miércoles, 13 de junio de 2007

Día 9-10: Now I know I'm home at last

De todos los aeropuertos por los que pasamos, éste fue el más tranquilo de todos. Nos trataron con mucha amabilidad, no como en otros aeropuertos donde todos los pasajeros son terroristas en potencia. Pasamos tranquilamente el control, el único donde si tenías que quitarte los zapatos, como en mi caso (pitaban en los controles), te daban unas zapatillas para no estar descalzo. Nos hizo gracia el solitario globo recién traído del Disneyland de Chiba, perdido por algún niño que seguramente vio cumplido su sueño.

Aprovechamos para comprar dulces y recuerdos de última hora en las tiendas de la zona de embarque, no estaban muy caros. De hecho, las máquinas de refrescos del aeropuerto costaban lo mismo que en el resto del país. Nada de abusos. De todas formas, tratamos de gastar todas las monedas en el aeropuerto, ya que no se pueden cambiar al volver a tu país. Cenamos en un McDonalds que había allí dentro, donde probamos la especialidad local: ¡el teriyaki McBurguer! Ni siquiera en un restaurante de comida rápida como aquel nos libramos de la comida japonesa.

La espera terminó, y por fin embarcamos en nuestro avión. Los aviones que cubren líneas entre Europa y Japón llevan todos una pantallita en cada asiento, incluso en clase turista, en la que puedes ver pelis a petición (incluso parando la película si quieres), canales de vídeo, audio, incluso puedes ver un canal en el que se ve lo que enfoca una cámara situada bajo el avión y que apunta hacia tierra. Lástima que todo el vuelo transcurrió de noche y sólo se veían luces de vez en cuando. Como el vuelo de ida no fue hacia Japón sino hacia Corea, no tuvimos ese lujo.

Con todo lo que nos pudimos aburrir en el vuelo de ida, nos pareció mentira que aquel vuelo se nos hiciera tan corto. Como suele ser habitual, a la vuelta pudimos dormir durante más de la mitad del trayecto (aunque no porque los asientos fueran más cómodos). Caí rendido y me desperté cuando ya quedaban unas tres horas. Intenté ver alguna película, pero en inglés definitivamente no me enteraba, y en español sudamericano se me hacían raras, así que desistí. Me entretuve con la cámara del avión un buen rato, se hacía más interesante conforme el avión perdía altitud.

Aterrizamos en París sobre las cuatro de la mañana. Tardaron un rato en abrir la entrada a la terminal desde la que salía nuestro avión, así que tuvimos que esperar un tiempo en tránsito, y con todas las tiendas cerradas no fue muy entretenido. Cuando por fin abrieron, volvimos a sentir la sensación de ser potenciales terroristas. Antes de entrar en la terminal me cachearon a conciencia, y un securata me preguntó varias veces qué llevaba en la bolsa (los dulces de Narita), y hasta que se convenció de que no llevaba líquidos, no me dejó pasar. Y a Cris y a Ana les revisaron los bolsos a conciencia.

De todas formas, la espera dentro de la terminal resultó ser igual de aburrida. Por suerte, abrieron la cafetería un rato antes de que pudiéramos embarcar, así que pudimos desayunar algo.

Y el viaje hasta Madrid, una vez más, sin complicaciones. Aterrizamos allí por la mañana, y pusimos rumbo a Atocha. Allí pudimos adelantar el billete de vuelta, así que no tuvimos que esperar mucho allí. Nos despedimos de Cris y Manolo, y subimos a esperar la salida del tren, nuestro último trayecto del viaje. Y así, dos horas y media de viaje después, llegamos a Sevilla.

El momento en que supimos que por fin habíamos vuelto fue cuando el taxista cogió un camino más largo, y al advertírselo nosotros se puso de mala leche y a la defensiva, diciendo que se había equivocado, que si nosotros nunca nos equivocábamos, y que si lo que queríamos era que no nos cobrara la carrera. Atrás quedó la amabilidad japonesa, el buen trato con el cliente, el respeto a los demás. Estábamos en casa.

jueves, 7 de junio de 2007

Día 9: Animal instinct

Aparecimos en una calle de Ueno, muy cerca de la estación de Japan Rail del mismo nombre, y pusimos rumbo a la entrada del parque. Antes de entrar en el mismo, sin embargo, tuvimos que cruzar una marea de gente que había tomado una acera y estaban pidiendo fondos a todos los que pasaban por allí, para ayudar a las víctimas de un tsunami que ocurrió (no en Japón) mientras nosotros estábamos allí, por lo visto.

