jueves, 7 de junio de 2007

Día 9: Animal instinct

Aparecimos en una calle de Ueno, muy cerca de la estación de Japan Rail del mismo nombre, y pusimos rumbo a la entrada del parque. Antes de entrar en el mismo, sin embargo, tuvimos que cruzar una marea de gente que había tomado una acera y estaban pidiendo fondos a todos los que pasaban por allí, para ayudar a las víctimas de un tsunami que ocurrió (no en Japón) mientras nosotros estábamos allí, por lo visto.

Entramos en el parque, y cruzamos de nuevo el paseo de los cerezos, que aún tenía flores aunque se notaba que ya quedaba poco tiempo para disfrutar de ellas, ya que había muchas menos que el primer día que pasamos por allí. También quedaba gente haciendo picnic bajo los árboles, aprovechando que era sábado.

Llegamos por fin a la entrada del zoo, cuya entrada costaba al cambio aproximadamente 2 euros. A la derecha de la entrada estaba el recinto del panda, el reclamo principal del zoo y nuestro objetivo principal, ya que Ana no quería volver antes de ver uno. Sin embargo, el panda estaba tan cansado de gente haciéndole fotos que estaba durmiendo con la cabeza hacia el lado opuesto al cristal, así que no pudimos ni verle la cara. Pero bueno, aunque fuese el culo, vimos al panda.

Al salir vimos muy cerca una zona de descanso, donde compramos unos refrescos en una máquina, y Cris y Manolo aprovecharon para comprar galletas de panda (con sabor a fresa y chocolate), que acompañaron a las bebidas. Muy cerca de allí había una pagoda, en la que aprovechamos para hacernos algunas fotos.

Tras descansar un poco nos pusimos a ver el resto del zoo. Había multitud de jaulas con todo tipo de animales. Todos los nombres estaban escritos en japonés en katakana, ya que ellos usan este silabario (en principio reservado para palabras extranjeras) para escribir nombres técnicos de animales, aunque tengan kanjis para ellos. Una que nos llamó la atención fue la de unos monos que tenían un rabo muy largo, que usaban con tal destreza que perfectamente podía pasar por una pata más.

Después accedimos a otra zona del parque zoológico, en la que lo primero que vimos fue el recinto de los osos polares. Siguiendo por allí se recorría un pequeño camino que bordeaba varios otros recintos con más tipos de osos, aunque no tan impresionantes. Pasados todos esos recintos se llegaba a una plaza enorme, desde la cual podíamos ir a otras muchas partes del zoo.

Sin embargo, el tiempo se nos echaba encima, y no podíamos perder mucho más tiempo allí mientras la hora de nuestro vuelo se acercaba implacable. Así que echamos un vistazo rápido y nos acercamos a no perder detalle del recinto de los pingüinos emperador. Había uno, como podéis ver en la foto, que tenía la cabeza caída hacia un lado, como si se le hubiese partido el cuello. Estaba sencillamente durmiendo, y en un momento dado se despertó sobresaltado, empinó el cuello de golpe y meneó la cabeza como diciendo "que no, que yo no estaba dormido, de verdad". Acto seguido volvió a dejar caer la cabeza a un lado y se durmió otra vez, mientras los demás pingüinos se daban un chapuzón.

Volvimos a la entrada pasando por el recinto de los elefantes, aunque antes de salir decidimos darle otra oportunidad al panda. No hubo nada que hacer, seguía durmiendo mostrándonos su trasero. Al salir del zoo tuvimos el momento friki de la tarde, ya que vimos a un grupo de gals cerca de la salida del zoo, sólo que éstas iban con sus hijas, vestidas exactamente igual de gals que las madres. Jamás había visto a unas niñas con un destino tan claro.

Y por fin, volvimos al hotel a recoger las maletas, que aquella mañana habíamos dejado en el hotel antes de dejar la habitación, y al salir pusimos rumbo al aeropuerto. A pesar de que el Skyliner va directo desde Ueno hasta el aeropuerto, esta vez decidimos coger un tren de Japan Rail y aprovechar el pase hasta el último momento. Tuvimos que coger el tren de nuevo en Okachimachi y dejarlo en Tokio Central, y desde allí coger un nuevo tren hacia Narita. El trayecto duró como una hora y media (el Skyliner tardaba una hora y era directo) y se nos hizo bastante largo. El detalle divertido fue que la chica que estaba sentada a mi lado, y que se dirigía a Chiba, se durmió por el camino y dio varios cabezazos antes de apoyar la cabeza en mi hombro. Eso sí, no le debió gustar mucho porque no tardó en mover la cabeza hacia otro lado.

Una vez en la estación nos dirigimos hacia inmigración, nos sellaron el pasaporte para dar constancia de que habíamos abandonado el país, y pusimos rumbo hacia facturación.

No hay comentarios.: