lunes, 30 de abril de 2007

Día 5: Sweet home Akihabara

En un abrir y cerrar de ojos, volvimos de nuestro mundo rosado a la realidad de color de asfalto y callejones estrechos, como el de la imagen de la derecha, situado en la zona de tiendas de electricidad. Miyuki empezó a hacernos un tour por todas las tiendas que pudo, a cada cual más friki, y empezó ni más ni menos que por el conocido Don Quijote.

La tienda de Don Quijote (o "Donki", como la llaman ellos) en Akihabara es un edificio alto, de unas ocho plantas creo que contamos, y en cada una de ellas hay una sección diferente. En las primeras plantas puedes encontrar DVDs, accesorios, complementos, ropa interior, disfraces, videoconsolas, juegos... Luego conforme vas subiendo te encuentras una planta entera llena de máquinas recreativas y de purikura, otras con cafeterías (tienen su propio café meido con las camareras disfrazadas de gatitas, y con bastante éxito porque tenían cola para entrar), y hasta zonas de descanso arriba del todo.

Miyuki nos llevó por todas y cada una de las plantas para que no nos perdiéramos detalle. No pude resistirme a sacar una foto de la sección de disfraces cuando nadie miraba. Los pasillos eran todos tan estrechos como se ve en la foto, y los disfraces los había para satisfacer todo tipo de sueños eróticos. Por supuesto, podías encontrar complementos para cada disfraz y así hacer más realidad la fantasía.

Sin embargo, donde al final acabamos pasando más tiempo fue en las recreativas. En cuanto vi la primera máquina del Guitar Freaks, me dije "esta es la mía", no puedo irme de Japón si haber hecho el friki en condiciones. Una lástima que la foto saliera movida, pero ahí me tenéis, defendiendo el honor hispano ante tan memorable juego. Sin embargo, parece que los japoneses le daban más al Drummania, que estaba justo al lado, y era un auténtico pasote verles tocar la batería, a un ritmo al que nosotros ni siquiera veíamos pasar las notas.

Mientras yo me marcaba unos cuantos solos de canciones que no había oído en mi vida, Miyuki secuestró a Manolo y se lo llevó a un purikura donde se hicieron unas cuantas fotos. Ya nos había explicado previamente que está prohibido que un chico entre solo en una cabina de esas, ya que ha habido problemas de gente que se metía dentro a esperar a las chicas que entraban (mucho más aficionadas que los chicos a hacerse estas fotos) y... bueno, os podéis imaginar.

Al salir del Donki la verdad es que no recuerdo exactamente ni qué hicimos ni adónde fuimos. Tan sólo os puedo decir que entramos en multitud de tiendas, a cada cual más estrecha, donde vendían cualquier aparato que te pudieras imaginar. Os dejo un vídeo de uno de los paseos, en el que se ven varias tiendas por fuera:


En un momento dado, Miyuki nos dijo que íbamos a entrar en una tienda que a Manolo y a mí nos iba a gustar mucho. Bueno, gustarnos no sé si nos gustó, pero desde luego nos impresionó. Básicamente nos metió en una tienda porno, donde se podían comprar cientos de DVDs, alguno de los cuales estaba siendo reproducido en los monitores de la tienda y con el sonido a toda pastilla para que no nos perdiéramos ninguno de los gemidos de la chica en Dolby Surround. Curioseamos algunos DVDs, pero como las chicas se habían quedado fuera, para no hacerlas esperar rehusamos investigar las plantas superiores. Una de las cosas que más gracia me hicieron fue la conocida censura japonesa en los vídeos, que tapa cualquier miembro masculino que aparezca. Sin embargo, los cuadraditos que emborronaban la imagen pixelándola eran bastante pequeños, y observada la imagen a una cierta distancia apenas te dabas cuenta de la censura.

Otro de los sitios al que nos llevó Miyuki fue al Yodobashi (lo siento, no aparece en esta foto), ya que yo quería investigar entre otras cosas el precio de las cámaras réflex digitales allí en Japón. Sacamos dos conclusiones: que el precio tampoco era lo suficientemente barato como para comprarse allí la cámara y que luego se te estropee y tengas que volver a descambiarla (cachis, que se me ha estropeado la cámara, no tengo más remedio que volver a Japón a por una nueva), y que tiendas como el Media Markt o la Fnac son una pequeñez en comparación con el Yodobashi. Imaginaos una docena de plantas todas dedicadas a aparatos eléctricos y electrónicos, y por una vez y sin que sirva de precedente, con pasillos amplios y bastante superficie por planta.

Finalmente, a eso de las seis y algo de la tarde Miyuki nos dijo que tenía que irse, ya que había quedado, y nos dejó a nuestro aire. El plan era, como ya he comentado, volver a Shinjuku a verlo de noche y cenar por allí. En una esquina frente a la estación había una tienda que tenía empleado a uno de estos que se dedican a vociferar y a animar a que la gente entre en el local, sólo que este se lo curraba bastante, ya que iba acompañado de una caja de ritmos y lo soltaba todo a ritmo de rap. Con su cantinela de fondo nos metimos en la estación y subimos a coger el tren que pasaría sobre Akihabara (durante el paseo pasamos por debajo de las vías alguna que otra vez) y nos llevaría de vuelta a la versión nocturna de Shinjuku.

miércoles, 25 de abril de 2007

Día 5: Rose tint my world

Una vez más, salimos de la estación y no conseguíamos orientarnos con los mapas que llevábamos (ahora nos explicamos por qué el taxista del primer día en Tokyo no localizaba nuestro hotel ni con un mapa). Así que divisamos una cafetería cercana y nos dirigimos a ella por dos motivos: para ver si conseguíamos descifrar el mapa y para darle un poco de tiempo a la lluvia a ver si se largaba a otra parte.

Lo primero que quiero es pedir perdón por la escasa cantidad de fotos de esta entrada, y que de hecho ni siquiera se corresponden con el momento que describo en el blog, pero es que Akihabara nos tenía tan absorbidos que nos olvidamos de todo. De momento aquí tenéis el Akiba Station, donde estaba la cafetería que menciono. Como hago últimamente, aquí tenéis el mapa del paseo.

Tras un breve refrigerio, y aprovechando que por fin la lluvia nos privó de su presencia, comenzamos a inspeccionar los alrededores. Lo primero que encontramos fue la zona de tiendas de electrónica, pequeñas y por callejones estrechos, en plan zoco. Allí conseguimos comprar un adaptador para nuestros cargadores, ya que allí usan clavijas planas en los enchufes en lugar de las nuestras redonditas.