Entramos en el parque, y cruzamos de nuevo el paseo de los cerezos, que aún tenía flores aunque se notaba que ya quedaba poco tiempo para disfrutar de ellas, ya que había muchas menos que el primer día que pasamos por allí. También quedaba gente haciendo picnic bajo los árboles, aprovechando que era sábado.

Llegamos por fin a la entrada del zoo, cuya entrada costaba al cambio aproximadamente 2 euros. A la derecha de la entrada estaba el recinto del panda, el reclamo principal del zoo y nuestro objetivo principal, ya que Ana no quería volver antes de ver uno. Sin embargo, el panda estaba tan cansado de gente haciéndole fotos que estaba durmiendo con la cabeza hacia el lado opuesto al cristal, así que no pudimos ni verle la cara. Pero bueno, aunque fuese el culo, vimos al panda.

Al salir vimos muy cerca una zona de descanso, donde compramos unos refrescos en una máquina, y Cris y Manolo aprovecharon para comprar galletas de panda (con sabor a fresa y chocolate), que acompañaron a las bebidas. Muy cerca de allí había una pagoda, en la que aprovechamos para hacernos algunas fotos.

Tras descansar un poco nos pusimos a ver el resto del zoo. Había multitud de jaulas con todo tipo de animales. Todos los nombres estaban escritos en japonés en katakana, ya que ellos usan este silabario (en principio reservado para palabras extranjeras) para escribir nombres técnicos de animales, aunque tengan kanjis para ellos. Una que nos llamó la atención fue la de unos monos que tenían un rabo muy largo, que usaban con tal destreza que perfectamente podía pasar por una pata más.

Después accedimos a otra zona del parque zoológico, en la que lo primero que vimos fue el recinto de los osos polares. Siguiendo por allí se recorría un pequeño camino que bordeaba varios otros recintos con más tipos de osos, aunque no tan impresionantes. Pasados todos esos recintos se llegaba a una plaza enorme, desde la cual podíamos ir a otras muchas partes del zoo.

Sin embargo, el tiempo se nos echaba encima, y no podíamos perder mucho más tiempo allí mientras la hora de nuestro vuelo se acercaba implacable. Así que echamos un vistazo rápido y nos acercamos a no perder detalle del recinto de los pingüinos emperador. Había uno, como podéis ver en la foto, que tenía la cabeza caída hacia un lado, como si se le hubiese partido el cuello. Estaba sencillamente durmiendo, y en un momento dado se despertó sobresaltado, empinó el cuello de golpe y meneó la cabeza como diciendo "que no, que yo no estaba dormido, de verdad". Acto seguido volvió a dejar caer la cabeza a un lado y se durmió otra vez, mientras los demás pingüinos se daban un chapuzón.

Volvimos a la entrada pasando por el recinto de los elefantes, aunque antes de salir decidimos darle otra oportunidad al panda. No hubo nada que hacer, seguía durmiendo mostrándonos su trasero. Al salir del zoo tuvimos el momento friki de la tarde, ya que vimos a un grupo de gals cerca de la salida del zoo, sólo que éstas iban con sus hijas, vestidas exactamente igual de gals que las madres. Jamás había visto a unas niñas con un destino tan claro.

Y por fin, volvimos al hotel a recoger las maletas, que aquella mañana habíamos dejado en el hotel antes de dejar la habitación, y al salir pusimos rumbo al aeropuerto. A pesar de que el Skyliner va directo desde Ueno hasta el aeropuerto, esta vez decidimos coger un tren de Japan Rail y aprovechar el pase hasta el último momento. Tuvimos que coger el tren de nuevo en Okachimachi y dejarlo en Tokio Central, y desde allí coger un nuevo tren hacia Narita. El trayecto duró como una hora y media (el Skyliner tardaba una hora y era directo) y se nos hizo bastante largo. El detalle divertido fue que la chica que estaba sentada a mi lado, y que se dirigía a Chiba, se durmió por el camino y dio varios cabezazos antes de apoyar la cabeza en mi hombro. Eso sí, no le debió gustar mucho porque no tardó en mover la cabeza hacia otro lado.

