Fuera del hotel nos esperaba ya el autobús que nos iba a dar vueltas por toda la ciudad. Sin embargo, también esperaba una ambulancia. Uno de los chicos que iba con el grupo sufrió el llamado síndrome de la clase turista, y aunque la cosa al final no derivó en trombosis, le mandaron estar dos semanas en observación. Una de las guías se fue con él, imaginaos la papeleta de estar en un hospital en un país donde no podéis haceros entender con el doctor.
Nos subimos al autobús, justo en el asiento de delante del todo para tener la calle a la vista y no marearnos. La guía se presentó cuando todos estuvimos listos, así conocimos a Megu. Ella nos fue dando detalles en español durante todo el recorrido, que duró como unos tres cuartos de hora, pero se hizo muy ameno con la charla. Entre otras cosas nos contó lo que os comenté de las religiones mayoritarias. En principio puede parecer raro que en Japón se hayan mezclado dos religiones hasta el punto de que los japoneses siguen los ritos y festividades de ambas. La respuesta es fácil: la religión Shinto es, más que una religión, una filosofía de vida. Según nos contó Megu, los japoneses son sintoístas mientras viven, y budistas después de la muerte, ya que el budismo explica la vida en el más allá. La religión Shinto, en cambio, tiene a la muerte como un tema tabú.También nos explicó uno de los misterios que llevábamos observando desde que llegamos al país. ¿Por qué las calles, incluso estando completamente limpias, carecen absolutamente de papeleras? Pues es fácil: después de los atentados del 11-S se decidió que las papeleras eran lugares donde esconder bombas con facilidad, así que las retiraron todas y se aconsejó a la población que si generaban basura en la calle, la guardaran y la tirasen en casa. Y lo cumplen a rajatabla, hasta el punto de que los fumadores incluso llevan ceniceros portátiles para no echar cenizas al suelo (lo cual nos lleva a otro punto: en Japón hay calles donde está prohibido fumar, y calles en las que no). El grupo de Zaragoza que conocimos el día anterior nos contó que habían descubierto en Japón las papeleras humanas: preguntaron a un policía que dónde podían tirar una botella, y él les respondió haciendo gestos que se la dieran a él. Así lo hicieron, y el policía se la llevó para poder tirar la botella en un sitio adecuado.
Tras vueltas y charlas apareció por fin ante nosotros la torre de Tokyo. Nos dejaron en la base de la misma, donde pudimos hacernos fotos con la mascota de la torre mientras Megu compraba las entradas para todos. Dos para cada uno: la primera para subir en el ascensor hasta la plataforma a 150 metros de altura. La segunda para subir desde allí a la segunda plataforma, a 250 metros. No teníamos mucho tiempo y nos habían dicho que en la primera plataforma había un poco de cola para subir a la segunda, así que fuimos directos para dentro.La subida es impresionante, se puede ir viendo el paisaje cómo se va quedando cada vez más abajo, mientras una voz te va contando en inglés y japonés los detalles de la ascensión. La plataforma a 150 metros en realidad tiene varias plantas, donde puedes encontrar de todo, pero ahí llegaré más adelante. Encontramos la cola para subir a la segunda planta, que al final no fue para tanto. Cogimos el segundo ascensor y subimos a la segunda plataforma, esta vez de una sola planta y bastante estrechita, pero con una vista... bueno, comprobadlo vosotros mismos:

La única lástima fue que el día estaba completamente nublado. Aún así es una pasada ver cómo los edificios se pierden más allá de las nubes y no terminan. La nota divertida esta vez la pusieron las azafatas de la torre, una de las cuales posó amablemente tras hacerle la pregunta de rigor. Los más otakus habrán reconocido en ella la inspiración que tuvieron las Clamp para diseñar los uniformes de los personajes de algunos de sus mangas.También pude hacer una foto de uno de los millones de cuervos que sobrevuelan Tokyo. Los hay a patadas, y son otra de las cosas que los que estamos acostumbrados a ver animes en los que suenan cuervos a todas horas observamos con más gracia: suenan exactamente igual.
Tras embobarnos lo suficiente, bajamos a la primera plataforma. En la bajada te dejan en la planta superior de la primera plataforma, de forma que tienes que bajar varias plantas hasta poder coger el ascensor de vuelta. Eso sí, por el camino no te da tiempo a aburrirte. Tienes desde la típica tienda de recuerdos (donde me compré por 2000 yenes un reloj con el logo de la torre, bastante normalito, pero con la peculiaridad de que te da la hora tanto en analógico como en digital, así que aproveché para poner en una la hora de Japón y en otra la de España), hasta bares para comprar refrescos y helados, pasando por máquinas de purikura con motivos especiales de la torre. También había señales que te indicaban hacia dónde estabas mirando (aunque la bruma te lo impidiese), y rendijas de cristal en el suelo para que te pusieras encima y experimentases un poco de vértigo.
El ascensor de bajada esta vez nos dejó en el tejado del edificio de cinco plantas que hay en la base. Allí me hice esta autofoto, claro que mucho mejor la foto que sacó Manolo. Desde el tejado se accedía a unas escaleras que bajaban. No tuvimos mucho tiempo que investigar todas las plantas que se podían visitar, así que nos fuimos directos a la segunda planta, que era donde habíamos quedado con el grupo para continuar la visita. Y allí fue casi donde nos dieron las uvas. Si antes no habíamos tenido entretenimiento, allí teníamos para hartarnos: salones recreativos con más máquinas de purikura, tiendas de recuerdos enormes, y puestos para comprar dulces de todo tipo.
Cuando nos dimos cuenta, casi se nos había pasado la hora, pero en ese momento Megu pasó por allí (y eso que ni sabíamos dónde estábamos) y nos indicó hacia dónde se iba a los autobuses.Nuestra siguiente parada: el Palacio Imperial.
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