Al salir de allí aparecimos en una de las calles principales de Akihabara. A nuestro alrededor teníamos el Club Sega, varias tiendas libres de impuestos para turistas, tiendas de segunda mano a porrillo, tiendas de manga y anime de ocho plantas, como Gamers, tiendas de DVDs de anime, tiendas especializadas en ordenadores, centros comerciales como el Media Markt pero de seis o siete plantas, como el Yodobashi...

Uno de los signos más distintivos de Akihabara es el edificio con el cartel luminoso de Laox, lo he visto ya en algún que otro manga cuando quieren hacer ver que la acción transcurre allí.

Probamos a entrar en alguna que otra tienda, sobre todo sitios de ordenadores y videoconsolas, porque teníamos alguna esperanza de encontrar una PS3 a un precio lo suficientemente reducido como para comprarla, pero ninguna consiguió convencernos (llegamos a verla a 350 euros al cambio, pero para nosotros no era suficiente). Entrando en tiendas de DVDs comprobamos el éxito de las secciones de vídeos porno-eróticos mostrando en sus portadas chicas con pechos de tamaño desafiante, que llegaban a ocupar casi la mitad del recinto.

Mientras mis compañeros se entretenían en otra tienda, me acerqué a una cabina a comprobar por dónde andaba nuestro contacto Miyuki. No tardó más de 10 minutos en aparecer, y entonces fue cuando comenzó nuestro auténtico descubrimiento de los bajos fondos del barrio.

Como ya se acercaba la hora de comer, Miyuki nos llevó a un sitio que nos aseguró que nos iba a encantar. Así que puso la directa y nos llevó allí a velocidad absurda, y digo absurda porque ninguno de nosotros era capaz de seguir su ritmo. Se ve que el frenesí de la vida en Tokyo afecta hasta a los andares de la gente, se mueven con una agilidad poco creíble por los occidentales. De vez en cuando teníamos que decirle que frenara porque nos quedábamos atrás.

Tras callejear un poco, y en un sitio donde en principio no parecía haber nada, Miyuki nos hizo subir por una escalerilla (por la que jamás se nos habría ocurrido subir si fuéramos solos), y entramos en un mundo de color de rosa: habíamos accedido a un café meido.

De repente ya no estábamos en Akihabara. Una chica vestida de doncella nos dio la bienvenida al café soltando una retahíla de frases en japonés de extrema cortesía que por supuesto ninguno de nosotros entendió. Nos indicó una mesa en la que podíamos sentarnos, nos trajeron los menús y nuevamente nos dieron las gracias por haber escogido su restaurante y nos desearon una buena estancia, todo acompañado por múltiples reverencias, inclinaciones y genuflexiones.

Miyuki nos explicó que estos cafés tenían tanto éxito que normalmente las chicas que trabajan en ellos suelen vender hasta CDs con sus voces grabadas (que suelen ser esas típicas voces agudas de niña pequeña que tanto gustan a los japoneses), pasando por muñequitas a escala, posavasos con dibujos manga de las camareras, etc.

Otra de las camareras (creo que al final todas pasaron por nuestra mesa en algún momento del almuerzo) vino a tomarnos nota del pedido. Todos le dijimos nuestra elección y cuando terminamos nos repitió todo lo que habíamos ordenado con su voz de pito y con mucha cortesía, nueva reverencia, nuevo agradecimiento y se marchó alegremente.

Lo más gracioso fue un momento dado en que una de las chicas se puso completamente colorada, porque éramos cuatro extranjeros mirándola fija y atentamente, y Miyuki nos explicó que no estaba acostumbrada a eso: se ve que los japoneses normalmente no son capaces de mirarlas a la cara, recordemos la excesiva timidez de los jóvenes, que son los que suelen frecuentar esos sitios.

La única lástima fue que no pudiéramos sacar fotos del interior del local, el cartel de prohibido hacer fotos era demasiado evidente. Sin embargo, aquí tenéis la web del meido-café Mai-Lish para que le echéis un vistazo. Está en japonés, pero trasteando por el menú de la izquierda podréis acceder a distintas secciones, incluso ver una lista de las chicas que allí trabajan.

La comida no estaba nada mal, yo me pedí un arroz con curry y hamburguesa que estaba bastante bueno, acompañado de una Coca-Cola con una bola de helado, impresionante. De hecho una de las cosas que nos preguntaron era si queríamos la bebida junto con la comida, o como postre (siempre te ponen un vaso de agua cuando te sientas a la mesa para acompañar la comida). Tras un poco de charla y bastante aguantarnos la risa cada vez que veíamos cómo hacían sus reverencias cada vez que nos traían algo (eran encantadoras, pero a veces no podíamos resistirnos), terminó nuestro banquete y pusimos por fin rumbo al corazón de Akihabara, y conociendo a Miyuki, sabíamos que entraríamos en sitios que no se nos olvidarían.

martes, 24 de abril de 2007

Día 5: Again, the rain falling

La lluvia que nos había amenazado el día anterior, hizo por fin acto de presencia. Pero eso no nos desanimó ni nos apartó de nuestros planes. Tras el desayuno habitual, salimos bastante temprano del hotel con dirección a la estación de Ueno de Japan Rail. Aquí podéis ver el mapa del trayecto.

Sin embargo, aunque la idea original era ir a Shinjuku, decidimos darle una oportunidad a la zona de Ameya Yokocho (el callejón Ameya). Se trata de una zona de compras donde se puede conseguir pescado fresco, conservas, salazones, además de tener multitud de bares, restaurantes e incluso karaokes. Aunque a la hora a la que llegamos, muchas de las tiendas aún estaban cerradas.

Como la noche anterior le habíamos perdido el miedo a callejear, nos metimos por todos los callejones estrechos que encontramos. Llegamos a encontrar incluso algunas tiendas de dudoso gusto, pero como estaban cerradas no averiguamos si eran sencillos sex-shops, o tiendas algo más escabrosas, como las burusera, en las que las chicas pueden vender su ropa interior usada para que los fetichistas las adquieran y den rienda suelta a su morbosidad. Tras un corto recorrido volvimos a la estación de Japan Rail para coger el tren hacia Shinjuku.

La estación de Shinjuku era simplemente enorme. Te podías perder intentando buscar la salida correcta. Al salir nos vimos rodeados de edificios impresionantes, hasta tal punto que nos sentimos un poco abrumados. Y encima hacía bastante fresquito, así que nos dirigimos hacia la primera máquina de latas que encontramos, y nos sacamos algunas bebidas. El té con limón calentito sentaba la mar de bien dadas las circunstancias. No recuerdo si he contado ya que las máquinas de latas en Japón sirven una amplia variedad de bebidas (no las cinco o seis de las máquinas de aquí), y además frías y calientes. Y lo mejor es que te las encuentras cada doscientos metros, así que siempre están a mano.

No teníamos mucha idea de hacia donde coger. La idea principal era encontrar el hotel Park Hyatt, donde transcurre parte de Lost in Translation. Pero ni con los mapas que venían en las guías conseguimos orientarnos, y además aquel barrio parecía ser bastante más grande de lo que en un principio parecía. Así que al final nos limitamos a dar una vuelta (aquí mapa) por donde más nos pareciera. De hecho, decidimos que el lado de la estación por el que habíamos salido era el incorrecto, así que nos metimos en la estación de nuevo, la atravesamos por debajo aún a riesgo de no salir de allí nunca, y salimos por el lado contrario.

Por allí parecía que había más rascacielos a tiro de cámara, así que nos pusimos a pasear por allí. Lo irónico fue que, precisamente como estaba lloviendo, nos daba reparo sacar las cámaras por si el agua las estropeaba.

Desde lo alto de la pasarela que cruzamos decidimos que por otra calle se veían muchos carteles publicitarios, así que cambiamos el rumbo. Bajamos la pasarela y nos dirigimos hacia allí. Sin embargo, antes Ana y yo decidimos que su paraguas no era lo bastante grande como para llevarnos a los dos debajo durante todo el paseo. Entré en la primera papelería que encontré y en la misma puerta tenían a la venta paraguas por poco más de 2 euros al cambio. Eso sí, los japoneses tienen una idea bastante funcional de lo que es un paraguas. Lo más solicitado en dichos artículos eran de mango blanco y cubierta de plástico transparente, y si es barato para luego poder dejarlo olvidado por ahí, mejor. Lo que aquí podría pasar por bastante hortera, allí era normalísimo verlos en manos de hombres de negocios de rigurosa etiqueta.

Así que, paraguas hortera en mano, continuamos el paseo. Pasamos por debajo de las vías del tren y aparecimos de nuevo en el otro lado de la estación. La calle prometía, pero al final decidimos que durante el día aquello no debía ser nada en comparación con la noche, cuando se encendiera todo aquello. Anotamos mentalmente algunos sitios en los que podríamos comer cuando volviéramos aquella noche, y tras avanzar un poco más por la calle acabamos dando media vuelta y poniendo de nuevo rumbo a la estación. Vuelta a pasar por los interminables senderos bajo tierra hasta que llegamos a las taquillas.

Había una ruta de tren, distinta a la que habíamos estado cogiendo hasta ahora (que daba vueltas en círculos por Tokyo), y que llevaba directamente desde Shinjuku hasta Akihabara (aquí mapa), así que aprovechamos la circunstancia y tomamos esa vía. La nota curiosa de la mañana (porque la tarde iba a ser una nota graciosa en su totalidad),
fue que si no bastaba con el extremado orden japonés, por el cual todos los que van a subir al tren aguardan pacientemente a un lado de la puerta a que todos bajen para luego subir ellos, aquella estación tenía además pintadas en el suelo unas guías para que los que se fueran a subir supieran por dónde tenían que hacer cola.

El viaje transcurrió en parte por la ribera de un río, el cual transportaba todos los pétalos que iban cayendo de todos aquellos cerezos plantados a lo largo de la orilla. Y así llegamos a la estación de Akihabara, lugar donde nos encontraríamos con Miyuki y donde hallaríamos situaciones y lugares que uno no se puede creer hasta que está allí para comprobarlo.

lunes, 23 de abril de 2007

Día 4: Let the light come streaming into my life

Aquella noche cenamos en el hotel, ya que el hotel obsequiaba a sus clientes con una cena gratis por cada cinco noches de estancia. La cena consistía en dos platos a elegir de una breve lista, pero que incluía la mayor parte de los platos típicos japoneses. Los más valientes de la noche fuimos Cris, que pidió ostras fritas, y yo, que me atreví con un plato de anguila.

Intentando entendernos con el inglés de la camarera fue cuando dimos con el término que mejor define la extraña forma que tienen los japoneses de hablarlo: el "katakanglish". Los japoneses tienen un sistema de silabarios que usan en su lenguaje. En total hay 46 sílabas, aunque algunas se pueden combinar para formar sílabas más complejas, pero son pocas. Y les cuesta mucho trabajo pronunciar sílabas de idiomas extranjeros, así que adaptan el inglés a las sílabas que ellos tienen (y para escribir estas adaptaciones de palabras extranjeras usan un silabario especial, el katakana). Por ejemplo, cuando quiso hacer ver que a Manolo se le había puesto la cara roja por el sake, dijo "reddo feisu" para decir "red face". O cosas peores, como decir "sutoreeto" en vez de "straight". De verdad, que a veces deseaba que se expresaran en japonés en vez de en katakanglish.

Cuando terminamos nos dirigimos a la estación de metro más cercana, suerte que la única línea de metro que pasaba por allí nos llevaba directos a Ginza. El metro tiene máquinas expendedoras donde puedes comprar tu billete, y el sistema que usan se puede poner en inglés. Lo bueno es que puedes pagar con cualquier billete, hasta de 10000 yenes, y el cambio te lo devuelve igualmente en billetes, como si fuera un cajero automático. Menos mal, porque al principio temíamos que al meter semejante billete acabáramos con los bolsillos llenos de calderilla.

Salimos del metro en pleno centro de Ginza, rodeados de neones por todas partes y con las guías en ristre. Había muchas cosas por ver por allí, y demasiado poco tiempo. De hecho, al principio no conseguíamos orientarnos, así que sencillamente nos pusimos a sacar fotos, y escogimos la dirección que creímos más conveniente. Lo primero que cayó en nuestra tarjeta de memoria fue una imagen del llamado "edificio del reloj". Y para que no os perdáis detalle del paseo, he preparado un mapa en Google Maps para que podáis ver la ruta que tomamos.