Una vez en la estación nos dirigimos hacia inmigración, nos sellaron el pasaporte para dar constancia de que habíamos abandonado el país, y pusimos rumbo hacia facturación.

martes, 5 de junio de 2007

Día 9: Dream maker, heart breaker

Y por fin llegó: el último día. El día en que, como en los sueños pasa a veces, sabes que se acerca el final, que te tienes que despertar, pero tratas de aferrarte al sueño porque la realidad es mucho peor.

Amanecimos después de haber dormido pocas horas. El plan del día era ir muy temprano al mercado de pescado de Tsukiji, pero las fuerzas nos pudieron y decidimos tomarnos el día con calma. Así que ejecutamos el plan B: un paseo en barco por el río. Claro que antes nos despedimos del restaurante del hotel con nuestro último desayuno.

Camino de la estación de Okachimachi (camino que nos sabíamos de memoria ya) tomamos esta foto de uno de los aparcamientos verticales, en los que los coches se colocan en una especie de noria y se van subiendo. Pudimos observar cómo sacaban uno de los coches: la noria interior va girando hasta que tu coche aparece en la puerta. En ese momento lo sacas marcha atrás (ya que lo metes de frente y el coche una vez dentro no se gira) hasta que se coloca justo encima de la plataforma giratoria que veis en el suelo. La plataforma rota y te deja el coche mirando justo en la dirección que tienes que tomar para incorporarte a la calle.

Cogimos de nuevo el tren de Japan Rail hasta la estación de Hamamatsu-cho. Desde allí salía una pasarela elevada que tenía indicaciones sobre cómo llegar al embarcadero donde cogeríamos el barco. Aquí podéis ver el mapa del paseo. Por el camino pasamos junto a algunos edificios altos junto a los cuales había, cómo no, cerezos en flor. Las flores no nos abandonaron al final ninguno de los días de nuestra estancia.

En el aparcamiento del embarcadero nos encontramos con este autobús de Hello Kitty. No os perdáis los peluches gigantes que hay dentro, ni la Kitty disfrazada de Godzilla subiendo a la torre de Tokio en la decoración exterior.

Una vez en el embarcadero nos indicaron amablemente dónde teníamos que comprar los billetes para el barco hacia Asakusa (había varios destinos). Hicimos la cola, rato durante el cual nos explicaron el uso de los chalecos salvavidas, y al poco subimos finalmente al barco.

El trayecto fue muy agradable y relajado. Nos dio tiempo a ver muchos edificios y filas de cerezos a los lados del río, y hacer multitud de fotos a cual menos interesante. Lo gracioso es que el barco iba hasta arriba de españoles que iban de excursión con una guía japonesa. Si es que estamos por todas partes. Paso a comentar los detalles curiosos del trayecto:


Al poco de empezar el trayecto nos cruzamos con esta embarcación de aspecto futurista. No sé muy bien cuál sería el propósito de semejante barco, puede que sea uno de esos que tenga el suelo de cristal para ver el fondo del río, aunque no sé qué interés puede tener en Tokio.


Por supuesto, en Tokio también hay gente viviendo debajo de un puente. Ya comenté en entradas anteriores que hay una población importante de indigentes, visibles sobre todo en los parques. Esta nueva visión nos daba una nueva perspectiva de la dimensión del asunto.

Por fin desembarcamos en Asakusa, y justo en la orilla de enfrente vimos este edificio. Se trata de una famosa compañía de cerveza japonesa, y el edificio (la parte de la izquierda en la foto) está construido a semejanza de una jarra de cerveza llena, se puede ver el color dorado de las paredes y el techo en forma de espuma. La parte de la derecha no tenemos muy claro lo que es, pero si fuera marrón el bolondrio ese parecería algo raro...

