucijada no pudimos recordar por dónde habíamos venido, y tardamos diez segundos en recibir ayuda de un japonés que nos indicó amablemente por dónde se salía.
Estuvimos tentados de quedarnos un rato por la zona de tiendas y hacer tiempo suficiente para comer por allí, pero nos resistimos (a lo de comer, pero no a lo de comprar recuerdos). Eso sí, un maneki-neko sí que cayó entre otras cosas. Nos dirigimos de vuelta a la estación y cogimos el tren de vuelta a la estación de Kioto. Comimos por allí en un restaurante elección de Cris, que la pobre ya llevaba varias decepciones seguidas con la comida, y nos dirigimos la estación a coger nuestro tren bala, cuya reserva teníamos ya hecha previamente.
Eso sí, antes de irnos visitamos la tienda de recuerdos de Osamu Tezuka, en la que vendían hasta papel higiénico de Black Jack (no es coña), serie cuyo personaje principal aparece conmigo en la foto. Tras satisfacer Manolo aún más sus ansias consumistas, bajamos por fin a la zona de andenes y cogimos nuestro tren de vuelta. Quedaban pocas horas de estancia en Japón, pero nos esperaban los ratos más frikis de todo el viaje...
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