Tras un buen rato de marcha, por fin llegamos a nuestro destino: el paseo de los filósofos. Como siempre, lleno de cerezos hasta las trancas, y en aquel paseo bucólico más que en ninguna otra parte. Como veis, se trata de un pequeño arroyo con un camino a su lado desde el que se podía ver cómo la corriente se llevaba los miles de pétalos que caían a cada momento por la brisa que hacía. Un lugar estupendo, si no fuera por la cantidad de personas que, como nosotros, se dirigían hacia el templo plateado.Sin embargo, como la hora de comer se acercaba, decidimos explorar un poco el lugar en busca de un sitio donde poder degustar un plato que en Kioto preparan muy bien: el okonomiyaki. Dimos un montón de vueltas y preguntamos a varias personas que no supieron decirnos ningún sitio, uno incluso nos admitió que a él no le gustaban mucho los okonomiyaki y que, como no los comía, no sabía dónde podíamos ir.
Siguiendo nuestra costumbre de entrar en el sitio más japonés que pudiéramos encontrar (para así asegurarnos de que éramos los únicos turistas del lugar), entramos a comer en un sitio donde pudimos tomar udon entre otros platos. Definitivamente, saber un poco de japonés ciertamente ayuda. Y como siempre, aquí tenéis el escaparate del restaurante con todos los platos de plástico.Al salir del restaurante aprovechamos para comprar un par de dulces. Ana se compró un trozo de tarta de fresa, con una pinta tan perfecta que parecía sacada de un anime. Y yo me animé con un dulce que estaba bastante bueno, y que llevaba finísimas láminas de oro decorativas en la parte superior. Tras aquel momento friki, pusimos rumbo a la entrada del Ginkakuji, sólo tuvimos que subir por una calle llena de gente y de tiendas de recuerdos, y en seguida llegamos a la entrada, a la que se accedía a través de un pasillo de setos enormes. Para entrar nuevamente tuvimos que comprar una entrada como la del Kinkakuji, de las que parecían hechizos pintados en papel.
No voy a extenderme mucho en el Ginkakuji, porque la visita se parecía mucho a la del Kinkakuji: una zona de edificios que componían el templo, jardines cercanos, el edificio principal (el templo plateado), y una amplia zona de bosques por la que se podía pasear. Os dejo con algunas fotos:

Un pequeño jardín a la entrada de la visita.

El jardín principal tenía un detalle bastante gracioso en forma de cono truncado gigante.

Desde donde estábamos empezando la visita se podía ver el bosque por el que podíamos pasar más tarde.

Y aquí tenemos el templo... ¿plateado? Sí, en un tiempo el templo estuvo recubierto de plata, pero se ve que el templo atravesó dificultades económicas y tuvo que vender toda la plata que recubría el pabellón para poder seguir adelante.

Empezando a subir se veían detalles como esta escalera. Las florecitas del suelo parecía que estaban colocadas a propósito en el sitio justo.

Vista del conjunto de edificios desde arriba, con Kioto al fondo.

Bosque de bambú en mitad del monte.

Dos chicas aceptaron amablemente posar para nosotros en un rellano del camino.
Antes de salir, por supuesto, la zona donde poder comprar recuerdos. Pasamos rápidamente por allí, ya que preferíamos ir a la zona de tiendas justo a la salida del templo.
Creo que entramos en todas las tiendas que había en la calle que bajaba desde la salida, y aprovechamos para comprar pequeños detallitos que nos quedaban. Cristina, por ejemplo, se compró unas sandalias japonesas para su yukata. Bajamos de nuevo por el paseo de los filósofos, con el sol ya bajando hacia el poniente, y buscamos la parada del autobús que nos llevaría de vuelta al hotel.Dejamos las bolsas de recuerdos en nuestra habitación, y nos fuimos a la estación a inspeccionar el enorme centro comercial. Lo primero que hicimos al llegar a la estación fue hacer el gamba subiendo once plantas de escaleras por la enorme escalinata interior.
En la foto podéis ver una vista de la misma desde arriba. Estuvimos un rato observando la ciudad desde los miradores de la parte superior que, como ya comenté, tienen casi la misma vista que desde lo alto de la torre de Kioto, sólo que gratis. Era curioso ver la zona de llegadas del tren bala desde allí. Y también resultaba llamativo como la misma torre de Kioto iluminada se reflejaba en muchas de las paredes de cristal de la estación.
Tras aquellas vistas, bajamos de nuevo (en el ascensor), y volvimos a subir por las escaleras mecánicas interiores que atravesaban el centro comercial, y así aprovechamos para ver las tiendas. Manolo se debió llevar todos los recuerdos de todas las tiendas, ya que no parábamos de verle pagar caja tras caja. También buscamos infructuosamente un chándal para Ana. Y visitamos la tienda de recuerdos de la NHK, llena de merchandising de su mascota de moda: Domo-kun.Previamente habíamos localizado por fin un restaurante donde servían okonomiyaki en la última planta de la estación (dónde si no). Tras agotar el tiempo de tiendas, más que nada porque llegó la hora de cerrar, nos dirigimos arriba y buscamos el restaurante de nuevo (nunca llegué a hacerme a la idea de cómo era el plano de la estación, y mira que me oriento bien). Tuvimos que hacer cola por primera vez en nuestra estancia en Japón, pero no mucha. Nos pusieron en una mesa junto a una cristalera desde la que se veía el interior de la estación, nos sirvieron nuestros vasos de agua, y tras pensarlo un poco, pedimos nuestros okonomiyaki.
Aquí lo tenéis, la llamada pizza japonesa. Una base de verdura, con los ingredientes de tu elección mezclados o por encima de la misma, salsita y el típico bonito seco por encima, que se movía con el calor de la masa y parecía que estaba vivo. A la pobre de Cris nuevamente no le convenció el okonomiyaki, más que nada porque estaba mezclado con jengibre y el sabor no le convencía. Así que pidió un plato de fideos y su okonomiyaki cayó entre Manolo y yo (los incombustibles). Desgraciadamente el plato de fideos también tenía jengibre picadito y mezclado, así que tampoco pudo comer mucho.La nota friki del día: un tipo con pinta de alto ejecutivo entró a comer y se sentó en una mesa junto a la nuestra, acompañado por una auténtica señorita de compañía que le daba conversación y comía con él.
El postre nos lo compramos en una tienda de donuts que teníamos localizada en una de las plantas bajas. Compramos una caja para todos y algunas bebidas calientes, y nos las llevamos al hotel. Allí nos las tomamos tranquilamente, tras lo cual sacamos los futones y nos dispusimos a dormir. Al día siguiente nos esperaba el viaje de regreso a Tokio, pero antes invertiríamos la mañana en buscar y pasear por una de las localizaciones del rodaje de Memorias de una Geisha: Fushimi Inari.
1 comentario:
Muy interesante!!! Siempre me ha interesado ir.
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