Continuando con nuestra buena suerte, nos encontramos con el parque de Asakusa inmerso de pleno en un festival. Y lo primero que nos encontramos fue a varias chicas de kimono subidas en carruajes y con cintas cual si de las reinas de la fiesta se trataran. Me dio tiempo a hacer una foto a una de ellas fugazmente antes de que se fueran. A la entrada del parque repartían botellas de té fresquito, pero sólo si llevabas un kimono o yukata puesto, así que no pudimos hacernos con una gratis.

El festival se componía de varias exhibiciones, algunas de las cuales parecían llevarse a cabo por alumnos y alumnas de colegios de los alrededores, como la exhibición de tambores taiko. Os dejo con algunas fotos:


Estas mujeres estaban mostrando kimonos y explicando cómo realizar el obi, el nudo que sujeta el kimono y que vemos expuesto.


Un grupo de chicas realizó una exhibición espectacular de tambores taiko, en perfecta sincronización y realizando danzas a la vez que tocaban.


Otro grupo de chicas que parecían estar preparadas para hacer alguna representación de teatro parodia de Sailon Moon.

Después aquella nueva inmersión cultural, nos dirigimos hacia Asakusa. La intención era visitar las calles laterales que, al igual que la calle principal que iba desde Kaminari-mon hasta el templo, también estaban repletas de tiendas. Y de paso, fuimos echando un ojo a los restaurantes donde podríamos comer un poco más adelante.

Al final no encontramos nada que no hubiéramos visto ya antes en cuestión de tiendas, pero sí que vimos un restaurante especializado en pez globo, conocido por ser venenoso y peligroso para la salud a menos que se sepa cortar adecuadamente. El restaurante tenía un escaparate-pecera en el cual nadaban los peces tan tranquilos a la espera de su destino. Era impresionante verlo.

Cuando llegó la hora de comer, entramos en un restaurante donde servían platos de arroz con curry, tras lo cual terminamos de ver algunas tiendas que nos faltaban, y pusimos rumbo a la estación de metro (que ya nos conocíamos) para volver a Ueno. Nos quedaba aún una última visita al parque homónimo, en especial una zona que aún no habíamos visitado.

viernes, 1 de junio de 2007

Día 8: The arockalypse

Bajamos desde Roppongi Hills a la calle y pusimos rumbo a la zona de marcha. Llegamos a una calle totalmente abarrotada de gente, con la cámara bien guardada en la mochila dado que por una vez no me fiaba mucho, así que esta entrada será de sólo texto.

Recorrimos una acera siguiendo a Miyuki mientras no paraban de abordarnos unos tíos enormes que nos decían en inglés que abajo en sus locales había fiestas a tope y nos instaban a entrar. De hecho, Miyuki acabó entrando en uno de esos locales: bajamos unas escaleras y de repente nos vimos metidos en un local hasta las trancas que ponía música disco. El sitio prometía, pero el cuerpo nos pedía otra cosa, así que le pedimos a Miyuki que nos llevara a un local de karaoke.

Salimos y en la acera de enfrente había varios de estos sitios. Ahora viene la explicación de cómo es un karaoke japonés: son edificios de varias plantas, con la misma disposición que un hotel. En recepción solicitas una habitación cuyo tamaño varía según cuantas personas seáis, y dices el tiempo que vais a estar. De momento pedimos una hora, nos dieron una llave, y cogimos el ascensor. Cada planta se compone de un pasillo bastante largo con un sinfín de puertas, detrás de las cuales se adivinaban mini-fiestas a gritos desaforados. Localizamos nuestra habitación, y descubrimos que dentro había un sofá, un aparato de karaoke compuesto por un televisor que ya nos ponía anuncios (y los pone siempre que no haya una canción seleccionada), el aparato que recibe las peticiones de canciones, altavoces por todos lados, un mando a distancia con el que pedir las canciones, una mesa y tres o cuatro libros cuales guías telefónicas con el repertorio de canciones: japonesas, occidentales, ordenadas por nombre y ordenadas por artista. También había un teléfono para pedir bebidas a recepción (es obligatorio pedir al menos una). Y, por supuesto, dos micrófonos para los atrevidos cantantes y accesorios (como panderetas) para el resto.