Pasear por allí era sencillamente espectacular. Había curiosidades por todas partes, incluso si mirabas hacia arriba veías cosas como el anuncio de Casio con forma de reloj de muñeca enorme. Con razón recomendaban ir a este barrio cuando fuera de noche. Todo era dejarse iluminar por el flujo de las luces y pasear por donde te apeteciera.

Siguiendo recto por la calle nos encontramos con un detalle encantador: este angelito Cupido aguardando a su siguiente víctima desde detrás de una esquina. Nos maravilló.

La siguiente parada fue el edificio de Sony, de arquitectura bastante peculiar, y la luz verde que emanan las paredes cambiaba de color cada pocos minutos. Los edificios de los alrededores también tenían divertidas peculiaridades, fue una gozada sentarse en un banquito en un pequeño parquecillo cercano a contemplar los detalles.

Ya que nos pillaba cerca, no quisimos perdernos la pequeña estatua erigida en honor a Godzilla, uno de los iconos más populares de la cultura japonesa reciente. No os asustéis, es más bien pequeña, no mide ni un metro de alto.

A partir de aquí nuestro rumbo fue más bien errático. Durante un tiempo seguimos por una calle perpendicular a la que veníamos recorriendo, nos llamó la atención porque al fondo se veía la torre de Tokyo iluminada. Y dimos con el rumbo bueno, porque nos estábamos dirigiendo hacia el teatro Kabuki. No es que fuéramos a una representación, pero fue bastante espectacular ver a los grandes hombres de negocios saliendo de allí del brazo de mujeres de compañía. Había muchos locales de damas de compañía para empresarios por los alrededores. Y lo mejor era ver cómo paseaban un rato con ellas, y en un momento dado se separaban sin aparentar decirse nada. Él se alejaba mientras la chica se iba a coger un taxi o hacia su local.

En un momento dado nos metimos por callejones que se separaban de la amplia avenida por donde paseábamos, y empezamos a tomar contacto con los secretos de la noche. Vimos a más hombres de negocios, pero esta vez saliendo de locales de copas y señoritas de compañía. Vimos como chicas con trajes muy elegantes y vaporosos y señoras con kimonos les acompañaban hasta la puerta. Vimos cómo se inclinaban en reverencia de 90 grados y así permanecían hasta que el hombre se había perdido de vista, y éste jamás volvía la vista atrás para devolver el saludo.

Vimos puestos de comida rápida escondidos bajo las vías del tren, en rincones oscuros, iluminados por luminarias y envueltos en humo. Vimos discotecas de moda. Vimos guardas de seguridad en las esquinas, con los pinganillos en los oídos, atentos a cualquier cosa para que las chicas de compañía que volvían no corrieran ningún peligro.

Vimos callejones tan estrechos que no podíamos ir uno al lado del otro, y aún así encontrar tiendas dentro de ellos. Vimos a respetables empresarios borrachos tras la juerga después del trabajo (y eso que era lunes), reponiendo fuerzas en el carrito de udon. Vimos a japoneses orinando en cualquier árbol de la calle y alejarse tambaleando (echándonos por tierra algún que otro mito).

Y así fuimos, de asombro en asombro porque aún no nos creíamos la cantidad de situaciones de las que habíamos sido testigos. Había sido ya bastante por aquella noche, así que tras encontrar la calle por donde empezamos el paseo, localizamos la parada de metro y nos dispusimos a volver de nuevo al hotel, cansados y con ganas de empezar el día siguiente. El plan para aquel nuevo día incluía la visita a uno de los barrios que más ganas teníamos de ver: Akihabara.

sábado, 21 de abril de 2007

Día 4: Meet me in the crowd

Con bastante hambre llegamos al último destino de la excursión: el barrio de Asakusa. Menos mal que nada más bajar nos metimos en el restaurante donde nos servirían el almuerzo incluido, consistente en un plato de tempura. Allí nos tenían ya preparado el rincón donde nos sentaríamos todos a reponer fuerzas.

Un plato de tempura puede parecer poco, pero lo sirvieron acompañado de arroz (eso que nunca falte), sopa, ensalada y una cosa que no habíamos visto nunca: algo que tenía la misma pinta, textura y consistencia que un flan, sólo que estaba salado y tenía gambas dentro.

Al salir nos dirigimos a kaminarimon, la puerta del trueno, donde empieza la calle que lleva a Sensoji, el antiguo templo budista dedicado al bodhisattva Kannon. Sin embargo, a pesar de que desde kaminarimon hasta el templo apenas hay 400 metros, tardaríamos bastante tiempo en llegar, tanto que decidimos avisar a la organizadora de que no nos volveríamos con ellos al hotel en el autobús: la calle está totalmente abarrotada por decenas (cientos, diría yo) de tiendas donde poder comprar todo tipo de recuerdos. Entrar siquiera a echar un vistazo en una cuarta parte de ellas nos llevaría posiblemente hasta el anochecer. Y, por supuesto, la calle estaba totalmente abarrotada, tanto por los propios japoneses que iban a rezar al templo, como por los turistas que encuentran en Asakusa uno de los barrios de visita obligada.

Como es obvio, no pudimos resistirnos. Eso sí, intentamos entrar en las menos posibles porque, a fin de cuentas, visitar el templo era lo primero. Ya dejaríamos las compras para después. Así que nos dirigimos hacia Sensoji. Lo primero que nos encontramos fue la típica zona del mikuji, donde los que lo desean pueden saber lo que les deparará el futuro. Nueva nota divertida: vimos una serie de cajones numerados, y pensamos que podías abrir cualquiera de ellos, el que tú quisieras, así que cada uno escogió las últimas cifras de su nacimiento, pero todos sacamos malas predicciones. Luego vimos un recipiente metálico cerrado con agujero pequeño, y cómo algunos locales sacaban un palito, lo volvían a meter y abrían un cajón. Ahí estuvo claro. Nos acercamos, sacamos uno y vimos que tenía un número. Abrimos el cajón correspondiente, y no falló: mala suerte a raudales. Sólo cuando Manolo abrió su cajón (después de averiguar la forma correcta), sacó buena suerte. Definitivamente, los cajones debían de estar trucados.

Cuando sacabas un papel con mala suerte, debías atarlo a una rama de árbol (o lugar similar a tal efecto) para intentar alejar de ti esa mala suerte. Y si podías purificarte, mejor. Para eso te acercabas a unos mostradores donde vendían barritas de incienso. Lo quemabas y lo echabas en un recipiente inmenso, y los humos del incienso que quemabas debías echártelos por encima, y así quedabas purificado. A pesar de no haber sacado mala suerte, Manolo no se quiso perder una ocasión de proceder con los ritos locales, compró una barrita y se acercó a quemarla como si fuese uno más de allí.

