
Creo que ya comenté antes que los edificios suelen ser bastante estrechos y construidos hacia arriba, y que hay tiendas en cualquier planta en la que subas, como podéis ver en la foto. Eso sí, lo que suele estar más a mano del viandante son las tiendas de comida. En Shibuya empezamos a ser testigos de las tiendas de dulces de estilo occidental. Es espectacular cómo los japoneses no sólo adoptan las mejores ideas del resto del mundo, sino que además las mejoran. Había unas tartas en una tienda ya en el cruce de la estación de JR de Shibuya que parecían totalmente sacadas de los dibujos animados, de lo perfectas que eran.
Y por fin, el famoso cruce. Como nos recomendaba una de las guías que llevábamos, subimos a la primera planta (segunda planta japonesa) del Starbucks y sacamos desde allí la foto que podéis ver a la izquierda. Para que podáis comprobar cómo está el cruce de transitado un domingo cualquiera por la tarde. De hecho, ya desde antes de llegar al centro neurálgico de Shibuya empezamos a tener dificultades para pasear por las calles.
Ya que estábamos dentro del Tsutaya, una especie de Fnac japonés, pues aprovechamos para echar un vistazo por todas sus plantas. No tardamos mucho tiempo en volver a salir a la calle, que era donde estaba el espectáculo. Así que salimos y nos dirigimos a la acera de enfrente, a la entrada de la estación, donde se encuentra la estatua de Hachiko. Desde allí se podía contemplar perfectamente la enorme pantalla de televisión que aparece en el cartel de cine de Lost in Translation y que podéis ver en la foto.
La historia de Hachiko es muy sencilla, pero es la típica historia que gusta mucho a los japoneses: se trata de un perro Akita cuyo dueño era profesor en la Universidad de Tokyo. Cada mañana el perro le despedía y le recibía por la tarde en la estación de Shibuya. Sin embargo un buen día el profesor murió, pero esto no hizo que el perro desistiera de esperarle, cosa que hizo todos los días durante diez años, hasta que el propio perro murió. Su devoción fue tal que erigieron una estatua en su honor, y hoy día es un punto de encuentro habitual entre los jóvenes japoneses.
La estatua está además bajo cerezos. Resulta curioso ver que incluso en medio de tanto edificio alto, estaciones de tren inmensas y gentíos sin fin, los japoneses siguen colocando cerezos para poder verlos en flor allá donde vayan cuando llegan estas fechas. Lo siguiente que hicimos fue entrar en los famosos almacenes Shibuya 109. Pisos y pisos de tiendas y más tiendas para gals, donde las dependientas eran las más gals de todas. Cogimos el ascensor, subimos a la última planta, donde había varios restaurantes, y empezamos a bajar visitando todas las plantas.
Después de tomar todas las fotos que pudimos del cruce y sus alrededores, subimos por Dogen-zaka. Al final de la misma sabíamos que había una zona de love hotels. Sin embargo no llegamos hasta allí, porque se nos estaba haciendo tarde, y no queríamos pasear por aquella zona después del anochecher (allí anochece bastante temprano, entre las seis y las siete, claro que amanece igual de temprano). En la imagen podéis ver un cartel publicitario cualquiera de los que vimos por el camino. Allí la publicidad es bastante sencilla, sobre todo la que ponen por televisión: mayormente se reducen a una persona más o menos friki que expone un problema cualquiera, mientras te cuenta la solución generalmente al soniquete de una melodía que intenta ser pegadiza. De hecho, la publicidad parece una competición para ver quién compone la melodía que se pegue entre el público.Resultó que mientras subíamos la cuesta Dogen encontramos un sitio que nos habían recomendado, por lo curioso de su decoración: el Christon Café. Se trata de una cadena de cafeterías (donde también se puede comer), decoradas como si estuvieras dentro de una iglesia. Pero no como una iglesia cualquiera, sino más bien como una catedral gótica oscura llena de gárgolas, imágenes de Cristo y la Virgen, y vidrieras con imágenes de santos. Sencillamente espectacular. Tengo que recordar, sin embargo, que sólo el 2% de la población japonesa es católica: las religiones mayoritarias son el sintoísmo y el budismo, como explicaré en otro post. Así que todo lo católico lo ven como si fuera algo exótico y extraño, y muchas veces deforman las imágenes que para nosotros son tan normales, como atestiguaba el niño Jesús crucificado que había por allí.
Bajamos y nos sentamos los cuatro en una mesa, bajo el atento servicio japonés (allí son muy serviciales, cualquier cosa para mantener al cliente contento). Los platos eran todos occidentales, desde pizza hasta hamburguesas, pasando por la ensalada que me comí yo. Todo muy bueno, por supuesto. La nota curiosa (con permiso del entorno) fue que allí empezamos a tomar contacto con el Engrish: las meteduras de pata que cometen los japoneses con el inglés. La mayor de todas fue que uno de los postres tenía "flesh cream". Impresionante...
Al salir nos encontramos con el barrio de Shibuya de noche en todo su esplendor, con los neones a toda pastilla. Bajamos la cuesta y fuimos de vuelta al cruce para intentar sacar más fotos, pero nuestra técnica no fue lo suficientemente buena como para sacar una foto con la suficiente luz y de forma que la pantalla no saliese sobreexpuesta. Como ya estábamos bastante cansados, entramos en la estación de Japan Rail para coger el tren de vuelta a Ueno. Y nada más entrar, nos llevamos la última sorpresa del día: un grupo de mujeres vestidas como geishas estaba dentro de la estación, incluyendo una chica occidental a la que no dudamos en bautizar como "la geisha de Erasmus". Como de costumbre, pedir cortésmente una foto da sus frutos, y más cuando les hablas en su idioma (algunas casi se descolocan porque no se lo esperan):
Lo peor de llegar a la estación de Ueno era que, después de estar todo el día recorriendo calles, aún te quedaban unos 10-15 minutos de caminata hasta el hotel, y encima el primer día cometimos el error de atravesar el parque Ueno a la vuelta, cuando rodearlo era muchísimo más corto. Y para colmo, una vez llegábamos a la calle del hotel, era toda cuesta arriba. Eso sí, llegar a la habitación reventado hace que luego dormir en el suelo en el futón sea mucho más sencillo.
Al día siguiente nos esperaba la única excursión que teníamos contratada, y nuestro primer destino era uno de los sitios que todo otaku que se precie debe visitar: la torre de Tokyo.
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