No os podéis imaginar lo ilusionados que estábamos. Agarramos cada uno una guía y nos pusimos a hojear. Pronto descubrimos que a pesar de los conocimientos de japonés que podáis tener, buscar una canción puede ser algo complicado, ya que se rigen por el orden silábico japonés, en vez de por el orden del alfabeto occidental. Aún así, pronto le cogimos el tranquillo, y mientras Manolo y Ana no paraban de poner canciones del repertorio occidental, Cris, Miyuki y yo pusimos a la cola un sinfín de canciones japonesas, sobre todo de animes.

Lo curioso es que prácticamente ninguna de las canciones suena con su melodía original. Más bien tienen grabadas las canciones con un sistema MIDI, que a veces puede llegar a sonar bastante mal, pero total, a fin de cuentas una vez que te pones a berrear ya casi no oyes nada más. Y los vídeos casi nunca se corresponden con los videoclips reales. Tienen bastantes vídeos grabados en plan genérico, con actores japoneses, que se van sucediendo. Algunas canciones japonesas sí que tienen sus vídeos originales, sobre todo si son de alguna serie de anime conocida, como pasó con el opening de Evangelion. Sin embargo, la canción de Totoro no tenía imágenes de la película (demasiado caras como para comprar los derechos de reproducción, supongo).

La hora se nos pasó totalmente volando, así que al final acabamos optando por la opción de "pasamos del tren y ya cogeremos un taxi cuando nos cansemos". Salimos de allí después de habernos pasado en unos diez minutos la hora que teníamos alquilada, y nos fuimos al karaoke de al lado. Este estaba decorado en plan futurista, cual si estuviéramos dentro de un cuadro de H. R. Giger. Pero esta vez alquilamos dos horas, ya que la experiencia no sólo nos había gustado, sino que parecía que teníamos el mono.

Es increíble cómo se nos pasó el tiempo. Y eso que cada vez nos dábamos más prisa en elegir nuestras canciones para poder cantar más. Incluso si alguna no nos convencía, la pasábamos para poner la siguiente (imprescindible la ayuda de un nativo para manejarse con el mando de selección de canciones, eso sí, a menos que tengas un buen nivel de japonés), como nos pasó con alguna canción que se seleccionó y que sólo cantaba uno porque el resto no nos la sabíamos. Al menos dos personas tenían que saberse la letra. El claro vencedor de la noche, por cierto, fue Manolo, del cual descubrimos un impresionante talento no sólo para cantar, sino también para interpretar a George Michael y a Robbie Williams. No he visto jamás a nadie ponerle más sentimiento. Para deleite de Miyuki, Cris y Ana se marcaron también algunas de Shakira (muy divertido también ver la letra de la canción en español en pantalla con el katakana encima para que los japoneses puedan cantarla). Yo entre canción y canción de anime no pude evitar marcarme un The Final Countdown (¡ese solo!). Y así hasta el culmen de la noche, con los cinco cantando el Bohemian Rhapsody a toda pastilla, emulando la escena de El mundo de Wayne.

Pero todo lo bueno se acaba, y llegó la hora de volver. Aunque estábamos algo cansados ya, si por mí fuera yo había seguido cantando toda la noche. Miyuki nos ayudó a coger un taxi, cosa que resultó más difícil de lo que parecía en un principio, ya que tuvimos que competir con bastante más gente. Al final llegó uno, nos despedimos ya definitivamente de Miyuki hasta la próxima vez que volvamos, y pusimos rumbo a Ueno. Eso sí, antes de dejar Roppongi tuvimos ocasión de ver desde el taxi a la nota curiosa de la noche (si todo lo anterior no había bastado): una auténtica tuna española paseando por la acera. Lo último que esperábamos ver por allí.

Al final el taxi sólo costó 4000 yenes, unos 25 euros, y entre todos lo pagamos tranquilamente. Lo único más complicado fue conseguir decirle en japonés al taxista por donde tenía que tirar una vez llegamos a Ueno. Menos mal que ya me conocía las calles y en cuanto llegamos a un lugar conocido pude darle indicaciones.

No tardamos mucho en quedarnos dormidos aquella noche. Al día siguiente teníamos que coger el avión de regreso, pero como salíamos bastante tarde, teníamos planeada todavía alguna que otra excursión de última hora.