Tras la zona de mikuji estaba por fin el templo. Una cosa que hay que tener en cuenta es que en Japón en cuanto has visto un par de templos, los has visto todos. Todos se basan en una zona con una imagen de un bodhisattva acompañada de una urna donde la gente echa su ofrenda y pide por lo que más deseen, como ya he comentado en una entrada anterior.
La entrada del templo también tenía un farolillo inmenso, como el de kaminarimon. Muy cerca de la entrada había una fuente donde la gente podía beber. La fuente disponía de un montón de cazoletitas que se podían usar además para lavarse las manos. Puede parecer antihigiénico usar un cacito para beber que antes ha sido usado por miles de personas. Sin embargo, todos y cada uno de los que los usan siempre lo lavan antes de volver a dejarlo donde estaba. Recordemos que los japoneses siempre tienen presente el respeto por los demás.

Tras observar unos farolillos típicos que había volviendo a la zona de tiendas, decidimos dejarnos llevar por el afán consumista, y nos zambullimos de lleno en las compras. Ahí fue donde mi capacidad de hablar japonés más se puso a prueba. Eso sí, una de las señoras que me atendió en una tienda (donde cayeron unos zapatos geta) llegó a decirme que mi japonés era bueno, aunque creo que sólo lo hizo para que le cayera mejor y volviera a comprar por allí algún día. También cayeron varios yukata (de hombre y mujer), sandalias, amuletos, chucherías y chorradas varias.

Alguna hora que otra más tarde, cuando ya habíamos terminado, nos decidimos a salir de nuevo por kaminarimon a buscar la parada de metro que nos llevaría de vuelta al hotel... pero Ana se topó por el camino con una tienda especializada en artículos de Ghibli. Sobran los comentarios. Cayó un tapiz, un pañuelo, un lapicero y un peluche del gatobús.

Ahora sí, pudimos dirigirnos tranquilamente a la estación de metro de Asakusa. El billete de metro hasta Ueno costaba la tarifa mínima: 160 yenes (el precio del metro varía según lo lejos que quieras ir). Podría parecer que este era el final del día, pero aún teníamos planes en mente para la noche...

jueves, 19 de abril de 2007

Día 4: Once there were two knights and maidens

Por primera vez desde que llegamos a Japón íbamos a tomar contacto con el lado tradicional del país: el Palacio Imperial de Tokyo era nuestra siguiente parada. Hacia allí nos dirigimos en el autobús mientras Megu empezaba ya a contarnos curiosidades sobre el palacio.

En realidad el palacio no se puede ver por dentro, salvo dos días en los que está permitida la entrada al público en general: el 23 de diciembre, que es el cumpleaños del emperador, y el 2 de enero, por ser año nuevo. Como no era ninguno de los dos casos, nos conformamos con ver los alrededores.

Lo primero que vimos al bajar del autobús fue la estatua de Kusunoki Masashige, donde nos hicimos la primera foto de grupo. A su alrededor había una extensión de terreno inmensa, con pinos plantados a espacios regulares. Una superficie que contrastaba con los rascacielos que se alzaban nada más terminar la zona verde. Por supuesto, perfectamente cuidados. Allí en Japón teníamos la teoría de que todo el mundo ha de tener por narices algún trabajo, y si había alguien que se quedaba sin trabajo, se inventaban uno para él.

Siguiendo a Megu nos dirigimos hacia el puente Niji, lo único que se puede ver de palacio, y donde nos hicimos la segunda foto de grupo. Alrededor del palacio hay un foso donde a veces se pueden ver cisnes, como el que aparece en la foto. La nota curiosa del día: son españoles, regalo de los reyes de España a la familia imperial. De hecho se han adaptado tan bien que han tenido hasta descendencia. Me imagino que el traslado de los cisnes fue muchísimo mejor que nuestro vuelo a Japón. Megu nos contó además que no hay vuelos directos de Japón a España porque las azafatas de Iberia acordaron que no volaban 15 horas seguidas, así que a día de hoy el único vuelo directo de España a Japón es el que hacen los atunes pescados aquí para poder ser consumidos allí lo más frescos posible.

Subimos hasta el puente e hicimos fotos de la puerta al palacio. Sin embargo, al mirar en sentido contrario vimos un cerezo precioso en una esquina, y en el que todo el mundo se estaba haciendo fotos. Resultaba un contraste curioso entre todos los pinos, y llamaba tanto la atención que tuvimos que hacer hasta cola para poder hacer las nuestras. He aquí el resultado:


El tiempo de visita al palacio era breve, y de hecho el grupo estaba ya poniendo rumbo de vuelta al autobús. Siguiente parada: Asakusa.

miércoles, 18 de abril de 2007

Día 4: There goes Tokyo!

Amaneció el día de la excursión, y como era nuestra costumbre nos fuimos al buffet de desayuno del hotel, que iba incluido en el viaje. El desayuno tenía una cierta mezcla de oriental y occidental, para adaptarse a cualquier gusto. Eso sí, el personal de hotel siempre insistía en que probáramos la comida japonesa. Yo ya me estaba aficionando a tomar sopa miso y arroz blanco nada más empezar el día, y eso que sólo era mi segundo desayuno en Japón.

Fuera del hotel nos esperaba ya el autobús que nos iba a dar vueltas por toda la ciudad. Sin embargo, también esperaba una ambulancia. Uno de los chicos que iba con el grupo sufrió el llamado síndrome de la clase turista, y aunque la cosa al final no derivó en trombosis, le mandaron estar dos semanas en observación. Una de las guías se fue con él, imaginaos la papeleta de estar en un hospital en un país donde no podéis haceros entender con el doctor.

Nos subimos al autobús, justo en el asiento de delante del todo para tener la calle a la vista y no marearnos. La guía se presentó cuando todos estuvimos listos, así conocimos a Megu. Ella nos fue dando detalles en español durante todo el recorrido, que duró como unos tres cuartos de hora, pero se hizo muy ameno con la charla. Entre otras cosas nos contó lo que os comenté de las religiones mayoritarias. En principio puede parecer raro que en Japón se hayan mezclado dos religiones hasta el punto de que los japoneses siguen los ritos y festividades de ambas. La respuesta es fácil: la religión Shinto es, más que una religión, una filosofía de vida. Según nos contó Megu, los japoneses son sintoístas mientras viven, y budistas después de la muerte, ya que el budismo explica la vida en el más allá. La religión Shinto, en cambio, tiene a la muerte como un tema tabú.

También nos explicó uno de los misterios que llevábamos observando desde que llegamos al país. ¿Por qué las calles, incluso estando completamente limpias, carecen absolutamente de papeleras? Pues es fácil: después de los atentados del 11-S se decidió que las papeleras eran lugares donde esconder bombas con facilidad, así que las retiraron todas y se aconsejó a la población que si generaban basura en la calle, la guardaran y la tirasen en casa. Y lo cumplen a rajatabla, hasta el punto de que los fumadores incluso llevan ceniceros portátiles para no echar cenizas al suelo (lo cual nos lleva a otro punto: en Japón hay calles donde está prohibido fumar, y calles en las que no). El grupo de Zaragoza que conocimos el día anterior nos contó que habían descubierto en Japón las papeleras humanas: preguntaron a un policía que dónde podían tirar una botella, y él les respondió haciendo gestos que se la dieran a él. Así lo hicieron, y el policía se la llevó para poder tirar la botella en un sitio adecuado.

Tras vueltas y charlas apareció por fin ante nosotros la torre de Tokyo. Nos dejaron en la base de la misma, donde pudimos hacernos fotos con la mascota de la torre mientras Megu compraba las entradas para todos. Dos para cada uno: la primera para subir en el ascensor hasta la plataforma a 150 metros de altura. La segunda para subir desde allí a la segunda plataforma, a 250 metros. No teníamos mucho tiempo y nos habían dicho que en la primera plataforma había un poco de cola para subir a la segunda, así que fuimos directos para dentro.

La subida es impresionante, se puede ir viendo el paisaje cómo se va quedando cada vez más abajo, mientras una voz te va contando en inglés y japonés los detalles de la ascensión. La plataforma a 150 metros en realidad tiene varias plantas, donde puedes encontrar de todo, pero ahí llegaré más adelante. Encontramos la cola para subir a la segunda planta, que al final no fue para tanto. Cogimos el segundo ascensor y subimos a la segunda plataforma, esta vez de una sola planta y bastante estrechita, pero con una vista... bueno, comprobadlo vosotros mismos:


La única lástima fue que el día estaba completamente nublado. Aún así es una pasada ver cómo los edificios se pierden más allá de las nubes y no terminan. La nota divertida esta vez la pusieron las azafatas de la torre, una de las cuales posó amablemente tras hacerle la pregunta de rigor. Los más otakus habrán reconocido en ella la inspiración que tuvieron las Clamp para diseñar los uniformes de los personajes de algunos de sus mangas.

También pude hacer una foto de uno de los millones de cuervos que sobrevuelan Tokyo. Los hay a patadas, y son otra de las cosas que los que estamos acostumbrados a ver animes en los que suenan cuervos a todas horas observamos con más gracia: suenan exactamente igual.

Tras embobarnos lo suficiente, bajamos a la primera plataforma. En la bajada te dejan en la planta superior de la primera plataforma, de forma que tienes que bajar varias plantas hasta poder coger el ascensor de vuelta. Eso sí, por el camino no te da tiempo a aburrirte. Tienes desde la típica tienda de recuerdos (donde me compré por 2000 yenes un reloj con el logo de la torre, bastante normalito, pero con la peculiaridad de que te da la hora tanto en analógico como en digital, así que aproveché para poner en una la hora de Japón y en otra la de España), hasta bares para comprar refrescos y helados, pasando por máquinas de purikura con motivos especiales de la torre. También había señales que te indicaban hacia dónde estabas mirando (aunque la bruma te lo impidiese), y rendijas de cristal en el suelo para que te pusieras encima y experimentases un poco de vértigo.

El ascensor de bajada esta vez nos dejó en el tejado del edificio de cinco plantas que hay en la base. Allí me hice esta autofoto, claro que mucho mejor la foto que sacó Manolo. Desde el tejado se accedía a unas escaleras que bajaban. No tuvimos mucho tiempo que investigar todas las plantas que se podían visitar, así que nos fuimos directos a la segunda planta, que era donde habíamos quedado con el grupo para continuar la visita. Y allí fue casi donde nos dieron las uvas. Si antes no habíamos tenido entretenimiento, allí teníamos para hartarnos: salones recreativos con más máquinas de purikura, tiendas de recuerdos enormes, y puestos para comprar dulces de todo tipo. Cuando nos dimos cuenta, casi se nos había pasado la hora, pero en ese momento Megu pasó por allí (y eso que ni sabíamos dónde estábamos) y nos indicó hacia dónde se iba a los autobuses.

Nuestra siguiente parada: el Palacio Imperial.

martes, 17 de abril de 2007

Día 3: Jungle life

Tras pasar el cruce desde el que comenzaba Shibuya, los edificios comenzaron a ser más altos, y el estilo de la gente cambió radicalmente. Mientras que las chicas que se visten en Harajuku de lolitas o góticas son más conscientes de que su vestimenta es algo excepcional, no para llevar a diario, las gals de Shibuya sí que hacen de su estilo una forma de vida. En la foto podéis ver diferentes estilos, incluida una gal llevando una bolsa enorme (además de un bolso igual de grande, otro distintivo):


Creo que ya comenté antes que los edificios suelen ser bastante estrechos y construidos hacia arriba, y que hay tiendas en cualquier planta en la que subas, como podéis ver en la foto. Eso sí, lo que suele estar más a mano del viandante son las tiendas de comida. En Shibuya empezamos a ser testigos de las tiendas de dulces de estilo occidental. Es espectacular cómo los japoneses no sólo adoptan las mejores ideas del resto del mundo, sino que además las mejoran. Había unas tartas en una tienda ya en el cruce de la estación de JR de Shibuya que parecían totalmente sacadas de los dibujos animados, de lo perfectas que eran.

Y por fin, el famoso cruce. Como nos recomendaba una de las guías que llevábamos, subimos a la primera planta (segunda planta japonesa) del Starbucks y sacamos desde allí la foto que podéis ver a la izquierda. Para que podáis comprobar cómo está el cruce de transitado un domingo cualquiera por la tarde. De hecho, ya desde antes de llegar al centro neurálgico de Shibuya empezamos a tener dificultades para pasear por las calles.

Ya que estábamos dentro del Tsutaya, una especie de Fnac japonés, pues aprovechamos para echar un vistazo por todas sus plantas. No tardamos mucho tiempo en volver a salir a la calle, que era donde estaba el espectáculo. Así que salimos y nos dirigimos a la acera de enfrente, a la entrada de la estación, donde se encuentra la estatua de Hachiko. Desde allí se podía contemplar perfectamente la enorme pantalla de televisión que aparece en el cartel de cine de Lost in Translation y que podéis ver en la foto.


La historia de Hachiko es muy sencilla, pero es la típica historia que gusta mucho a los japoneses: se trata de un perro Akita cuyo dueño era profesor en la Universidad de Tokyo. Cada mañana el perro le despedía y le recibía por la tarde en la estación de Shibuya. Sin embargo un buen día el profesor murió, pero esto no hizo que el perro desistiera de esperarle, cosa que hizo todos los días durante diez años, hasta que el propio perro murió. Su devoción fue tal que erigieron una estatua en su honor, y hoy día es un punto de encuentro habitual entre los jóvenes japoneses.

La estatua está además bajo cerezos. Resulta curioso ver que incluso en medio de tanto edificio alto, estaciones de tren inmensas y gentíos sin fin, los japoneses siguen colocando cerezos para poder verlos en flor allá donde vayan cuando llegan estas fechas. Lo siguiente que hicimos fue entrar en los famosos almacenes Shibuya 109. Pisos y pisos de tiendas y más tiendas para gals, donde las dependientas eran las más gals de todas. Cogimos el ascensor, subimos a la última planta, donde había varios restaurantes, y empezamos a bajar visitando todas las plantas.

Después de tomar todas las fotos que pudimos del cruce y sus alrededores, subimos por Dogen-zaka. Al final de la misma sabíamos que había una zona de love hotels. Sin embargo no llegamos hasta allí, porque se nos estaba haciendo tarde, y no queríamos pasear por aquella zona después del anochecher (allí anochece bastante temprano, entre las seis y las siete, claro que amanece igual de temprano). En la imagen podéis ver un cartel publicitario cualquiera de los que vimos por el camino. Allí la publicidad es bastante sencilla, sobre todo la que ponen por televisión: mayormente se reducen a una persona más o menos friki que expone un problema cualquiera, mientras te cuenta la solución generalmente al soniquete de una melodía que intenta ser pegadiza. De hecho, la publicidad parece una competición para ver quién compone la melodía que se pegue entre el público.

Resultó que mientras subíamos la cuesta Dogen encontramos un sitio que nos habían recomendado, por lo curioso de su decoración: el Christon Café. Se trata de una cadena de cafeterías (donde también se puede comer), decoradas como si estuvieras dentro de una iglesia. Pero no como una iglesia cualquiera, sino más bien como una catedral gótica oscura llena de gárgolas, imágenes de Cristo y la Virgen, y vidrieras con imágenes de santos. Sencillamente espectacular. Tengo que recordar, sin embargo, que sólo el 2% de la población japonesa es católica: las religiones mayoritarias son el sintoísmo y el budismo, como explicaré en otro post. Así que todo lo católico lo ven como si fuera algo exótico y extraño, y muchas veces deforman las imágenes que para nosotros son tan normales, como atestiguaba el niño Jesús crucificado que había por allí.

Bajamos y nos sentamos los cuatro en una mesa, bajo el atento servicio japonés (allí son muy serviciales, cualquier cosa para mantener al cliente contento). Los platos eran todos occidentales, desde pizza hasta hamburguesas, pasando por la ensalada que me comí yo. Todo muy bueno, por supuesto. La nota curiosa (con permiso del entorno) fue que allí empezamos a tomar contacto con el Engrish: las meteduras de pata que cometen los japoneses con el inglés. La mayor de todas fue que uno de los postres tenía "flesh cream". Impresionante...

Al salir nos encontramos con el barrio de Shibuya de noche en todo su esplendor, con los neones a toda pastilla. Bajamos la cuesta y fuimos de vuelta al cruce para intentar sacar más fotos, pero nuestra técnica no fue lo suficientemente buena como para sacar una foto con la suficiente luz y de forma que la pantalla no saliese sobreexpuesta. Como ya estábamos bastante cansados, entramos en la estación de Japan Rail para coger el tren de vuelta a Ueno. Y nada más entrar, nos llevamos la última sorpresa del día: un grupo de mujeres vestidas como geishas estaba dentro de la estación, incluyendo una chica occidental a la que no dudamos en bautizar como "la geisha de Erasmus". Como de costumbre, pedir cortésmente una foto da sus frutos, y más cuando les hablas en su idioma (algunas casi se descolocan porque no se lo esperan):


Lo peor de llegar a la estación de Ueno era que, después de estar todo el día recorriendo calles, aún te quedaban unos 10-15 minutos de caminata hasta el hotel, y encima el primer día cometimos el error de atravesar el parque Ueno a la vuelta, cuando rodearlo era muchísimo más corto. Y para colmo, una vez llegábamos a la calle del hotel, era toda cuesta arriba. Eso sí, llegar a la habitación reventado hace que luego dormir en el suelo en el futón sea mucho más sencillo.

Al día siguiente nos esperaba la única excursión que teníamos contratada, y nuestro primer destino era uno de los sitios que todo otaku que se precie debe visitar: la torre de Tokyo.

domingo, 15 de abril de 2007

Día 3: Harajuku girls, I am your biggest fan

Como ya comentaba en la última entrada, en la estación de Japan Rail de Ueno adquirimos nuestros pases, válidos desde ese mismo día hasta el último día de nuestra estancia. Íbamos camino de Harajuku, pero las sorpresas llegarían desde mucho antes. Allí mismo en la estación de Ueno, justo cuando nos disponíamos a coger el tren, nos encontramos con un grupo que venía de Zaragoza. Una de las chicas iba vestida según una de las modas actuales: las lolitas. Se visten como si fueran muñecas clásicas de porcelana. Los otros estilos que más rompen son las góticas, y la mezcla de ambas: las gothic lolitas.

Los trenes en Japón son otro más de los tópicos que se corroboran en cuanto llegas y te montas en uno: van de publicidad hasta las trancas, es muy normal que la gente se duerma en los trayectos, y en las horas punta en estaciones clave hay empujadores para que en cada vagón entre más gente. También te puedes encontrar al típico que se compra los tomos mensuales tamaño guía de teléfonos y los van leyendo durante el viaje. Y por supuesto, todo aquel resfriado o con la alergia primaveral, mascarilla al canto.

La estación de Harajuku de Japan Rail está justo enfrente del principio de la calle Takeshita, lugar clave si lo que quieres es renovar tu vestuario para adaptarte a una de las corrientes anteriormente mencionadas. Como vimos que si nos metíamos a pasear por allí nos alejábamos de la entrada del parque Yoyogi, que estaba muy cerca, decidimos ir primero al parque. Además, como era domingo teníamos todas las papeletas para encontrar a los típicos frikis que van a exhibirse a la entrada del mismo.

Después de sortear al inmenso gentío que dada la hora ya empezaba a congregarse allí, llegamos a la entrada del parque, presidida por un enorme torii. Aún no había mucho friki, pero pudimos ver entre otros a un fan de U2, que tenía puesta una radio a toda pastilla con canciones del grupo, mientras imitaba a la perfección las coreografías de Bono en los videoclips.

La verdad es que dentro del parque no duramos mucho. Aunque el parque era bastante bonito, ya veníamos de ver el parque Ueno, así que nos limitamos a hacer algunas fotos, y pusimos rumbo a la calle Takeshita. Sin embargo, al salir del parque nos dimos cuenta de que los frikis se iban congregando allí cada vez en mayor número, y pudimos tomar algunas fotos de ellos (frase clave: Shashin wo tottemo ii desu ka?, ¿Te puedo sacar una foto?). Posan generalmente de muy buen grado, de hecho normalmente tienen poses estudiadas, dado que dan por hecho que la gente les va a sacar fotos e incluso vídeos. A continuación, una gothic lolita y un grupo de góticas...



El detalle más curioso es que el movimiento "Abrazos gratis" había llegado también a aquellos rincones del mundo. Y no me pude resistir: aquí me tenéis dando un gustoso abrazo a un japonés en la entrada del parque Yoyogi:


Sí, si os fijáis al fondo de la imagen, había una chica también. Sólo puedo argumentar que de algún modo, la gente la tapaba y no la vi, y además el cartel del chico era más llamativo. De todas formas, un abrazo de amigo da exactamente igual a quién se lo des, sienta igual de bien.

Si pensábamos que nada podía igualar aquel nivel de frikismo, nada como visitar el origen de las modas para convencernos de lo contrario. La calle Takeshita estaba entera repleta de tiendas y más tiendas para todos los gustos, donde podías encontrar de todo: desde la ropa en sí hasta cualquier tipo de complemento. Por ejemplo, colgantes con perfiles de reinas francesas estilo manga para aquellas que prefieran lo lolita, lentillas postizas que simulaban tener los ojos inyectados en sangre para las góticas, parasoles negros con encajes para las gothic lolitas... Entramos en varias de ellas, y en ningún momento decayó nuestro nivel de asombro.

Sin embargo, lo más divertido fue la tienda de disfraces de Takenoko. Espectacular, y encima a precios asequibles (salvo que quieras un diseño propio y a medida). Casi estuve tentado de comprarme uno. La lástima es que normalmente en estas tiendas tienen cuidado de que nadie haga fotos en el interior, para que nadie copie los diseños y esas cosas, así que no puedo mostrar fotos de dentro. Sin embargo, os aconsejo que si tenéis la oportunidad de pasear por esta calle, no dejéis de entrar en todas las tiendas que os apetezca. Os aseguro que nadie os va a mirar raro por veros entrar o salir de ellas: todo el mundo que pasa por allí va o bien a comprar, o bien para dejarse impresionar. Ah, y tened en cuenta que allí las tiendas pueden estar en cualquier planta de los edificios, así que buscad incluso aunque tengáis que subir a la segunda o tercera planta (los japoneses no tienen planta baja, tal cual entras en un edificio estás en la primera planta).

Tras terminar de pasear por la calle Takeshita, cruzamos una calle y entramos en la calle Harajuku, homónima del barrio. Allí ya se acababan las tiendas frikis, y comenzaban las normales. De hecho pasear por allí era mucho más tranquilo, y además podías empezar a ver calles con casas más de estilo tradicional japonés. Aprovechamos para comer por allí, y pusimos rumbo a Omotesando. Y ya que estamos, os contaré una de las cosas más divertidas de Japón: los restaurantes tienen sus propios escaparates, como si fueran tiendas, en los que ponen réplicas exactas en plástico de los platos que venden. Parecen totalmente reales, y además no recuerdo haber visto platos de esos de plástico iguales en restaurantes diversos, así que empezamos a imaginarnos empresas que se dedican a hacer réplicas de plástico para las cadenas de restaurantes, a las cuales les llevas platos preparados y ellos te dan una réplica exacta, que imita desde el rebozado del tempura hasta las salsas de los okonomiyakis. Todo lo contrario que en Madrid, que en algunos sitios los platos parecen de plástico pero son de verdad...

En Omotesando se agrupan las tiendas más caras y mas chic según los cánones europeos, como por ejemplo la de Ralph Lauren, que estaba justo en la esquina donde aparecimos en la calle, con su encargado de abrir la puerta de la tienda como en las películas americanas. Estuvimos por allí no demasiado tiempo, ya que íbamos camino de nuestro siguiente objetivo: Shibuya. Camino de aquel mítico barrio los edificios eran cada vez más altos, pero lo divertido era que si te desviabas un poco de las calles principales y te metías en cualquier pequeño callejón, te volvías a encontrar con callecitas y casas típicas japonesas:


Sin embargo, pensar que más adelante en nuestro camino se alzaban edificios llenos de pantallas de televisión, cruces superpoblados y neones sin fin, hizo que no nos entretuviéramos en esas callecitas más del tiempo justo para descansar un poco. Teníamos ganas de llegar al famoso barrio donde se halla el cruce más transitado del mundo, desde donde se puede ver la famosa pantalla que aparece en el cartel de Lost in Translation con el dinosaurio, y donde se encuentra la solicitada estatua de Hachiko...


Este cruce fue el final de nuestro paseo por Harajuku, al fondo se veían ya los edificios de Shibuya, hogar por excelencia de las gals, las chicas superfashion, radicalmente opuestas a las chicas de Harajuku, cafeterías de moda, hoteles capsula, tiendas donde los accesorios son uñas postizas de colores llamativos y cuantos más colgantes lleves en el móvil más fashion eres...